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Un Sodre que baila bien y en diferentes lenguajes

Constanza Bertolini
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28 de noviembre de 2016  

Ballet Nacional Sodre / Director artístico: Julio Bocca / Programa: Petite Mort, coreografía de Jirí Kylián y música de Mozart; El Corsario (pas de deux), de Anne Marie Holmes según Petipá-Perrot y Adams; One and the Others, con coreografía de Demis Volpi sobre el Cuarteto de Cuerdas N° 1 The Awakening, de Christos Hatzis, y Don Quijote (suite), con coreografía de Silvia Bazilis y Raúl Candal, y música de Minkus / Funciones: el viernes y el sábado / Sala: Teatro Coliseo. Cierre de temporada del ciclo Nuova Harmonia.

Nuestra opinión: Muy bueno

Todo empieza y todo termina con la dichosa Petite Mort: literalmente del francés pequeña muerte, aunque usen la frase para referirse al período que sucede al orgasmo, de cierta pérdida de conciencia o gasto espiritual, según quien lo defina. La Petite Mort del genio Jirí Kylián abrió el programa que el Ballet del Sodre trajo este fin de semana a Buenos Aires. Y la obra, que 25 años después de su creación en honor a Mozart no ha perdido una gota de encanto, fue una primera y clara declaración del nivel que la compañía nacional de Uruguay, que dirige Julio Bocca, alcanzó desde que el argentino tomó sus riendas, a comienzos de esta década. Primero, porque tener este Kylián en el repertorio indica una consideración del coreógrafo checo -principal figura de la danza en los últimos 50 años- que para una compañía histórica que está renaciendo es, más que un halago, un mérito. Luego, porque ante el espectador esta pieza marca hasta dónde este elenco puede desplegar su variedad de registro.

Seis hombres, seis floretes de esgrima, seis mujeres. Seis parejas. Los pies, desnudos; la levedad de la piel, el sonido del aire cortado por el acero y un juego de miriñaques negros que cobran vida más allá de los cuerpos. Enumerados, parecieran muchos elementos, pero con tan poco, y el efecto de un océano de tela que cubre y descubre la superficie, queda en primer plano lo que importa aquí: el movimiento. La juventud de los intérpretes es un tácito requisito para la interpretación de esta pieza poética, técnicamente muy exigente, que emociona de principio a fin. Y el Ballet del Sodre puede jactarse de tener bien formado a un elenco con bellos figurines.

Como una bisagra entre el lenguaje contemporáneo y el neoclásico, la primera parte del espectáculo programó a continuación el pas de deux de El corsario. De éste, famoso dúo clásico, cabe poco reseñar más allá del destaque de Ciro Tamayo como Conrad, quien luego volvería a demostrar sus dotes técnicas y gran frescura como torero de la suite Don Quijote.

Tras un telón vaporoso, en escala de grises y con una atmósfera inquietante en virtud de la relación entre el cuarteto de cuerdas, la iluminación y el desvestido vestuario, la abstracta One and others presentó en sociedad al coreógrafo argentino residente en Alemania Demis Volpi. Otra apuesta a una obra de carácter grupal puede entenderse como una deliberada intención de la dirección de la compañía por mostrar las fortalezas del conjunto, que en este nocturno creado especialmente para ellos tiene el desafío de hablar en otro lenguaje, el del nuevo niño mimado de la danza. La decisión se manifiesta además en el programa de mano, que omite (no por descuido) los nombres de los repartos. Para saber individualmente quién es quién hay que hacer prevalecer la inquietud y preguntar, y si no, tomar por hecho que cada parte supuestamente indistinta de este todo es Ballet del Sodre.

Tras el intervalo, la segunda hora de espectáculo apeló a las garantías que ofrece Don Quijote, un título de gusto popular: es dinámico, tiene color, la historia se atrapa en un vistazo y reserva una buena porción de piruetas y grandes saltos que muchas veces el público festeja como en una tribuna. Vale recordar que para Julio Bocca la "popularidad", en oposición a lo "elitista", ha sido siempre una meta a la que se llega con calidad. Esta noche de sábado en Buenos Aires sobrevuela el recuerdo del Bocca bailarín, que fue un Basilio como no habrá dos, literalmente de principio: desde la medalla que empujó su carrera estelar hasta el último día, el del adiós y el "Gracias". Con ese norte alto como referencia, el santafecino Lucas Erni asumió el rol principal de este ballet, junto con la brasileña Ariele Gomes, en una suite que -por definición- compactó el clásico en una veloz versión. Esa cámara rápida, que da poco tiempo a los matices, a los equilibrios a? todo (¡todo es exprés!), gana en algarabía y acerca el final del espectáculo a aquella plaza nocturna en la que hace un año, en la primavera de 2015, el Sodre llegaba por primera vez. Feliz de verlo, como ahora, en los escuetos diez segundos que sale a saludar al escenario del Coliseo, se desarma la platea, de pie, y rompe en aplausos. No son más de diez segundos. Julio Bocca en Buenos Aires es casi una aparición.

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