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Goar Mestre, el rey de la televisión que apoyó a Fidel y terminó despojado

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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29 de noviembre de 2016  

De un lado, un empresario superexitoso, cincelado en la universidad norteamericana de Yale; del otro, un guerrillero revolucionario que está dispuesto a luchar contra el mundo entero para defender su poder. ¿Podrían entenderse dos mundos tan disímiles?

El cubano Goar Mestre, que los argentinos conocimos por haber sido el artífice del nacimiento de Canal 13 en 1960, lo intentó, pero el experimento, como era de esperar, falló (especialmente para él y sus empresas).

Goar Mestre, el rey de la televisión que apoyó a Fidel y terminó despojado
Goar Mestre, el rey de la televisión que apoyó a Fidel y terminó despojado Fuente: Archivo

Conoció a un joven Fidel Castro en 1955, cuando se presentó en Radiocentro -epicentro del emporio multimediático del Grupo Mestre en La Habana- tras ser amnistiado de la condena que cumplía en prisión por el sangriento asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, dos años antes. Fidel visitó entonces a Mestre para agradecerle la campaña mediática que el Circuito CMQ había hecho a favor de su liberación. De impecable guayabera blanca y perfectamente afeitado, un atildado Castro escuchó alarmado el consejo del empresario, que lo alentaba a irse cuanto antes para México. "Aquí tu cabeza ya huele a pólvora", le dijo.

Fidel le hizo caso, pero para preparar al grupo de jóvenes aventureros que lo acompañarían, a bordo del yate Granma, de vuelta a la isla un año más tarde. Una vez que desembarcaron, iniciaron una ofensiva contra la dictadura de Fulgencio Batista desde Sierra Maestra, que terminaría triunfando el primer día de 1959.

La primera sensación de Mestre -que había ayudado a la causa revolucionaria al donar un mimeógrafo- fue de alivio: estaba harto de la corrupción y de la prepotencia del sargento Batista y creyó que los muchachos que habían bajado de la sierra eran idealistas y reencauzarían a Cuba rápidamente hacia la democracia. Mestre, como muchos más, se había entusiasmado con el vibrante relato que hizo en 1957 Herbert Matthews, desde el campamento guerrillero, para The New York Times, que convirtió a los barbudos en poco menos que celebridades mundiales.

El 29 de enero de 1959, a la 1.30 de la madrugada, Mestre y Castro se volvieron a ver las caras en el Habana Hilton. La entrevista fue muy distinta de la primera: el comandante parecía bastante más arrogante que en la primera reunión, había dejado crecer su barba y ahora lucía un uniforme de fajina. El encuentro no fue feliz, porque Mestre le reclamó por la liberación de uno de sus editorialistas y le habló de igual a igual.

Las siguientes reuniones fueron de mal en peor: invitaron a Castro a almorzar al comedor del quinto piso de Radiocentro, pero antes le abrieron el micrófono de CMQ para un saludo que, se suponía, iba a ser rápido. Fidel ya empezaba a mostrar una de sus características salientes: la falta de síntesis y su verba inflamada. El almuerzo debió esperar hasta casi convertirse en merienda por el tiempo transcurrido.

Mayo de 1959, nueva reunión. Otra vez, Fidel y Goar, frente a frente. ¿El tema?: la construcción de viviendas populares. Vendedor nato, Mestre expuso un plan. Castro se aburría, hasta que se sinceró al decirle que no se le ocurriese competir con el gobierno en esa actividad. Pero Mestre se sinceró más aún: "¡Comandante, me corto la cabeza si con una mano atada atrás no hacemos casas mejores y con mucho menos dinero que cualquier gobierno". Comentario final de Castro: "Mejor no te metas en esto".

Pasaron los meses y Fidel anunció una ambiciosa reforma agraria. Mestre pensaba que, aplicada de manera limitada y sobre tierras fiscales, podía tener efectos beneficiosos y, para mostrar buena voluntad, hasta donó maquinaria agrícola.

Pero las cartas estaban echadas y el imperio de los Mestre ya crujía por dentro. Empezaban los primeros juicios sumarísimos contra personajes del régimen depuesto y el gobierno obligaba a CMQ a transmitirlos. Mestre no les tenía demasiada simpatía ni respeto a esos oficiales de costumbres prostibularias, inclinados a los negocios sucios y peligrosos de la droga y el juego. Pero el alma y el estómago se le dieron vuelta cuando empezaron los fusilamientos en la Fortaleza de La Cabaña. Entonces los editoriales de CMQ se endurecieron. La respuesta: distintos tipos de sabotajes a las transmisiones y manifestaciones al frente del edificio al grito de "¡CMQ, intervención!".

Julio Amoedo era el embajador argentino en Cuba y Mestre le llevó las joyas de su esposa, unas escrituras y algún dinero. "Quisiera que me entregaras esto en alguna parte. Ya nos veremos en Miami o quizás en Buenos Aires." El empresario empezaba a preparar su partida. Goar y otros miembros de su familia alquilaron sus casas a embajadas. El 27 de marzo de 1960, casi sin equipaje, voló a Miami.

El 14 de septiembre de 1960, LA NACION tituló "Otra voz silenciada", para referirse a la intervención de CMQ, considerada la última cadena cubana de medios que aún alzaba sus críticas contra el nuevo régimen. El 9 de agosto de 1961, en la reunión de la OEA en Punta del Este, alguien cruzó al comandante Ernesto "Che" Guevara con un recuerdo incómodo: que Goar Mestre había recibido, como otros empresarios, con cierto entusiasmo la llegada de los barbudos al poder. El Che se fastidió: "Mestre es un señor que nunca fue amigo nuestro, que hizo su fortuna al lado de Batista, con la televisión y la representación de una serie de empresas monopolistas norteamericanas. Naturalmente que cuando la revolución avanzó, quedó por el camino. Eso es todo".

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