La sociedad no resigna el consumo

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
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30 de noviembre de 2016  

En la última década se ha producido un cambio estructural fundamental para la vida del país. Fue gestado por el kirchnerismo, que aumentó absurdamente el empleo público y promovió la cultura del subsidio, y consolidado con el acceso de Pro al poder (la debilidad política de Pro es funcional a ese proceso). Ese cambio estructural consiste en que la política perdió, a manos de la sociedad, el control sobre la asignación de los recursos. Así, la sociedad ganó un peso fundamental en la configuración de la política económica, pero al costo de debilitar el rol de quienes deben tomar medidas correctivas ante una situación de extrema complejidad, como sucede en estos días.

La sociedad no resigna el consumo
La sociedad no resigna el consumo

La sociedad dictaminó que no va a tolerar una reducción significativa de su nivel de consumo, como si fuera un derecho inalienable, y le transfiere al Gobierno la responsabilidad de proveer los fondos para mantenerlo. Dado que no hay recursos genuinos para financiarlos -la producción está estancada desde hace años por falta de inversión-, la única alternativa que le queda al Gobierno es recurrir al endeudamiento externo.

Para promover la inversión que nos saque del estancamiento es necesario bajar la brutal presión impositiva, que ronda el 46% a nivel global de la sociedad, pero que para los sectores que operan en blanco es ostensiblemente más alta. Y más alta aún si se considera que a pesar de la elevada inflación los impuestos se cobran sin permitir ajustar las utilidades y los stocks de bienes a valores constantes. O sea, se tributa un plus sobre la inflación. Esto nos lleva a otro requisito fundamental: estabilizar los precios en guarismos de al menos un dígito, que es lo mínimo indispensable para proyectar inversiones. Y también se hace difícil conseguir colaboración laboral para incrementar la productividad, siendo que el salario argentino debe estar entre los más altos del mundo para países con este grado de desarrollo.

Para colmo, la sociedad se siente frustrada e insatisfecha con los actuales niveles de ingresos y presiona constantemente para aumentarlos. Y tiene confabulados en las demandas a los movimientos sociales, a políticos rezagados, a un sector de la Justicia y hasta a líderes espirituales (véanse, si no, las iniciativas parlamentarias y las recientes movilizaciones).

Es doloroso admitirlo: en este contexto la inversión a escala será una mera ilusión. Y la única forma de no entrar en una gran crisis social y política es sostener el gasto colectivo con deuda externa.

¿Le restituirá la sociedad a la política la potestad de asignar los recursos? Si no lo hace, el desenlace más probable es acabar con un nuevo zarpazo a los ahorristas del sistema financiero internacional, ya que será muy difícil romper la dependencia del endeudamiento si no media un shock de inversiones en el país.

Sin probabilidades de reducir significativamente el gasto ni las trabas a la inversión, la necesidad de endeudamiento será constante y creciente. Ya sabemos cómo es el mercado: cuando la deuda crece y los ahorristas se asustan, suben las tasas y el proceso queda fuera de control. Y dan argumentos al deudor para no pagar y victimizarse.

Atravesamos el período de mayor bonanza de nuestra historia moderna -todos los países de la región avanzaron ostensiblemente- y la Argentina tiene hoy más pobres que hace 30 años. Y, paradójicamente, cada día hay más argentinos en situación desesperante a los que el Estado debe ineludiblemente atender, acentuando aún más el desequilibrio estructural.

Hay quienes piensan ingenuamente que ante un eventual triunfo del oficialismo en las próximas elecciones la sociedad le subrogará la potestad de administrar los recursos colectivos. Más probable: la sociedad le exigirá su recompensa -traducida en mejores ingresos- a cambio de darle apoyo.

La sociedad no entiende cómo son los procesos de creación o destrucción de riqueza y asume que su nivel de consumo es intocable. Y nadie se anima a despertarla de su ensoñación. Los que gobiernan, para no perder elecciones ni cargos, y los que se oponen, para fustigarlos demagógicamente. Por lo tanto, es imperativo anoticiarla sobre lo que puede suceder si no se corrigen las cosas, para que la responsabilidad no recaiga, como siempre, sólo en las dirigencias.

Estamos en un círculo vicioso al que se llegó luego de un largo proceso que el kirchnerismo irresponsablemente profundizó a niveles difíciles de revertir.

Empresario y licenciado en Ciencia Política

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