Una buena idea que deviene en pantomima del dolor

Verónica Pagés
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5 de diciembre de 2016  

Las protagonistas, en su laberinto
Las protagonistas, en su laberinto Crédito: Gentileza Lito Vidaurre

Princesas rotas / Libro: Marcela Guerty y Pamela Rementería / Dirección: Ezequiel Comeron / Intérpretes: Victoria Carambat, Payuca Del Pueblo, Nadia Di Cello, Mariángeles Hoyos y Paula Staffolani / Escenografía: José Ponce Aragón / Vestuario: Luciana Gemelli / Iluminación: Claudio Del Bianco / Música: Federico Haro y Matías Chávez Méndez / Coreografía: Nuria Sanrromán / Realización audiovisual: Mariano Tozzini / Asistente de dirección: Marina Bacin / Sala: El Galpón de Guevara, Guevara 326 / Funciones: viernes, a las 23 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: regular

Noche de Año Nuevo. Cuatro mujeres trabajan en un taller de costura clandestino a bordo de un barco. Trabajo esclavo. Klaudia, una chica trans; Estefanía, una joven evangélica a punto de parir; Priscilla, una paraguaya fuerte que quiere huir a como de lugar; y Belén, quien se aferra a la máquina de coser como a su única salvación. Por supuesto, también hay una Dueña. La fecha no pasa inadvertida, y la idea de celebrar las toma.

Por el lado de la sátira y la parodia es que el director Ezequiel Comeron eligió contar esta propuesta escrita por Marcela Guerty y Pamela Rementería, hecho que aliviana el trasfondo trágico de todas las historias y le suma humor, absurdo, ironía y algo de cinismo.

La idea es, de verdad, muy buena, pero está todo tan pasado de energía y de ebullición -por no decir lisa y llanamente de rosca- que se deshilacha y pierde el foco. Hay mucho arriba del escenario. Música, canciones, coreografías, videos, una escenografía imponente, cinco mujeres con tonos fuertes no sólo en su voz sino en toda su expresividad. Es demasiado, y todo se termina transformando en una pantomima del dolor, del autoritarismo, del abuso, lo que le quita toda posibilidad a la emoción. La idea es buena, pero la concreción no.

Y no es sólo un problema de actuaciones; en el conjunto, la única que logra mantener el tono elegido durante toda la obra es Paula Staffolani con su Dueña (su trabajo es muy bueno), ya que el resto va del naturalismo a la farsa como si nada, lo que rompe los códigos y deja ver las costuras gruesas del trabajo.

Lo que es divertido un rato, deja de tener efecto a lo largo de los 60 minutos que dura la obra. Pero de verdad hay que destacar que la propuesta es enorme en su realización. Hay muchísima gente trabajando, además de las actrices en escena están los actores que aparecen en las filmaciones (Luis Ziembrowski, siempre impecable). La escenografía es realmente sorprendente (José Ponce Aragón), más teniendo en cuenta que se trata de teatro independiente; lo mismo que el vestuario (Luciana Gemelli). Pero termina pecando de grandilocuencia y ambición este proyecto, que pierde el eje, la sintonía fina en el cruce de las cinco historias.

En el final aparece en la pantalla un resumen estadístico de hechos de violencia de género y talleres clandestinos en nuestro país. Un subrayado innecesario que pareciera disculparse del humor con el que se trata el tema. Justo lo que mejor les salió.

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