De la selva valdiviana al árido sur de Chubut

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17 de noviembre de 2009  • 00:00

Respiro profundo. Mis pulmones se llenan con el aire puro y frío del sur. Parecería que sobre estas tierras la vida late con mayor intensidad. Tal vez se trata de una apreciación personal, pero para quienes conocemos la Patagonia, ésta no se limita a ser sólo una región. La Patagonia se siente.



Nuestro primer destino es Trevelin, una de las colonias galesas convertidas en atracción turística, emblemas de la colonización del Chubut. Imposible no imaginarse la caravana de carretas atravesando el desierto en su épica travesía hacia este Valle Encantado, o Cwn hyfryd, como lo dieron en llamar en su impronunciable lengua.



Con el sol escondiéndose tras la cordillera, nos dirigimos a la vieja casa pastoral, lugar donde hoy funciona la escuela de galés. Nos recibe la directora, Margarita Green, que de forma voluntaria enseña, junto a otras dos profesoras, este antiguo idioma celta a más de un centenar de chicos de entre dos y once años. Pero su labor no acaba aquí; también se la reconoce por ser la primera mujer bombero de la provincia, y por su papel en la organización del Eisteddfod de Trevelin, un certamen de poesía, canto, recitado y danza que se lleva a cabo todos los años a fines de abril.



Una visita a Trevelin no puede estar completa sin un alto en alguna de sus tres casas se té. Por eso visitamos Nain Maggie, la casa de la abuela Margarita, hoy atendida por sus nietos Susana y Javier De la Fuente, quienes a despecho del apellido español, saben mantener viva la tradición que se les trasmitió. Ya caída la noche, nos dirigimos a otro clásico de Trevelin, el restaurante Patagonia Celta.



Corcovado y Palena



Al amanecer nos reunimos con Ezequiel Zalazar, de la agencia Gales al Sur, nuestro guía y chofer durante los próximos once días. Luego de un desayuno de estación de servicio, enfilamos al sur por la RP 17; 70 km de ripio después llegamos a Corcovado.



Este pequeño pueblo de dos mil habitantes es sinónimo de pesca desde que, a finales de los 80, su río homónimo se convirtió en escenario migratorio de los salmones del Pacífico. Esta especie, originaria del hemisferio norte, fue introducida en la Patagonia por las pisciculturas chilenas; con el transcurso de las décadas, muchos ejemplares escaparon y lograron adaptarse al ambiente con tanto éxito que en algunos lugares han desplazado a las truchas.



Todos los años, entre fines de octubre y mediados de noviembre, los salmones remontan el Corcovado hasta el mismo lugar donde nacieron, para desovar y luego morir. Pero no llegan solos. Junto con ellos, pescadores de todo el mundo se suman ansiosos al acontecimiento para capturar uno de esos grandiosos monstruos de 16 kilos.



A media mañana seguimos al oeste hacia el pueblo fronterizo de Carrenleufú. A medida que nos internamos en la cordillera, la estepa cede paso a los bosques de ñires y cipreses. Arriba en el paso, un cúmulo de nubes grises presagia lluvia. Y ocurre. Al llegar a la gendarmería de Río Encuentro, llueve a cántaros.



Cruzamos la frontera; el río Corcovado se transforma en el Palena. Un poco más adelante en la aduana, los carabineros nos recomiendan manejar despacio y pegados a la banquina, ya que la carretera en muy angosta y "los gallos de aquí les gusta andar harto fuerte, pó".



Unos 20 minutos después llegamos al pequeño poblado de Palena. Entramos en el único restaurante que encontramos abierto, La Chilenita. Pese a lo modesto del lugar, todo luce limpito y prolijo. Pedimos el plato del día ?nada del otro mundo? y llega justo a tiempo para reconfortarnos del frío.



La Carretera Austral




Luego del almuerzo, continuamos al este hacia el cruce con la ruta 7, por todos conocida como la Carretera Austral. Si bien se trata de la vía más importante de la Patagonia chilena, carece de conexión terrestre con el resto del país, por lo que la mayor parte de su extensión se encuentra aislada.



La mayoría de sus 1.137 km es de ripio, con excepción de un radio de 90 km asfaltados alrededor de la ciudad de Coyhaique. Su típica postal, un angosto camino de tierra encajonado entre dos verdes paredones de pangues, se hace patente en cada curva de su accidentado trazado.



Unos kilómetros después del lago Yelcho, pisamos la Carretera Austral. Con rumbo sur bordeamos a la derecha el Parque Nacional Corcovado, creado en 2005 por iniciativa del millonario norteamericano Douglas Tompkins ?también propietario del Parque Pumalín?, controvertido personaje en ambos lados de la Cordillera por su compulsiva compra de tierras.



Entrada la tarde llegamos a La Junta, donde pasamos de la X Región ?la de los Lagos? a la XI, Aysén. Recargamos combustible y continuamos hasta nuestra primera parada, la Hostería El Pangue.



El Pangue



Al igual que en las dos visitas anteriores de la revista ( LUGARES 40 y 82), aquí nos reciben con toda la cordialidad y calidez de la que son capaces sus dueños, Heidi Barentin y su marido, Ramiro Calvo. 



Ubicada en el extremo septentrional del lago Risopatrón, justo en el límite norte del Parque Nacional Queulat, El Pangue es un verdadero paraíso que ejercerá su influjo sobre todo aquel que se llegue hasta estos confines. Y no es para menos.



La comodidad de sus instalaciones básicas (las cabañas, luminosas, con agua caliente, excelente calefacción y muy buenas camas; el confortable y holgado club house), el atractivo de la pileta climatizada y jacuzzi a pasos del río, más el singular hábitat en el que este lujito austral se esconde, de por sí justifican un viaje. Ni hablar si uno es amante de la pesca con mosca. 



Ahí está la denominada escuela, una pequeña laguna artificial sembrada de truchas, ideal para aprender a castear y, de paso, tener la experiencia de un pique. Uno, dos y al tercer tiro Ramiro engancha una arco iris macho de tres kilos. Cuesta no entusiasmarse.



La lluvia aquí es casi una constante, así que para el trekking debemos recurrir a las capas y botas de goma. Nos internamos selva adentro por una senda de tres kilómetros que bordea el río Risopatrón. El panorama es increíble. Gigantescos pangues, tepas, coihues, cañaverales de quila, ñires, cipreses de Guaitegas, palmillas, canelos y arrayanes, todos cubiertos por lianas, líquenes y helechos.



La riqueza de esta flora no tiene parangón más que con la de una foresta tropical; pero eso sí, sin calor ni mosquitos. Por eso se la llama selva fría austral.

De vuelta en la hostería, pisco sour en mano, contemplamos la noche caer sobre el lago y esperamos la hora de cenar. La cocina es obra de la buena mano de Heidi, una sabia en convertir los ingredientes disponibles en esta zona tan aislada, en platos sabrosos.



Puyuhuapi



Queda a 18 km al sur de la propiedad de Heidi y Ramiro. La villa, desarrollada sobre el canal de Puyuhuapi, es una colonia alemana fundada en 1935 por tres jóvenes oriundos de Rossbach: Otto Uebel, Walter Hopperdietzel y Ernesto Ludwig. El primero se estableció como ganadero, el segundo instaló un aserradero y el tercero abrió una fábrica de alfombras. Al terminar la II Guerra Mundial, se les unió el hermano menor de Walter, Helmut Hopperdietzel.



Nos alojamos en la Hostería Alemana, propiedad de Ursula Flack, viuda de Helmut. En esta antigua y holgada casa vivió y crió a sus hijos Frau Ursula, la última superviviente de aquel grupo de pioneros que se instaló aquí cuando el único acceso era por mar. En resumen, una auténtica patagónica.



Si quiere apreciar la esencia de Puyuhuapi, con sus casas de madera, las calles de tierra y el mar que de tan calmo parece agua de tanque, la casa de Ursula es la opción perfecta para hacer base. Un energético pan casero alemán y dulces hechos también en casa son las estrellas del desayuno que se sirve en el comedor. En la parte de atrás de la casa prosperan flores y vegetales comestibles, esos que más tarde el huésped podrá reencontrar en el plato.  



La iglesia de este pacífico enclave costero es un claro exponente de la arquitectura chilote. Sus paredes con tejuelas de alerce y sus techos con torres que rematan en punta, constituyen la síntesis de la influencia germana y el amor desmedido por el alerce de los pobladores originarios.



Del puerto, nos dirigimos a la fábrica de alfombras que administra el hijo mayor de Ursula, Helmut Hopperdietzel. Fiel al método familiar, la confección de las alfombras se realiza todavía en telares manuales y cada nudo de la trama, unos 20 mil por pieza, se hace uno por uno a mano. El resultado es un tipo de alfombra único que lleva el sello de identidad de Puyuhuapi.



Novedad en el pueblo es el restaurante y casa de té Brisa Marina. Su dueña, Verónica Ralph, nos invita a tomar once, nombre popular (y enigmático) para referirse a la hora del té. Una taza de chocolate caliente y la tentadora porción de kuchen (torta) de fruta, nos predispone a considerar seriamente la posibilidad de estirar nuestra visita a Puyuhuapi. Pero sólo es una expresión de deseo. El viaje está recién en su primera etapa.



A seis kilómetros del pueblo están las Termas del Ventisquero; mucho más modestas que las Termas de Puyuhuapi ( LUGARES 69), este emprendimiento inaugurado a principios de año cuenta con diferentes piletas termales, emplazadas en un deck sobre la costa. Su punto fuerte es su panorámica del canal con los fiordos al fondo.



El Queulat y Puerto Cisnes



En dirección sur, bordeamos los acantilados del canal de Puyuhuapi y a los 20 km aparece la entrada al Ventisquero Colgante. Dejamos la camioneta y tras una breve caminata de 20 minutos, alcanzamos la laguna Témpanos. Azul al fondo, como suspendido en el aire y en un claro que abre la selva, el mentado ventisquero se precipita por una garganta de piedra en forma de cascadas. 



De regreso, visitamos el centro interpretativo donde se ilustra con documentos y fotografías el notable retroceso del glaciar con el paso de las décadas. Según las crónicas del capitán Enrique Simpson, que descubrió la zona en 1837, el ventisquero llegaba a 100 metros de la playa; hoy está a casi ocho kilómetros.

Más adelante nos toca encarar la muy sinuosa Cuesta del Queulat. A medida que ascendemos, a nuestras espaldas se destaca entre las nubes el Murallón de Glaciares que pareciera chorrearse como un merengue gigante desde las escarpadas cumbres.



Una hora después llegamos a Puerto Cisnes, típico pueblito de pescadores con casitas multicolores y barcazas de madera en la playa. Ubicado en la desembocadura del río Cisnes, es un destino pesquero muy procurado por sus salmones Chinook y truchas anádromas, esto es, truchas que viven en el mar.

Almorzamos de cara al Pacífico en el restaurante El Guairao, ideal para los amantes de los pescados, cuyos platos varían según la pesca del día.



Para cuando llegamos a Villa Amengual, unos 30 km más al sur, ya es noche. Por suerte aquí comienza el asfalto, así que los 90 km que nos separan de Coyhaique, capital de Aysen, no se hacen tan pesados. Una vez en la ciudad, tomamos la ruta 240 que corre al oeste hacia la frontera con Argentina. Media hora después, nos encontramos frente a la tranquera del siguiente destino.



El Zorro




Es una típica estancia patagónica perdida en la inmensidad de la estepa. Hace dos años abrió un exclusivo lodge de pesca, enfocado principalmente al turismo extranjero. Su propuesta es simple: nada de lujos excesivos y excelentes condiciones para practicar la pesca con mosca y vida de campo.  



Rodrigo es uno de los guías de pesca y no nos negamos cuando nos ofrece acompañarlo en una salida con un huésped. Media hora más tarde llegamos al Spring Creek, un arroyo de vertiente que serpentea por una verde hondonada que, según Rodrigo, está infestado de truchas marrones. Y no miente.



De regreso al lodge almorzamos con su propietario, Sebastián Galilea, que nos cuenta sobre el esfuerzo conjunto que lleva a cabo con las dos estancias vecinas, la chilena Punta del Monte y la argentina Numancia ( LUGARES 119), para desarrollar el turismo en la zona.



El Zorro además, es una de las pocas estancias que se dedicada a la cría de alpacas. Por la tarde la recorremos a caballo con los huasos, como le llaman a los gauchos en Chile. A la hora y media de marcha, llegamos a una laguna repleta de cisnes de cuello negro, flamencos rosados y cauquenes. Ni bien nos apeamos, alzan vuelo en una confusión de colores y graznidos.



Pese a estar extenuados disfrutamos la cena, que es de primera.



Amanecemos temprano para dirigimos a la mencionada Punta del Monte. Después de 40 minutos de marcha y una empinada subida, llegamos a un mirador de piedra que se proyecta como un balcón sobre la extensa planicie del Valle de la Luna. El sol ya se levanta sobre el horizonte y el viento sopla gélido.



Aparecen dos cóndores planeando a escasos metros de nuestras cabezas; media hora después, el número asciende a doce. Vuelan tan cerca que es posible oír cómo cortan el aire con las alas. Esta visión nos deja sin palabras y con una terrible tortícolis.



Por la carretera



De nuevo en ruta desandamos el camino a Coyhaique para recorrer 87 km hasta Villa Cerro Castillo, lindante con la reserva homónima. En estas latitudes, la frondosa selva fría se transforma gradualmente en extensos bosques de lengas, asemejándose más al lado argentino. 



Luego de un rápido almuerzo visitamos el Alero de las Manos, ubicado a unos cuatro kilómetros del pueblo. Se trata de una versión muy reducida de La Cueva de las Manos, de Santa Cruz, con pinturas rupestres de escenas de caza y manos en negativo con una antigüedad estimada en ocho mil años.



Aquí termina el asfalto, pero la Carretera Austral continúa al este bordeando el río Ibáñez, que nace en los glaciares del volcán Hudson. No tardamos mucho en toparnos con vestigios de la catastrófica erupción de 1992; incontables troncos blancos, aún en pie, conforman el llamado bosque muerto, un recordatorio de la furia de la naturaleza y digno escenario para un relato de Tolkien.



Más adelante, abandonamos el río Ibáñez para ingresar, con rumbo sur, al v alle del río Murta. En dos horas llegamos al extremo norte del lago General Carrera, Buenos Aires del lado argentino; con una superficie de 1.850 km2, es el segundo falso mar de Sudamérica después del Titicaca.



El sol se pone rápido y para cuando llegamos a Puerto Tranquilo, es noche. Esta circunstancia impide que visitemos la Capilla de Mármol, una formación rocosa que el agua modeló dando origen a una serie de cavernas blancas que asemejan arcadas góticas. Se accede embarcado, y el oleaje es considerable.



A los 50 km, en el cruce de El Maiten, doblamos al noroeste por la ruta 265 que corre al oeste, hacia Chile Chico. Pero nuestro destino es otro y está a un kilómetro de Puerto Guadal.



Terra Luna



Emplazado a orillas de lago General Carrera, justo en frente al cerro San Valentín, el Lodge Terra Luna sabe conjugar la comodidad de sus instalaciones con un ambiente informal y distendido, propio de un refugio de montaña. Este concepto es el que impuso su propietario, el francés Philippe Reuter, quien organiza ?y muchas veces guía él mismo? expediciones a los campos de Hielo Norte y San Valentín.



No bien terminamos de desayunar, nos sumamos a un grupo de huéspedes que se van de excursión por el día al lago Bertrand. Primero vamos hasta el puerto del mismo nombre, a 30 km, donde abordamos una lancha con destino a la desembocadura del río Baker, el más caudaloso de Chile.



El intenso color turquesa de las aguas tributadas por los campos de hielo continental, vestigios de la última era glacial, es sorprendente. El hecho de estar tan cerca de estas moles heladas, nos despierta la curiosidad por visitarlos. Pero ni están tan próximos como aparentan ni es fácil el acceso; son varios días de duro trekking que exige preparación física y mental. Una opción válida y apta para no entrenados es sobrevolarlos en hidroavión, y, si se quiere, llegarse hasta la laguna San Rafael.



De vuelta al lodge, nos regalamos un relax en el jacuzzi a orillas del lago. Cenamos y de sobremesa, fiel al estilo montañés de Terra Luna, Philippe despliega una pantalla en el comedor para proyectar diapositivas de su última ascensión al San Valentín.



Cochrane



Hay que cubrir 60 km al sur y siguiendo el cauce del río Baker para llegar al último enclave de la Carretera Austral, Cochrane. Sus principales atractivos son su lago homónimo (del otro lado de la cordillera es el Pueyrredón) y la Reserva Nacional Tamango, un área de 6.925 hectáreas creada especialmente para proteger al huemul. Allá vamos.



Antes pasamos por la Corporación Nacional Florestal ( CONAF), para asegurarnos la guía de un guarda fauna en el avistaje del esquivo ciervo patagónico. El área se puede recorrer embarcado ?la opción más aconsejable? o a pie; como en la CONAF no encontramos quien timoneara la embarcación, optamos por la caminata. Anduvimos una hora y media; vimos un centenar de pisadas y oímos varios bramidos, pero del huemul, ni sombra.



De regreso a Cochrane nos alojamos en el hotel Último Paraíso, atendido por sus dueños, Carlos Benes, el español, y su esposa Marinela. Sobre el dintel del hogar en la recepción se destaca el orgullo de Carlos, un ejemplar de Chinook o King Salmon de 18 kilos que supo capturar en el río Vargas luego de casi dos horas de pelea.



Paso Robillos




Nuestro objetivo es volver a sortear la frontera. Retrocedemos 20 km por la Carretera Austral y tomamos la ruta que corre al este hacia el Paso Roballos. Media hora después divisamos a nuestra derecha el casco de la estancia Chacabuco, reciente adquisición de Douglas Tompkins.



El magnate y su esposa, a través de su fundación Conservation Land Trust, planean convertir la antigua estancia en una reserva natural y a futuro, vincularla con la Reserva Nacional Jeinimeni y la Reserva Nacional Tamango. Como es de prever, ya se alzan las voces en contra.



Tardamos una hora y media en llegar al puesto fronterizo de carabineros; hacemos los trámites y cruzamos a Santa Cruz. Aunque en la gendarmería nos desaconsejan hacer el tramo de la RP 41 que bordea la cordillera hacia Los Antiguos, igual lo intentamos. No hacemos ni diez kilómetros cuando tomamos conciencia del riesgo que significa seguir adelante. El vertiginoso camino está cubierto por una capa de cinco centímetros de nieve, que al sol de la mañana comienza a derretirse. Pegamos la vuelta.



En cualquier día normal el recorrido nos hubiese llevado 70 km; en esta ocasión hay que hacerlo en 250. Y el paisaje bien justifica el desvío. Al oeste, un manto blanco cubre la cordillera; al sureste, el lago Ghio es un contraste azul en medio de la estepa. Seguimos al sur por la RP 41, hacia Bajo Caracoles; unos diez kilómetros antes nos desviamos al norte por la RN 40. Tres horas después estamos Perito Moreno, donde aparece el asfalto.



Los Antiguos



El Paraíso es una de las 12 chacras dedicadas a la producción de cerezas; tiene 70 hectáreas y fue fundada en 1951. Sus dueños, Myriam y Claudio, nos reciben y atienden. Por aquel entonces, cuenta Claudio, el pueblo se dedicaba al cultivo de alfalfa, para abastecer a las grandes estancias vecinas.



La cría de ovejas vino después pero con la caída del precio de la lana, hubo que buscar otro recurso medio de subsistencia. Así fue como nacieron las primeras plantaciones de cerezos.



En la actualidad, las técnicas de cultivo en espaldera y el riego por goteo, sumados a la cantidad de horas luz y el microclima del lago Buenos Aires, permiten una producción de esta fruta de excepcional calidad. Desde hace más de 15 años, a principios de febrero el pueblo entero celebra a lo grande la Fiesta Nacional de la Cereza.



A orillas del lago está la Hostería Antigua Patagonia, por lejos la mejor opción de hospedaje y el referente del pueblo a la hora de comer.



La yapa



Regresamos a Perito Moreno y retomamos la RN 40 con rumbo norte. Luego de unos 130 km de ripio y desierto, en los que la monotonía de los coirones y neneos sólo es rota por ocasionales encuentros con el guanaco y el choique, por fin llegamos a Río Mayo. Aquí doblamos por la RN26 hacia Sarmiento y andamos una hora más.



Aparece el Musters. Éste y su lago hermano el Colhué Huapi dan vida al fértil valle de Sarmiento, un oasis en el corazón de la estepa.



A unos 25 km de la ciudad está la Reserva Natural Geológica Bosque Petrificado José Ormachea, un vasto territorio que permite imaginar cómo fue la Patagonia hace 70 millones de años. La Cordillera de Los Andes aún no existía y en la actual estepa prosperaban extensos bosques de coníferas de la familia de las araucarias de hasta cien metros de alto, que propiciaron los vientos húmedos del Pacífico. Hubo cataclismos diversos, explosiones volcánicas que acompañaron la formación del cordón cordillerano y lluvias de cenizas que cubrieron los bosques afectados. Por fin, el proceso de petrificación tuvo lugar, que consiste en la sustitución del tejido vegetal por microscópicas partículas de sílice; el resultado es una copia exacta en piedra de los árboles originales, con detalles idénticos de la corteza, los nudos y, en algunos troncos partidos, hasta de los anillos.



Un par de horas deambulando por ese paisaje lunar, emprendemos el regreso a Sarmiento. Nos separamos de Ezequiel y seguimos a Comodoro Rivadavia. Fueron 12 días en los que recorrimos alrededor de 1.800 km de selvas, glaciares, montañas, fiordos, lagos y estepa bajo un mismo denominador común: Patagonia.





Relato de Martín Astigueta

Fotos de Daniel Bragini





Publicado en revista LUGARES 126. Octubre 2006.

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