Vuelta a La Angostura

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18 de noviembre de 2009  • 00:00

Es un pueblo. Un pueblo de 14 mil habitantes en el que todos se conocen y se llaman por su nombre; con una avenida principal ? Arrayanes? y su típico centro de negocios, un gran supermercado, bares donde se reúne la gente a tomar su cafecito por la mañana. Sin embargo, a diferencia de otros pueblos, en Villa la Angostura no hay una plaza principal en la que convergen la Municipalidad, la Policía y el Banco. Su intersección más famosa es la de los lagos Correntoso y Nahuel Huapi ?la angostura que le da nombre al lugar? y las miradas apuntan todas a una península, la de Quetrihue, donde se encuentra el Parque Nacional Los Arrayanes. La mayor parte de los pobladores no es NYC ?como llaman en la Patagonia a los nacidos y criados? sino VYQ ( venidos y quedados) de la Capital Federal y alrededores.

Se trata de un signo propio de la región, que vio radicarse a principios del siglo XX a italianos como Primo Capraro, americanos como Jorge Newbery o los miembros ?aún allí establecidos? de la familia Ortiz Basualdo. Fueron ellos quienes convencieron en París a su amigo Exequiel Bustillo para que viajara hasta Bariloche a conocer la estancia Huemul. Finalmente, en 1931, Bustillo pudo enmendar su propia conducta: "después de haber realizado varios viajes a Europa, por fin me llegaba el momento de admirar algo de mi propio país", relata en su libro El despertar de Bariloche. Al regresar de ese viaje, adquirió los dos lotes que más tarde conformarían Cumelén.

Así, el turismo parece haber configurado el aspecto elegante y sofisticado con el que creció la Villa en los últimos 20 años.

La explosión comenzó en los 90 y continúa desde entonces, hasta configurar una exclusiva aldea de montaña, con una oferta hotelera de alto nivel, coquetas tiendas de ropa y souvenirs, casas de té y una arquitectura que combina armoniosamente la madera, la piedra y el vidrio. Pero algo es cierto: nada de esto hubiera sido posible sin lo esencial, un paisaje que cautiva por el color verde-azulado de un lago rodeado de bosques espesos y radiantes. El follaje en cada estación tiene su encanto: las retamas en flor en diciembre, los ocres y amarillos del otoño, el blanco de la nieve en el invierno y los rojos, lilas, violetas en primavera.

Por agua y por tierra

El lago y sus tonalidades, que varían de acuerdo a la luz del sol, constituyen la clásica postal de la Villa. El Nahuel Huapi es omnipresente y una manera de disfrutarlo activamente es a través de un recorrido en embarcación a vela. Para ello, nos contactamos con Ernesto Humar, dueño de Patagonia Sailing. Acordamos la cita por teléfono cuando la lluvia parecía no querer detenerse. Ernesto nos aseguró que a la mañana siguiente el tiempo mejoraría y las condiciones serían óptimas para navegar. Por suerte, no se equivocó.

Con un cielo azul brillante y mucho frío partimos desde el muelle y navegamos cerca de tres horas. Ernesto nos contó los secretos de esta disciplina y hasta aprendimos a timonear, a una vela, a dos y, sobre todo, qué hacer cuando la dirección del viento cambia. Tanto para aquellos que nunca navegaron como para los niños, es una experiencia ideal, ya que la interacción con Humar es constante. En el camino divisamos las espectaculares mansiones del barrio privado Cumelén, la hostería Las Balsas, la costa del lago. Para finalizar, Ernesto nos invitó con una tabla rica de fiambres y ahumados a bordo.

Decidimos almorzar en el restaurante del ACA, ACA al Sur, al que adoptamos inmediatamente. Ubicado en pleno centro, es el lugar de encuentro de los pobladores e ideal para hacer un break entre excursión y excursión, almorzar el plato del día o comer algo rápido. El lugar es confortable, amplio, moderno y con Wi Fi.

Por la tarde, nos dedicamos a recorrer la villa. Hay cuatro sectores bien definidos: Puerto Manzano, el centro, la zona del Correntoso y el puerto.

El boulevard Nahuel Huapi lleva hacia el puerto y la parte histórica de la localidad. En esta zona se encuentran dos obras del arquitecto Alejandro Bustillo: la Capilla Nuestra Señora de la Asunción, realizada en piedra, con carpintería de ciprés y techo de tejuelas de alerces, y el Mesidor, actual residencia oficial del Gobierno Provincial y el sitio en el que residió, en forma obligada, Isabel Perón luego del golpe militar de 1976. El techo es de asbesto gris y sus hermosos jardines un muestrario de las especies de la zona: coihues, radales, arrayanes, castaños, maitenes, nogales.

Al retomar el boulevard se llega al muelle de Puerto Angostura, sobre bahía Mansa, punto de partida de las excursiones lacustres. Al otro lado está el de Bahía Brava, desde cuyas aguas también salen paseos por el lago.

La tarde se va y cenamos en Waldhaus. Un clásico ubicado camino a Puerto Manzano y propiedad de Leo Morsella, referente de la buena mesa local, también dueño de La Macarena.

Leo es muy amable, se presta a la conversación y nos brinda datos sobre la villa, su propia historia en La Angostura, sus hijos y sus restaurantes. Waldhaus ? Casa del Bosque en alemán? hace honor a su nombre. Es una casita alpina con troncos en las paredes y el piso, hogar a leña, mesas de madera. La carta está dividida en etapas que llevan nombres como Entretenimientos (las entradas), los Tradicionales de Europa, la Creación o Fusión Argentina, de manera de concluir, con los postres, llamados Dulces Tentaciones. Lo cierto es que Waldhaus es ideal para degustar clásicos como Fondue de queso, Risotto, Goulash, Roulade de cordero. Y al final, la Crêpe Patagonia (frutos rojos en su almíbar tibio y helado del bosque).

Volar entre coihues

La idea de hacer canopy nos entusiasmaba. Decidimos que las horas de la mañana eran un buen momento para volar entre árboles y dejamos la tarde para una cabalgata con el conocidísimo Tero Bogani.

El canopy es una actividad que surgió en Costa Rica con el objetivo de estudiar a las aves en su hábitat. Con el paso del tiempo, el turismo la adaptó y hoy es una propuesta muy entretenida para realizar entre amigos o en familia. Solamente hay que animarse y confiar en los instructores. El circuito de Villa La Angostura está diseñado siguiendo la evolución del bosque de coihues de más de 250 años, de los más bajos a los más altos, y esto permite ir alcanzando altura poco a poco. En total son 11 plataformas con cables que van de los 35 a los 305 metros de largo y un promedio de altura de 20 metros. En el más extenso ?300 metros? la sensación es la de volar como un pájaro (los chicos de entre 4 y 8 años lo hacen acompañados de un instructor). Al final, todos reciben su certificado de coraje.

Para los más aventureros está la propuesta de hacer Canopy nocturno, martes y viernes de verano y las noches de luna llena. El recorrido se hace en grupos reducidos, cada uno lleva equipo con linterna y la noche cierra con un fogón.

Cansados pero felices decidimos almorzar en el otro restaurante de Leo Morsella, La Macarena, abierto al mediodía y a la noche.

La Macarena ?así se llama la hija de Leo? es una casa pequeña, cálida y con pocas mesas, que propone una carta con sabores distintivos. Un lamentable incendio hizo que dejara de funcionar durante algún tiempo, pero hace ya un par de años que volvió con el mismo espíritu. La marca del accidente puede observarse en las botellas que sobrevivieron al fuego.

Un plato de trucha patagónica en salsa de hongos y un risotto otoñal fueron nuestra elección.  Por las noches y hasta las 21 horas, hay tapeo. Prometimos regresar al enterarnos de que una de las especialidades es la polenta frita con ragout de hongos. En el salón, el Francés recibe a los comensales: es socio de Leo, amable anfitrión y wine manager. No pierde detalle de lo que se sucede en cada mesa, saluda con afecto a muchos de sus clientes y es un gran conocedor del mundo del vino.

De ahí a conocer al Tero, como le dicen cariñosamente en el pueblo. Bogani llegó a Villa La Angostura en 1990 y se dedicó a la carpintería. Con el paso de los años, los pingos remplazaron a la madera, y hoy, casi 20 años después, es el clásico de las propuestas a caballo de la Villa. Los recorridos son en el cerro Belvedere, y hay para todos los gustos: desde una hasta cuatro horas de duración.

Para los iniciados, la propuesta de una o dos horas es la indicada. Se interna en el bosque, se observa una hermosa vista del Correntoso y se llega a los 900 metros de altura. El Tero es un tipo callado, apenas esgrime algunos tímidos comentarios, los justos y necesarios, por lo cual la mayor parte del trayecto transcurre en silencio. El recorrido de tres horas ?con ascensos y descensos? llega hasta la Cascada Inacayal, al filo del Belvedere y a 1200 metros de altura. Los grupos son de un máximo de 12 personas, y las excursiones más extensas se combinan con trekking.

Regresamos a nuestro hotel, el Marinas Puerto Manzano, para retomar energías. Todavía nos quedaba la cena. Elegimos La Delfina, recomendable propuesta que funciona en una construcción de principios de siglo XX que se conserva intacta. Aquí vivió durante años un matrimonio norteamericano hasta que, en 1997, fue adquirida por la familia Mutchinick como casa de veraneo. En 2003 los Mutchinick construyeron la hostería La Escondida y destinaron el sitio para el restaurante.

La responsable de la carta es la chef Natalia Mutchinick, quien renueva las propuestas cada cuatro días, aunque siempre fusionando los productos típicos de la Patagonia con un toque oriental. La Delfina es un sitio encantador, con ambientes íntimos y delicados.

Arrayanes

Con Lola, de la empresa Nómades, y Nicolás Olivieri, de Bahía Brava, nos vamos al Bosques de Arrayanes. Hay varias maneras de llegar hasta este gran atractivo de Villa La Angostura. Una es caminando. En total son 12 km en que se atraviesan bosques de ñires, radales, cipreses y notros. La mayor dificultad se encuentra en los primeros 800 metros, donde hay una muy pronunciada pendiente, aunque luego es más llevadero. En total son entre tres y cuatro horas sólo de ida; para que no se vuelva extenuante, se recomienda regresar en catamarán. En bici, en cambio, son entre tres y cuatro horas ida y vuelta.

Nosotros optamos por la versión más simple: fuimos y volvimos por agua. Las embarcaciones parten desde la Brava y la Mansa. Esta vez elegimos la Mansa. La embarcación de Nicolás es muy cómoda y es posible alquilarla en grupo, lo que resulta práctico para obtener más flexibilidad en materia de horarios.

Al llegar, el color canela del arrayán se apropia del entorno. Son mil hectáreas de esta especie única, que suele crecer como arbusto, pero que aquí toma el porte de grandes árboles. Se estima que tienen alrededor de 300 años de antigüedad y hay ejemplares que alcanzan hasta los 25 metros de altura. Al tocarlos llama la atención la suavidad y el frío de su corteza. Las flores son pequeñas y blancas y el fruto, violáceo. Entre los arrayanes, Lola nos agasajó con mate. Camino de regreso, saboreamos una picada con cerveza en medio del Nahuel Huapi. Con las energías repuestas, estábamos listos para volver a tierra e ir a por nuestro próximo objetivo.

Manzano y Tinto

A tan solo 7 km del centro de la ciudad está Puerto Manzano, un sector residencial a orilla del Nahuel Huapi rodeado por hoteles y espectaculares casonas. Lo ideal es dejar el auto en el Complejo Bahía Manzano, pionero del lugar, y dedicarse a caminar por los caminos internos de tierra, donde el sol es la maravilla que se filtra entre los radales, maitenes y cipreses. Es que Villa la Angostura, por ser la ciudad más cercana a la Cordillera de los Andes, cuenta con las condiciones de humedad óptimas para el florecimiento del bosque.

Luego de la caminata, decidimos ir a Tematyco, casa de té ubicada a pocas cuadras. El lugar es muy cálido, casi una casita de muñecas por los colores pasteles que predominan en la decoración. María es la anfitriona; su voz y sus modales están en sintonía con el lugar.  Las especialidades son el té con marca propia y el mate, a los que se agregan jugos naturales y submarino. La carta, los individuales y hasta los nombres de los Blends son especiales: Bendito lunes, Te lloré?, Abrazo sureño, Mal de amores. Las diferentes propuestas se pueden acompañar con una selección de pastelería, cookies y pan casero.

Para finalizar el día y antes de que el sol se fuera definitivamente, decidimos ver las últimas luces del atardecer en la confluencia de los lagos Nahuel Huapi y Correntoso, exactamente en el otro extremo de la Villa. El recorrido es imponente y logramos llegar justo para la foto. En cuestión de minutos, la noche estaba sobre nosotros.

A la hora de cenar elegimos Tinto Bistró, el restaurante de Martín Zorreguieta y Leo Andrés. El Zorro, como le dicen sus amigos y conocidos a Martín, es muy simpático y se toma con mucho humor eso de ser el hermano de la princesa de Holanda. El ambiente de Tinto es una mezcla entre cantina de los años ?50 (anuncios laqueados, una balanza, cubiertos antiguos) y bistró francés, con barra y una importante selección de vinos. El Zorro no es solamente el dueño, sino que también es barman y un gran anfitrión. Conversa en cada mesa, recomienda, cuenta chistes, sonríe. La carta es ecléctica: fusión de sabores tailandeses, japoneses y brasileños acompañados de especias orientales y lo mejor de la  cocina patagónica. Dos imperdibles: Olivia?s Pilaf (pilaf de arroz basmati salteado con pesto especiado de hierbas y nueces) y Cordero Tinto.

Es nuestra última cena. Le preguntamos a Martín cuantos días son los indicados para quedarse en la Villa. "Una semana, mínimo. O toda la vida", responde, otra vez con una sonrisa.



Por Valeria Vizzón

Fotos de Fernando Giordano



Publicado en revista LUGARES 150. Octubre 2008.

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