Cuando el rock se supera a sí mismo

Adriana Franco
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13 de diciembre de 2016  

Andrés Calamaro presenta Licencia para cantar / Con: Andrés Calamaro (voz y armónica), Germán Wiedemer (piano), Antonio Miguel (contrabajo), Martín Bruhn (percusión), Juan de Benedictis y Mariano Domínguez en coros / Sala: teatro Gran Rex / Nuestra opinión: muy bueno.

El cantante, con licencia para innovar
El cantante, con licencia para innovar

A veces, un concierto de rock puede ser mucho más que un concierto de rock. A veces, como sucedió anteayer en el Gran Rex, se puede atraer al pasado, convocar al futuro y, sobre todo, regalarnos el presente. Porque hay que tener la trayectoria de Andrés Calamaro, es decir, las canciones de Andrés Calamaro, para poder plantarse allí, de pie, tan de negro, tan de etiqueta gitana, en un escenario austero, apenas acompañado por Germán Wiedemer (con quien grabó Romaphonic Sessions, el álbum que fue germen de este show), Antonio Miguel y Martín Bruhn, con su voz y varios instrumentos más para ir y venir por su repertorio, en versiones despojadas y diferentes, y también darse el gusto de invitar canciones ajenas, para hacerlas propias.

En el texto que escribió en su aceptación del premio Nobel, y que se leyó el sábado en Suecia, Dylan aseguraba que es más difícil actuar para 50 personas que para 50 mil. Que las 50 mil se vuelven una sola, mientras que las 50 son individuos y, como tales, "pueden percibir las cosas más claramente. Tu honestidad y cómo te conectás con lo más profundo de tu talento está a prueba". Y esto vale perfectamente para esta propuesta. Para Calamaro, acostumbrado a los grandes escenarios (aquí, sus últimos conciertos fueron en GEBA y en el hipódromo de Palermo), el Rex, donde no actuaba hace casi dos décadas, se acerca más a esa inquisidora intimidad de los 50.

El desafío es nuestro también, que debemos desaferrarnos de las versiones originales; esta noche no importa si todo está perfecto, lo que importa es el momento mismo en que los músicos están allí, sin red, intentando que cada canción sea única. Esa intensidad se logra en algunos temas más que en otros, pero el premio vale la apuesta: momentos altos, únicos, exquisitos.

No es de esos recitales cronometrados que arman espectáculos fantásticos que también sabemos disfrutar. Acá, como espectadores, se nos pide más, se nos pide atención y silencio. El artista que pone mucho, también pide mucho. Incluido que no haya fotos ni filmaciones. Que se apaguen los celulares. Habrá sido demasiado pedir para algunos a juzgar por los acomodadores que tenían que "patrullar" la sala en busca de infractores. Pero, si se escucha, el músico lo está cantando. "Para qué contar el tiempo que nos queda. Para qué contar el tiempo que se ha ido. Si vivir es un regalo y un presente."

No importa la enumeración de temas en un show que, por fuerza, será distinto a cualquier otro. Pero algunos momentos quedan, están ya, brillantes, en la memoria: ese extraño tándem que armó en el primer tramo del show cuando invocó a Los Rodríguez con "Algunos hombres buenos" -rehecha pequeña, sutilmente hermosa, con una percusión casi imperceptible, un contrabajo evocador y el piano de cola que se impone-, a la que sigue "Garúa" con esa letra inolvidable de Cadícamo, y el ritmo marcado del tango de Troilo en la voz de Andrés y su particular interpretación. Hubo tiempo de invitados también. Primero Vicentico, para hacer "Algo contigo" y "Tuyo siempre", e inmediatamente después, Melingo, su clarinete y su voz bajísima, primero en "Los aviones" y luego para convocar a Miguel Abuelo en una versión de "Himno de mi corazón", que se insinúa primero en la armónica de Andrés (gran novedad esas armónicas, la melódica, y la pandereta de Jagger gitano), se hace oscura en el inicio vocal de Melingo y luego, Andrés y su voz más aguda, más abuelo de la noche, para juntos dejar que el coro sea de todos; coro elevador, coro redentor de esa canción redentora. "Mi enfermedad", ya sobre los bises en la que la canción, la original, parece atrapar al cantor que debe refrenarla, ajustar las riendas; Calamaro, domador de canciones, la tira luego al público, la devuelve para que sea de todos, anticipo justo de dos hermosos temas que harán cierre: "Media Verónica" y "Crímenes perfectos". Cierre sin coros, cierre con emoción. Nos dio el presente, que contiene todo su pasado y nos mostró todo lo que habrá en el futuro. El próximo fin de semana será distinto. Celebremos.

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