Alberto Manguel: el hombre que leyó una página más

De intelectual a intelectual, en este perfil se subraya la faceta literaria del nuevo director de la biblioteca nacional, un referente internacional sobre la historia del libro, de los papiros a las pantallas
José Emilio Burucúa
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23 de diciembre de 2016  

Alberto Manguel
Alberto Manguel Crédito: Santiago Filipuzzi

Alberto Manguel nació en Buenos Aires, vivió entre nosotros, en Inglaterra, Francia, Italia, Tahití, Canadá. De 2000 a 2015, su lugar preferido en el mundo fue un presbiterio medieval del Poitou-Charentes, que compró y restauró para albergar allí su biblioteca de más de 40000 volúmenes, una empresa que bien podría equipararse a la de Montaigne en la torre del castillo de su familia a fines del siglo XVI. La semejanza no es producto de un capricho interpretativo, sino de una convergencia espiritual de Manguel y el autor de Los ensayos: ambos han construido su obra a manera de un tejido de citas o largos regestos de las letras del pasado e ideas propias emanadas de los dilemas y tragedias en los tiempos de sus vidas.

Alberto ha recorrido mitos, leyendas, utopías de todas las épocas y partes de la Tierra, junto con Gianni Guadalupe, para publicar una Guía de lugares imaginarios (1980). Recorrer las páginas de esa enciclopedia fantástica trae a la memoria el aserto de Máximo de Tiro acerca de los mitos: "Ellos no son verdaderos, pero siempre han sido". Sin embargo, los textos más famosos de nuestro escritor son más bien historiográficos, relatos de fenómenos reales del pasado, de objetos y personajes que existen o existieron, lo cual no deja de ser una paradoja, pues es muy posible que, a la hora de decidirse sobre la superioridad de la poesía o de la historia, Manguel compartiese la postura de Aristóteles y se pronunciara por la poesía. Esos libros son sus dos Historias, una de la lectura (1996) y otra de la curiosidad humana (2016), más el volumen que lleva el título embrujador de La biblioteca de noche (2007) y la narración de los acogimientos que tuvieron los poemas homéricos desde la Grecia arcaica hasta el año 2000, llamada poéticamente en inglés Homer's the Iliad and the Odissey. A Biography, traducido como El legado de Homero (2008).

Nuestro hombre ha sabido conjugar las perspectivas instaladas en los objetos dispares que hemos llamado libros desde la antigüedad remota de China y Egipto hasta el presente -papiros, tablas de cera o arcilla, inscripciones sobre piedra, pergaminos, cerámicas, códices, manuscritos o impresos, CDs, pantallas- más las descripciones minuciosas de las geografías complejas de sus recorridos. Si, con el primer gesto, Manguel se ha unido a nombres como los de McKenzie, Chartier o Petrucci, el segundo abordaje lo ha llevado a medirse con Dionisotti y Franco Moretti. Difícil enumerar los episodios de tales historias. Permitámonos ser subjetivos y recordemos el programa de creación documental de la British Library, los tesoros arábigos de la biblioteca islámica de Tombuctú (amenazados por el jihadismo durante la ocupación de 2013-2014), los intentos fracasados, pero deslumbrantes, de desciframiento de los quipus peruanos (fracasados porque los nudos de los quipus nunca pretendieron ser escritura, es decir, que la significación concentrada en ellos no depende de un corpus estable de correspondencias icónicas, fonéticas y semánticas, sino de de la transmisión entre hombres de carne y hueso de cuáles engramas de la experiencia y la memoria deben suscitar las series y los colores en cada cuerda de nudos), las vidas de hombres valientes que defendieron y preservaron libros con gran riesgo de sus vidas (un librero afgano en tiempos del talibán, un bibliotecario polaco en la ocupación nazi). Todos aquellos hechos y fenómenos de la historia de libros, lecturas, se desenvuelven también entre momentos llenos de luz y de confianza en la humanidad, aun cuando a veces nos comportemos como perros de caza.

Pero, para rendir homenaje a la faceta de Manguel que tal vez iría mejor con su decisión aristotélica, no olvidemos que la primera vez que su nombre resonó en la Argentina fue en 1971, cuando LA NACION dio a conocer los cuentos a los que otorgó el primer premio un jurado que integraban Borges y Bioy. Manguel se fastidiaría si no mentásemos sus novelas, pero me decidí por la superioridad de la historia respecto de la disyuntiva planteada por el Estagirita y permanecí atrapado en las res gestae que, con tanto brillo, escribió Alberto Manguel.

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