El tenor que recita poesía con música

El cantante y el hombre, en un retrato que el director del Colón escribe con el recuerdo latente de la inolvidable primera visita del tenor a buenos aires
Darío Lopérfido
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23 de diciembre de 2016  

Si dijéramos que se trata de uno de los tenores más importantes del mundo, nos quedaríamos cortos. Jonas Kaufmann es uno de los más grandes artistas de la actualidad, no sólo en su dimensión técnica, sino humana. El 6 de agosto su voz se escuchó por primera vez en el Teatro Colón junto a la Orquesta del Divan dirigida por Daniel Barenboim. Fue justamente Barenboim quien realizó el primer enlace para que la visita de este artista tan requerido fuese posible. Sus canciones de Mahler esa noche fueron memorables.

Crédito: Ari Mlntz/The New York Times

Hubo que esperar ocho días más para que regresara a nuestro escenario a ofrecer un recital solista junto al pianista Helmut Deutsch, en una velada que fue un modelo de generosidad artística. Impresiona la versatilidad de un cantante que puede abordar los repertorios más diversos, y cantar con impecable dicción en alemán, francés, italiano? A la hora de los bises, no hay constancia de que alguien se haya prodigado de tal manera ante el pedido de un público enfervorizado. Estos recitales de Kaufmann en un teatro de las dimensiones del Colón son excepcionales. En 2006, se presentó así en el Metropolitan de Nueva York, algo que no sucedía desde 1994 con Luciano Pavarotti. Y el Colón, como no podía ser menos, ya es otro de los testigos directos de este tipo de proezas.

La relación de Kaufmann con el teatro fue de amor a primera vista, natural e íntima como pocas. Antes de su debut, durante un concierto de la Orquesta del Divan, fue subiendo cada uno de los niveles por la escalera, como uno más, hasta llegar al paraíso, ansioso por comprobar por sí mismo la acústica legendaria de la que tanto había escuchado hablar a sus colegas en todo el mundo. Su figura inquieta se prodigó por cada pasillo, sin negarse a sacarse una foto con los empleados del teatro convertidos en sus fans. Y después de haberlo escuchado, con sus pianísimos casi susurrantes y sus agudos aterciopelados, comprobamos otra vez que un gran cantante es alguien que sabe decir poesía con música y desplegar en toda su profundidad ese mensaje poético.

No quiero quedarme en el elogio del artista. Alguien podría pensar que un cantante tan cotizado tiene derecho a considerarse un divo y actuar como tal, pero nada de eso sucede en el caso de Kaufmann. Hablé ya de su dimensión humana teniendo en la memoria su actitud durante una comida que compartí junto con el embajador de Alemania, sentado a una mesa íntima donde el cantante estaba con su mujer y tres hijos. Pude verlo en acción como padre, ocupándose de los más pequeños con ternura y dedicación. Hablamos de música y de fútbol, de los proyectos de su hija más grande de ser régisseur, de su deseo de regresar. Fue difícil expresarle todo nuestro agradecimiento por ese modelo de artista y de persona que dejó grabado durante esta visita inolvidable.

Del editor: ¿por qué es importante? En dos programas, Kaufmann demostró en Buenos Aires que es la figura de la escena clásica hoy

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