La chica que corre y contagia emociones

Atleta paralímpica y ganadora de una medalla de oro, la rosarina motiva a sus pares y demuestra que el deporte es uno de los más efectivos medios de inclusión
Carlos Alberto "Beto" Rodríguez
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23 de diciembre de 2016  

La alegría es una de las emociones que mejor la define. A Yanina le encanta bailar, en cada lugar donde hay música, cuando estamos en la inauguración de un juego, ella está bailando. Su enorme logro no es solamente personal; con su esfuerzo, consigue arrastrar a todos los demás para que se respeten sus derechos. Sin hablar, sin explicar, solamente con la imagen de atleta, con lo que representa como deportista. Y eso es algo muy conmovedor. Eso es capacidad.

El deporte es el medio de inclusión más efectivo que hay en la sociedad y la vía que permite, simplemente, como sucede en países desarrollados, que las personas discapacitadas seamos tomadas como personas. Con su sonrisa y su silencio, Yanina consiguió mucho más que la medalla de oro en un Juego Paralímpico, consiguió que seamos respetados por lo que somos: seres humanos.

Crédito: Marcelo Manera

Nos conocimos a principios de 2008 en Mar del Plata. Yo coordinaba los Juegos Nacionales Evita, ya era técnico del seleccionado paralímpico de atletismo. Ese mismo año tuvimos un juvenil en Colombia, adonde viajé con nueve chicos. Ella fue con su grupo de la Federación Argentina de Deportes para Parálisis Cerebral (Fadepac), así que la conozco muy bien y sé de donde viene, cómo es su familia. Este momento en el que ella obtuvo la medalla representa muchísimo, representa la esencia. Me acuerdo que le hicieron una entrevista en Río de Janeiro, cuando había clasificado a la final de los 200 metros -creo que había ganado la serie- y la periodista le hizo una pregunta en relación con la final que iba a correr. Y Yanina, tan auténtica como espontánea, le dijo: "¡Ah! ¿Clasifiqué". Había entrado primera. La anécdota da cuenta de lo que a ella le gusta correr: se preocupó por hacerlo rápido, pero no tanto por el resultado.

En 2011 viajamos juntos al Mundial de Nueva Zelanda, en Christchurch, una ciudad famosa por sus terremotos. Al segundo día de haber llegado, estaba elongando en mi habitación y empezó a temblar todo. Entonces Yanina, que estaba en la habitación de enfrente a mi cuarto, vino a buscarme, me golpeó la puerta: "Vamos, Beto, vamos. Después te explico". Y como corredora de 100 metros, salió disparando. Al otro día lo mismo, otra vez el temblor, y todos los sensores del hotel avisando que hay que salir. De nuevo vino corriendo a buscarme, preocupada de que no nos pase nada. En el micro rumbo al entrenamiento en el estadio de atletismo, me decía que tenía que salir más rápido de la habitación, que un día no iba a tener tiempo de explicarme qué era lo que estaba pasando. Quince días después de que nos volvimos, en Christchurch hubo un terremoto donde murieron 150 personas. La casa de la cultura estaba partida, una ciclovía por la que nosotros íbamos al centro, se hundió unos tres o cuatro metros.

Yanina es así. A veces estamos en la pista, pasa con su grupo, y todos le decimos algo; si no la ves y estás ocupado, entonces viene, te tira el pelo y sigue corriendo. Es una chica que corre y pareciera nunca estar tensa. Siempre sonriendo. Siempre.

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