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Gabriela González: en la dimensión desconocida

Es parte del equipo científico que detectó las ondas gravitatorias, anticipadas en la teoría de la relatividad; el inicio de una nueva era de la astronomía
Juan Pablo Paz
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23 de diciembre de 2016  

Crédito: Dario Galiano / La voz del Interior

La envidia es una sensación que suele generar rechazo. Pero confieso que el jueves 11 de febrero de 2016 sentí sana envidia cuando vi a Gabriela González anunciar un gran descubrimiento científico. Ella es la portavoz de la colaboración LIGO (la sigla inglesa del Observatorio Gravitacional por Interefrometría Láser). Aquel día anunció en Washington la primera detección directa de las ondas gravitatorias, predichas por la Teoría de la Relatividad General, formulada por Einstein en 1916.

La detección de estas ondas es mucho más que la confirmación de una teoría fundamental: marca el inicio de una era de la astronomía, la apertura de una nueva ventana para observar el universo. Ese día Gabriela anunció que LIGO había observado las ondas emitidas durante la unión de dos agujeros negros que, tras orbitar uno alrededor del otro, se combinaron para formar uno único.

Las ondas emitidas en ese proceso llevaron una gigantesca cantidad de energía; tras viajar más de 1500 millones de años, cuando llegaron a la Tierra generaron diminutos temblores, que fueron detectados por los instrumentos de LIGO. Este equipo está integrado por más de mil científicos, que trabajaron alrededor de veinte años para detectar las ondas y dotar a la humanidad de un nuevo instrumento capaz de observar fenómenos desconocidos.

Los impulsores de LIGO seguramente recibirán el Premio Nobel de Física en 2017. Para liderar este equipo de talentos, como lo hace Gabriela, se requiere no sólo una enorme capacidad científica, sino también paciencia, carisma y sentido común. Gabriela tiene esas cualidades. Y es una luchadora incansable. Estudió física en la Universidad de Córdoba y presidió el Centro de Estudiantes de su facultad en los primeros años de la democracia. Luego, en 1988, completó su doctorado en Estados Unidos junto con su marido, Jorge Pullin, un notable físico teórico argentino.

La vida de Gabriela y Jorge fue muy sacrificada. Para una pareja de científicos no es fácil conseguir trabajo en una misma ciudad. Durante varios años Jorge trabajaba en Pensilvania; Gabriela, en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, Boston. El viaje entre sus casas insumía diez horas en automóvil. En esas circunstancias, se veían en una casa rodante estacionada a mitad de camino entre sus hogares. Allí, en el medio del bosque, compartían los fines de semana. Hoy ambos son distinguidos profesores en la Universidad de Louisiana, ubicada junto al principal emplazamiento de LIGO. Gabriela es admirada y reconocida como una de las personas que permitieron que LIGO completara su tarea titánica. Es un ejemplo de compromiso y talento. Y, además, es un ejemplo del tipo de científico que se forma en las universidades públicas.

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