Snapchat, efímera como un fantasma

En el año que marcó el inicio de la era postsocial de internet, surgió una nueva red, muy joven, popular e instantánea, que pronto cotizará en la bolsa
Joaquín Hidalgo
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23 de diciembre de 2016  

Nicolás tiene 16 años y es parte de una movida multitudinaria. Pero cuidado. Movida para muchos de nosotros es algo que dura, que tiene un tiempo, y que después podremos contarle a nuestros hijos. Pero nada de eso tiene atrapado a Nicolás, que mira la pantalla de su smartphone, se ríe, toma fotos y comparte. La suya es una movida efímera que toma todo el día, desde que se levanta y snapchatea su cara de sueño hasta que se acuesta y repasa su story. Con él están otros 150 millones de usuarios diarios. Es la aplicación del momento, la que pidió entrada a la Bolsa de Nueva York (valorada en más de 23.000 millones dólares) y la que recauda lo que el veinteañero Evan Spiegel no imaginó ni en sus más osados sueños. Snapchat, la red social que celebra la fugacidad, representada por su icónico fantasma.

Crédito: J. Emilio Flores / The New York Times

La idea es tan potente como innovadora. En la vida cotidiana hay millones de cosas que son eso, cotidianas, que no duran y que es mejor que sea así. En el colectivo uno cruza una esquina donde dio un beso, en la oficina comentamos un chiste, a punto de dormirnos nos asalta un pensamiento. Esa misma nada es el corazón de Snapchat, pero en la clave de la era: la imagen.

El código es completamente nuevo para los que somos viejos de treinta y pico. Una fantasía de abuelos para los snapchatters, que sacan y comparten una foto cuyo único propósito es desaparecer en unos segundos de la pantalla del receptor. Nacidos en la cultura de la cámara-para-todo y del WhatsApp para organizar sus vidas, la idea de esperar para ver o saber es tan remota como para los sub 40 la idea de la vida sin Google.

Si Facebook fue -y es- una red en la que acumular cosas para que otros las vean en diferido, y si Twitter perfeccionó e ideó la inmediatez online -creció con los smartphones-, el joven Spiegel y sus socios de Snapchat adivinaron otra cosa: que para hablar, para decir cosas, para establecer un vínculo, la palabra está hoy perimida, que es mejor una foto modificada, adulterada e intervenida con hocicos, caras fantasmáticas o mensajes escritos a mano, para decir cosas con tono propio, antes que ponerse a tipear y leer. Y al final, para mejor INRI, que se la lleve la señal del 4G para reinventar la metáfora del viento y las palabras. Así es.

Ahora bien, el otro pilar de Snapchat es, como casi toda red social, el de establecer un campo de popularidad. Sea entre los amigos de carne y hueso o entre los seguidores de bits, la ambición sigue siendo la misma. Como en esas malas películas de la secundaria en donde el héroe es un chico que debe vencer la timidez por sus propios medios para convertirse en popular, en Snapchat la cosa es generar un espacio dentro de ese código con un lenguaje nuevo.

Sea con Snaps y con las Stories (como se llaman y diferencian a las imágenes destinadas a morir en la pantalla del destinatario de las que se atesoran por el día en orden cronológico), con Snapchat una cosa es segura: de lo que se trata es de ocupar un lugar de reconocimiento. El tweet de las snaps es haber ofrecido un lenguaje nuevo a quienes más lo buscaban. Como Nicolás y sus amigos, los ñerif, los monos, los pibes. Chapeau, Mr. Spiegel.

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