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Con La Beriso y La 25, el rock barrial confirma su vigencia

Luego de reinar en los años noventa, las bandas que responden a este género que cruza sonido stone con estética ricotera y tics futboleros vuelven a dar batalla en los estadios
Pablo Plotkin
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17 de diciembre de 2016  

Cuando La 25 tocó en Atlanta dos sábados atrás y Mauricio "Junior" Lescano enumeró sus verdades en "Cómo me gusta" ("vivo en un barrio bien pobre", "crecí entre tangos y rocanrol", "me gusta el rock bien cuadrado"), quedó claro que la patria stone había vuelto a pisar los estadios. Si bien el público copaba apenas la mitad del campo de juego, el desembarco en Villa Crespo era el redoble de apuesta para un grupo con veinte años de trayectoria, pocos acordes y un sólido plan de carrera. Y era también el primer síntoma de un diciembre que, con el show de hoy de La Beriso en River y en vísperas de un nuevo aniversario de Cromagnon, renueva a los gritos la supremacía de eso que alguna vez conocimos como rock barrial.

La 25 y La Beriso son dos casos de éxito contemporáneos a Callejeros (La 25, de hecho, tocó en Cromagnon cinco días antes de la tragedia, y sufrió un principio de incendio que pudo ser sofocado a tiempo), bandas surgidas en la segunda mitad de los 90. La matriz musical de La 25 se funda en la escuela Ratones Paranoicos-Viejas Locas, y si algo no se le puede reclamar es coherencia: sonaron siempre igual. La Beriso, en cambio, relee a su modo el legado de los Redonditos de Ricota, y se hizo fuerte en ese espacio vacante que dejó el desarme de Callejeros. La suya es la curva de crecimiento más pronunciada que dibujó el rock local en la última década, sólo comparable con la de Las Pastillas del Abuelo -que en abril tocaron ante 25.000 en Ferro- y la de los uruguayos No Te Va Gustar.

"El del rock barrial es un fenómeno que pasa por el público, no por las bandas -dice José Palazzo, productor de Cosquín Rock, el festival que expone como ningún otro la impronta del rock argentino de esta era-. Es un fenómeno cultural que tiene que ver con consumir música de manera interactiva, yendo a comer un asado a la tarde, saltando en los alrededores, haciendo la previa, el pogo. Eso no pasa en todos los lugares del mundo. Culturalmente somos un país que se adapta más a este tipo de bandas."

De estos polvos, futuros lodos

"El barrio llegó a Obras." Ese grafiti de 1994 estampado en una pared de camarín inmortalizó el arribo de La Renga al estadio de Avenida del Libertador, hace más de veinte años. En un escenario que había visto pasar a precursores barriales como Manal, Pappo o Memphis, la frase sintetizaba el ánimo fundacional de una camada que venía a alterar el mapa de calor del rock argentino, además de su astucia marketinera natural. Nacía una nueva era de estadios. Los Redondos habían hecho los primeros shows en Huracán, y La Renga y Los Piojos marchaban al crucial 1998, cuando en un mes se repartirían las canchas de Atlanta y All Boys. Con Soda Stereo desintegrado, el rock de las bengalas, las banderas y los códigos futboleros afianzaba su hegemonía y proyectaba herencia. Cuando Callejeros marcó un hito en 2004 con su doblete debut en Obras, seis meses antes de Cromagnon, Pato Fontanet dijo frente a la masa de humo que apenas le dejaba ver: "Hoy, ustedes pueden decir que el barrio volvió a Obras".

Cuando todo colapsó el 30 de diciembre en Once, parecía que el rock barrial se debilitaría ante el destino trágico de su banda insignia y, en especial, bajo el peso aplastante de las 194 muertes. Por un tiempo la escena del rock fue tierra arrasada y el clima de época viró a la electrónica (todavía lejos de Time Warp, su Cromagnon a escala), los festivales esponsoreados y los cantautores acústicos, que se las ingeniaban para tocar en un marco municipal hiperrestrictivo.

Marcelo Rodríguez, que bajo el alias de Pelado Torabe conduce, desde el año 2000, el segmento under El bombardeo del demo en Rock & Pop -donde empezaron a sonar los Callejeros y muchos grupos que hoy son masivos-, traza una pequeña retrospectiva de la última década y media de rocanrol. "Cuando empezó El bombardeo, el 90% de los grupos eran copias de La Renga, Los Piojos o Viejas Locas. El rock barrial es producto del contexto social de ese momento, de la crisis y de esa cosa de llevar al rock la pasión futbolera. Al principio la mayoría eran bandas rolingas, pero Callejeros era otra cosa: tenía algo más ricotero, y la de Pato no era la típica voz stone, tenía esa cosa arrabalera, con letras más serias."

Torabe recuerda que, cuando ocurrió Cromagnon, daba la impresión de que ese rock barrial, festivo, catártico y pirotécnico -en sus vertientes rolinga o ricotera- tenía los días contados. "Callejeros se volvió un tabú en los medios -recuerda-. Parecía que se cortaba la onda con el rock barrial. Empezó a crecer mucho el reggae, y también bandas como Onda Vaga, El Kuelgue..."

Sin embargo, el legado de Callejeros surtía un efecto invisible, aumentado por los vaivenes judiciales, los fantasmas de "persecución" y las reapariciones esporádicas de Santos Fontanet -primero al frente de Casi Justicia Social, después de Don Osvaldo-, cargadas de un dramatismo que sólo profundizó el vínculo con los fans. A su vez, el lanzamiento solista del Indio Solari tras la separación de Redondos le daba nueva energía a su mito y lo consolidaba, a favor o en contra de su voluntad, como el Dr. Frankenstein del rock suburbano. Mientras tanto, La Renga aumentaba su poder paralelo y Andrés Ciro perfilaba una carrera próspera después de Los Piojos. Estaba todo dado para que despuntara una nueva generación.

Nuevas noches frías

Santiago Aysine, un sobreviviente de Cromagnon al que la tragedia lo llevó a hacer música y armar su propia banda (Salta La Banca, hoy un referente de la escena), le dijo en 2013 a Rolling Stone: "Básicamente, soy de una generación que vivió el apogeo del rock de la esquina. En mi barrio (Villa Raffo) no se escuchaba ni Sui Generis ni Seru Giran: era todo el día los Redondos, Los Piojos y La Renga".

Salta La Banca representa a una nueva camada de grupos que tomó ese legado y lo convirtió en otra cosa. Las Pastillas del Abuelo y su relectura de Sabina (otra clave de época), el sonido eléctrico más global de El Bordo, la introspección de De La Gran Piñata... Eso que alguna vez se llamó rock barrial es rock argentino de este siglo. Un rock integrado, musicalmente diverso y poco innovador, difícil de codificar fuera del país. Un rock cuyas búsquedas líricas -experiencias callejeras, historias de amor, viajes interiores, fábulas donde se enfrentan el bien y el mal, prédica política apartidaria- están en el centro de la relación con los fans, además de los rituales de peregrinación de parejas, grupos de amigos y padres jóvenes con sus hijitos enfundados en remeras de bandas.

Pelo Aprile, productor discográfico histórico que en los 90 trabajó con 2 Minutos, Viejas Locas y La Renga, y que en los 2000 publicó a Callejeros y Cielo Razzo, se refiere al lugar cada vez más central que ocupan las letras en el rock actual: "En música está todo escrito, y en los grupos barriales lo que hace la diferencia, lo único que vale son las letras".

Así llega a River La Beriso, un caso peculiar de la escena, por haber hecho el mentado crossover. "Es una banda que trasciende el target del rock -dice Torabe-. Lo pueden ir a ver pibes que escuchan reggaeton, de repente." En ese multiverso compite hoy el rocanrol de los barrios, en un panorama musical diversificado por algoritmos de reproducción que mezclan hits de la cumbia pop de Marama, el folklore romántico de Abel Pintos o los dúos reggaetoneros que bajan del Caribe.

La época se juega tanto en esa coctelera virtual como en la viñeta barrial y nocturna de un grupito de rolingas sin entradas en la esquina de Muñecas y Darwin, tomando fernet con cola y cantando con una criolla las estrofas de "La hija del fletero", vieja balada de los Redondos, mientras del otro lado de la valla suena el estribillo bien cuadrado de "25 horas". Contra el alambrado de la cancha flamea una bandera pintada a mano que dice: "Así es mi barrio".

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