Almagro, noche y ritmo: el circuito más vital del tango

En un epicentro de pocas cuadras están los lugares más originales para escuchar, bailar y respirar en 2x4
Juan Manuel Strassburger
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17 de diciembre de 2016  

La Catedral nació partir de la iniciativa de cuatro amigos rockeros, en un silo de Sarmiento y Medrano
La Catedral nació partir de la iniciativa de cuatro amigos rockeros, en un silo de Sarmiento y Medrano Crédito: Daniel Jayo

Es jueves a la noche y estamos en Plaza Almagro dispuestos a constatar por qué esta zona y sus alrededores se convirtieron -de un tiempo a esta parte- en la parada obligada de todo aquel que busca vivir el tango en la ciudad. O sea, el tango con su tradición, sus taras y sinsabores, su virtud. Pero también el tango hoy y ahora: el que todavía puede salvar a un varón en su crisis de la mediana edad; o bien enamorar a una mujer con un ideal romántico bien plantado que suele escasear en otros ámbitos y contextos. "El tango es lo que da sentido a mi vida", me dirá un habitué hacia el final de la recorrida nocturna. Ya es tarde y los ojos rojos indican cansancio. Tal vez alguna incipiente resaca que al día siguiente pasará factura. La bohemia, el acostarse tarde y el culto de la amistad siguen siendo valores tangueros que rankean alto. Y que explican por qué este ritmo, esta cultura urbana nacional, esta danza enigmática y ética cotidiana del existir, contradijo a todos los agoreros que lo daban por muerto a mediados de los ochenta.

Primera parada, Bulnes y Perón: el Boliche de Roberto. Existe desde fines del siglo XIX (se dice que es uno de los bares más antiguos de la ciudad) y construyó su mito en los noventa y principios de 2000, cuando el tal Roberto todavía vivía y atendía con cara de pocos amigos a la clientela border y al filo de la ley que lo frecuentaba. De a poco y de la mano de viejos tangueros, nuevos aficionados, turistas avispados y cierta sensación de atractiva marginalidad (tanto del circuito oficial del tango como de la sociedad misma) se fue generando un microclima favorable para el florecimiento del tango actual en casi todas sus variantes. "Acá venís solo y te volvés con un amigo. Siempre hay alguien para charlar", dice Pablo Spikerman, encargado del boliche tras la muerte de Roberto en 2006 y responsable de cierto aggiornamiento del lugar que igual mantuvo los ladrillos a la vista, los cuadros y afiches de antaño y sobre todo ese espíritu tanguero que se respira apenas uno cruza a la puerta y lo escucha al joven pero ya muy apreciado Pájaro Palomeque cantar a viva voz "Naranjo en flor" mientras un alemán por ahí se acerca a la barra de madera y pide una Hesperidina (mítica bebida argentina) o una parejita rockera se queda prendida con el mural de Pugliese y la sonrisa de Gardel. "Venimos porque nos gusta el tango de verdad y acá siempre pasa algo", me dicen. Y así suele ser.

¿Próxima parada? La Catedral. Caminamos dos cuadras por Bulnes, giramos a la izquierda en Sarmiento, recorremos cincuenta metros y ahí está el epicentro tanguero de Almagro y seguramente también de la Ciudad. El ex silo de molino, abandonado, que hace unos 18 años un grupo de rockeros con alma de arrabal verdadero convirtieron en la milonga más especial y atractiva de la ciudad. Un lugar magnético desde el mismo momento en que uno sube las escaleras, cruza un par de salones intermedios y misteriosos, y finalmente llega al gigante salón principal, pinta de tango derruido y apocalíptico, mezcla de cabaret berlinés y Titanic a punto de impactar. Allí un decadentismo cuasi francés, nostalgia de belle époque y Mi Buenos Aires querido, se hace presente de manera franca y corporal. Y es curioso porque las parejas que le sacan lustre a su pista de parquet gastado son al mismo tiempo lo más siglo XXI que hay. No hay cabeceo ni trajeados impolutos y sí un uso espontáneo y sui generis de la vestimenta para disfrutar del 2x4. "Acá podés venir a bailar en zapatillas, en traje o como quieras", dice Axel Mastronardi, uno de los cuatro fundadores de La Catedral, que además de pista de baile ofrece a las orquestas más vitales como la Andariega, la Cambio de Frente o la Villa Urquiza, y solistas como Joaquín Althabe, Federico Prado (también fundador de La Catedral) o Pablo Fayó. Los jueves, sin embargo, es noche de intervenciones artísticas y ahí está el bailarín Mario Rizzo con su hipnótico breakdance tanguero que nos deja helados a todos y se gana un aplauso cerrado al terminar.

Es hora de la tercera parada: Cusca Risún, un cálido bar cultural a la vuelta de lo de Roberto (o sea, Perón y Bulnes) donde también funciona una peña tanguera con varios de los cantores y guitarreros que circulan por la zona. Hoy en Cusca ,como casi todo los jueves, es noche de Osvaldo Peredo, una de las últimas leyendas vivas del tango y reverenciado por toda esta nueva movida tanguera. "Lo que pasa actualmente con el tango es muy rico y variado: hay conjuntos que están recuperando el sonido de las guitarras de Gardel, orquestas que buscan traer de vuelta a Troilo, y otros que hacen todo eso y además aportan material nuevo", me informa Miguel Galante, un veterano habitué de este circuito que con parsimonia contagiosa escucha los últimos fraseos de Peredo desde la vereda del bar. Conocedor del paño, Galante dilucida algunas internas del ambiente (cuando una escena está viva se cuecen habas) y destaca el rescate de joyas poco conocidas o nunca grabadas de Cadícamo, Manzi o Discépolo a la par de la creación de piezas nuevas de valor. "Lo que pasa es que componer tangos después de esas glorias era muy difícil -dice-. Pero por suerte se fue perdiendo ese tabú y hoy apareció toda una nueva camada de autores que lo está haciendo muy bien".

A la vuelta de Cusca, la parada final: Pizzería Mandiyú. El lugar que eligen todos para hacer "la recalada". O sea, el momento en que los distintos músicos que fueron dando sus espectáculos se encuentran y, ya más relajados, tocan y cantan algunas piezas extra por el puro placer de hacerlo. Una sobremesa musical. Ahí se lo puede ver al Pájaro Palomeque que arrancó en lo de Roberto, luego compartió momentos con Osvaldo Peredo en Cusca, y ahora desensilla en la Pizzería Mandiyú. De otras mesas le piden algunos temas y él accede.

Es tarde, pero el berretín es más fuerte. Hay pibes con remeras de Marley, parejas mayores y grupos de amigos de diversa procedencia como el propio Miguel Galante que se alegra cuando nos ve "recalar" en esta parada final. Sabemos que la historia puede seguir hasta mucho más entrada la madrugada. Así fue durante años y así sigue siendo hoy. Una deriva sin especulación ni resto; un dejarse llevar con voces graves y guitarrones de fondo. Historias charladas o hechas canción que noche a noche van realimentado el mito imperecedero del tango. Podríamos seguir, sabemos. Pero por hoy lo vamos a dejar acá.

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