Cuestión de prioridades. Cómo se define una estrategia para la ciencia

Además de abrir un frente de conflicto con los investigadores, el recorte del presupuesto científico muestra discusiones pendientes: entre ellas, cómo responder las urgencias y apostar al futuro
Martín De Ambrosio
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24 de diciembre de 2016  

Crédito: Pablo Harymbat

Esta nota tiene un punto de partida que es una petición de principios: para crecer económicamente y desarrollarse, un país necesita de manera imprescindible invertir en ciencia, más allá de cualquier otra variable. Si el lector opina que esto puede ser discutible, quizás convenga interrumpir aquí la lectura. El resto del texto estará entonces destinado a evaluar, con la opinión de expertos, dónde y cómo (y quién) debería hacer esa inversión, en el particular momento político y económico que atraviesa el país.

El contexto del debate -que vuelve esta discusión más relevante- se conoce: la reducción de ingresos de alrededor del 60% de investigadores en el Conicet para 2017 respecto de lo previsto en el plan Argentina Innovadora 2020 elaborado en 2013, algo que quiebra lo que pudo haber sido una política de Estado que excediera coyunturas gubernamentales. Y los reclamos, manifestaciones, tomas y declaraciones de agrupaciones de científicos que se vienen dando en estas semanas, en tensión creciente, mientras en las redes se vuelven virulentas algunas voces que, por el contrario, cuestionan a los propios científicos y sus aportes.

El argumento oficial para el recorte es que el crecimiento planteado al diseñar aquel plan no es viable en un escenario de pobreza y que las estructuras actuales no soportan una expansión semejante. Así lo señalaron al periodismo tanto el ministro Lino Barañao ("hacen faltan investigadores con un perfil diferente, más insertos en las necesidades del país") como el presidente del Conicet, Alejandro Ceccatto ("el último año del kirchnerismo se aprobaron ingresos masivos, sin criterio"). ¿Es cierto que hace falta cambiar el perfil del investigador? ¿Cómo se deberían definir las prioridades de inversión en investigación científica en la Argentina? ¿Es incompatible, como parecen sugerir algunos funcionarios, con un 32% de pobres, inflación y problemas aparentemente más urgentes?

Los investigadores y académicos convocados a opinar se debatieron entre la preocupación por la discontinuidad de una política científica y la esperanza respecto de los sectores científicos y de innovación a los que sí se les podría (y debería) dar prioridad para el crecimiento del país. Mientras denuncian un "recorte salvaje" en los fondos para investigación, y el error de truncar la formación de científicos, que lleva una inversión de décadas, la mayoría señala la necesidad de dar una orientación y más racionalidad a los fondos que se dedican a la ciencia.

Diego Hurtado, investigador profesor en la Universidad Nacional de San Martín y miembro del directorio de la Agencia Nacional de Promoción Científica, cree que con la llegada de Cambiemos se dieron modificaciones estratégicas en la política científica -a pesar de haberse mantenido el mismo ministro en el área-, y que una vez más un nuevo gobierno se propone ser refundacional. Lo dice en referencia a las doce nuevas áreas estratégicas anunciadas por el presidente Macri y el ministro Barañao en septiembre en Punta Indio. "Ya se canceló el Arsat3, se eliminaron proyectos de Invap, como la radarización, la política de producción pública de medicamentos se desguazó", enumeró. "Lo interesante es que el proyecto nuclear sí conserva direccionalidad, por la propia inercia del sector, que está maduro y con empresas consolidadas", resalta.

Además, a Hurtado le parece dramática la manera en que se cortó Argentina Innovadora 2020, incluso con el detalle de que son los mismos funcionarios que lo implementaron los que ahora ven irracional lo elaborado pocos meses atrás. "El concepto de políticas públicas debe estar muy por encima de la línea de flotación partidaria, como demócratas y republicanos en Estados Unidos; laboristas y conservadores en Gran Bretaña, igual en Corea o Alemania. Es indispensable generar políticas públicas y pensar en 20 o 30 años, que es la escala temporal en la que dan frutos las políticas y la articulación local con lo económico y productivo", dice. "Ese plan 2020 decía que se apostaba a tres tecnologías: nanotecnología, biotecnología y las llamadas TIC. Y se desagregaron en 34 núcleos socioproductivos estratégicos. Hasta ahora no hay definición sobre qué va a pasar, cómo se verán impactados con el recorte", completó Hurtado.

¿Qué es estratégico?

Esa gran cantidad de áreas, cercanas a las cuatro decenas, tampoco tenía un acuerdo unánime entre los científicos, aunque la prefirieran a la situación de actual incertidumbre. Diego Comerci, doctor en biología molecular de la Universidad Nacional de San Martín e investigador del Conicet, afirma que "ni Estados Unidos tiene tantas áreas estratégicas". Para él, está claro que es estratégico el complejo agroexportador primario y "todo lo que tenga relación con tecnología de producción animal, vegetal, nuevos materiales, comidas, procesos; me parece que en eso no hay discusión". Pero plantea dudas: "¿Alzheimer y neurociencias son estratégicas? No lo sé, creo que no. Es la historia feudal del Conicet, con Chagas estratégico, petróleo estratégico, atmósfera estratégico, todo les parece estratégico. Cada uno desde su parcela de poder hace lobby. Desde ese lugar es difícil defender el plan Argentina Innovadora 2020".

De todas maneras, Comerci destaca que no habría que darlo de baja sino replantearlo. "He participado en proyectos de la Unión Europea y allí definen cinco áreas y ponen mucho dinero. Eso es eficientizar y racionalizar, si queremos proyecto de Estado en ciencia y tecnología", agrega. De todos modos, aclara que está en contra del "recorte salvaje que se está haciendo" y la actitud esquizofrénica de traer a investigadores durante una década y ahora expulsarlos. "En mi instituto hay gente que hemos formado durante diez años y es posible que no entren a carrera. ¿Qué van a hacer? Formar recursos humanos es lo más caro y lo más difícil. Es mentira que los absorbe el mercado, porque no existe demanda. Es el Estado quien tiene que llevar la delantera, incluso en empresas público-privadas; la iniciativa de los privados no existe, es un mito."

Comerci, justamente, es uno de los (pocos) científicos que se atrevió a hacer lo que tanto se reclama: llevar la investigación básica al terreno de lo aplicado, generar empresas y vender y exportar conocimiento de alto valor agregado. Su compañía se llama Chemtest y está incubada por la Fundación Argentina de Nanotecnología en el Campus Miguelete de la Universidad Nacional de San Martín. Se dedica a la generación de tests rápidos para la detección de enfermedades como el síndrome urémico hemolítico, el mal de Chagas y el dengue.

Para el economista Guillermo Rozenwurcel, investigador principal del Conicet y de Cippec, en tanto, es un error político no cumplir el compromiso de crecimiento que tenía previsto el Conicet, "sobre todo porque no hubo un debate ni una discusión previa con los científicos". La baja de ingresos "significa dar marcha atrás con una medida bien reconocida por la comunidad científica respecto de mantener una continuidad institucional con el cambio de signo del gobierno, lo que mostraba una apertura diferente. Encima, el impacto fiscal es insignificante. Frente a todos los otros gastos desmedidos donde habría que apuntar el foco, esto es un chiste. No hay un sentido táctico en el recorte".

Del mismo modo opina Ana Wortman, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Instituto Gino Germani de la UBA: "Quizás se debería dar el debate primero y después en todo caso los ajustes o recortes. En este país esto no se discute. Hay formaciones ideológicas que no permiten pensar cosas porque son vividas como ajuste, neoliberalismo".

La evaluación de los investigadores es otro de los temas tabú, que salta ahora a la supuesta discusión pública, que por ahora tiene más de ataques en las redes sociales que de debate. "La evaluación tiene un componente epistemológico y uno político -dice Hurtado-. El primero debería ser más adecuado para las áreas Tecnológicas y Sociales, porque domina el modelo de las ciencias naturales (por ejemplo, contar papers en revistas, lo que genera desajustes en esas otras dos áreas). El componente político es más difícil, y está atado a decisiones de gobierno."

"En cuanto a lo práctico, el sistema técnico burocrático de evaluación en el Conicet siempre funcionó bien -sigue-. Es muy difícil que haya acomodos o irregularidades, son instancias de consensos públicas. Puede haber quejas de burocracia, pero siempre es transparente."

Ensayo y error

Como era de esperar, la ciencia aplicada a la producción alimentaria "ranquea alto" cuando se piensa en las áreas de investigación que se podrían definir como prioritarias, así como ciertos enclaves regionales prometedores. Ese paradigma se resume bajo el concepto de bioeconomía, tal como le gusta decir a Ruth Ladenheim, directora del Centro Interdisciplinario de Estudios en Ciencia, Tecnología e Innovación (Ciecti), una asociación civil sin fines de lucro que funciona en el Polo Científico de Palermo desde 2015. Incluye una lista amplia: "Se trata de los cambios tecnológicos que permiten una agricultura y ganadería sustentables; proyectos para usar biomasa para energía o los recursos oceánicos, la acuicultura; la aplicación de tecnología en alimentos, más la robótica, la genómica, el Big Data, y los bioproductos farmacéuticos", dice Ladenheim, doctora en química.

Ladenheim formó parte del Plan Argentina Innovadora 2020 como secretaria de Planeamiento y Políticas del Ministerio de Ciencia y sostiene que ha trascendido el cambio de gobierno. "Más allá de los números de ingresos al Conicet, que no estoy en condiciones de discutir, me parece que el resto sigue vigente; fue un esfuerzo de cientos de expertos que permanece", añade.

Respecto de las áreas que merecen prioridad, Rozenwurcel apunta también a las cadenas agroindustriales. "Eso debería estar en la cabeza y acción de todo el gobierno y algo comprendido por empresarios, políticos y opinión pública. No tenemos destino sin eso, ésa debe ser la plataforma de desarrollo", insiste. "El complejo agroindustrial, a diferencia de hace 50 años, es de gran dinamismo, con empresarios con mucha innovación y que requiere un tipo investigación que no se puede importar", puntualiza. A lo que agrega también áreas de economías regionales: "No sólo alimentos, sino también energía, especializaciones medicinales, químicos orgánicos de muchas aplicaciones. Y otros sectores pequeños que tienen potencial como energías alternativas, nucleares, aeroespacial, servicios de contenidos educativos para profesionales, comunicaciones, digital. No son pocas áreas, pero hay que priorizar".

Su colega Fernando Peirano -ex subsecretario de Ciencia y Tecnología e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes- acuerda en que desde lo fiscal es mínimo el ahorro que produce el recorte de fondos y muy negativo respecto del envío de señales de certidumbre para la ciencia. "Se dejó de lado un compromiso en un sector muy sensible a las variaciones del corto plazo. Formar a un investigador es una decisión individual y social y hay que sostenerla 10 o 15 años. La reducción de los ingresos a carrera habla de una falta de planificación. Hubiera sido mejor seguir y cambiar a partir de 2020, trabajar a partir de becas y cambiar expectativas. El balance del año es que la agenda estratégica se empobreció. Volvimos a temas de coyuntura, a reducir la relación Estado-investigadores a cuestiones salariales". Peirano agrega que "si uno quiere moverse hacia arriba, se debe apostar no sólo a la industria por competitividad, ni a recursos naturales porque no alcanza, ni tampoco sólo a la ciencia, porque en términos relativos aún somos pocos investigadores. Hay que apostar a la combinación".

Tampoco Dora Barrancos, miembro del directorio del Conicet por Ciencias Sociales, ve con claridad cuál es la intención de la nueva/vieja gestión. "Veo cierta atonía, una suerte de ensayo y error que no tiene un panorama nítido de adónde va", dice. Ella y sus compañeros de directorio mostraron su desagrado ante el recorte en un documento oficial en el que dejaron constancia de una "profunda preocupación por las decisiones que nos vemos obligados a tomar a partir del presupuesto asignado a esta institución para el ejercicio 2017". Para Barrancos, no están definidas las líneas que se busca seguir ahora: "Lo decisivo es saber qué tipo de sociedad se desea y qué derechos deben asegurarse. Esto es central en las orientaciones políticas de la ciencia y la técnica, y ahora no está".

La insistencia en un debate parece otro pedido común. Como remarca Wortman: "El sector científico y académico, aparte de reclamar, quizás debería asumir la necesidad de debatir cómo se invierte el dinero de un país empobrecido. Cuál es el sentido de que se hagan sólo investigaciones teóricas y no con foco en el desarrollo social e intervenir para aliviar justamente la pobreza".

Probablemente al identificar ciencia sólo con un laboratorio o una investigación perdamos de vista que, como escribió Esteban de Gori -doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet- en Facebook, para un país "la ciencia es la memoria de conocimientos disponibles para imaginar horizontes y delinear expectativas".

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