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Cómo explica la economía las muertes de celebridades en 2016

El año pasado se caracterizó por el fallecimiento de varios artistas reconocidos en el mundo; la ciencia intenta encontrar las razones de este tipo de fenómenos que llaman la atención
Walter Sosa Escudero
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8 de enero de 2017  

El trabajo del economista profesional es detectivesco: proponer una historia coherente con los hechos observados, de entre las muchas que se pueden contar. Y una parte fundamental de este trabajo inquisitivo consiste en separar lo normal de lo raro.

A modo de ejemplo de esta circunstancia, en 1996, Oprah Winfrey (algo así como la Susana Giménez americana) dijo en su programa de TV: "Ni loca vuelvo a probar una hamburguesa", en relación a un invitado que contaba su proceso de fabricación con demasiados detalles. Eso devino en un millonario juicio de la empresa Cactus Feeders (de alimentos para ganado) reclamando a la diva las pérdidas ocasionadas por las caídas en los precios de sus acciones, aparentemente causadas por su exabrupto.

El econometrista Robert Bassman actuó como experto estadístico del juicio y, luego de cotejar varios modelos estadísticos y financieros, concluyó que las caídas en los precios no eran una rareza atribuible a la incontinencia verbal de Oprah, sino que eran compatibles con los movimientos esperables del mercado.

David Bowie, una de las celebridades que falleció en 2016
David Bowie, una de las celebridades que falleció en 2016 Crédito: NYT

El ejercicio intelectual de proponer historias verosímiles para la realidad es moneda corriente en economía y, ciertamente, en todas las disciplinas sociales, a la luz de su inhabilidad para dilucidar cuestiones a través de experimentos, como en la biología o la agronomía.

Si hubo un evento aparentemente raro en 2016 fue el de la masiva y repentina muerte de varias celebrities, incluyendo a Prince, David Bowie y George Michael. Y en su afán de proponer historias, el detective social comenzaría su tarea buscando "pistolas humeantes" capaces de haber producido los "disparos" que provocaron los episodios observados.

La primera es la mera clase a la que pertenecen estos muertos: la de las celebridades. Si bien siempre las hubo, su irrupción es fundamentalmente un fenómeno de la posguerra. A la fecha, Elvis Presley -tal vez la primera celebrity- tendría 81 años, una edad no tan avanzada para los recientes progresos en la medicina tradicional. Consecuentemente, una obvia razón por la cual antes no se morían demasiadas celebrities es más o menos la misma por la cual cada vez cierran menos videoclubs: la cantidad de celebrities es creciente y también lo es el número de muertes. En este sentido, el Nobel a Bob Dylan no deja de ser otra conclusión inevitable del avance de los propulsores de una cultura otrora no existente.

Otro factor explicativo son los excesos propios de la vida dispendiosa de los rockeros. Sin entrar en falsos moralismos, fueron los propios padres de la cultura del rock los que hicieron un culto a la juventud en desprecio manifiesto por la vejez. De hecho, unos jovencísimos The Who irrumpieron en los años 60 al grito de "¡espero morirme antes que envejecer!" en "My Generation", el himno de la época, declarando que la muerte temprana era parte de su función objetivo, como les gusta decir a los economistas. Todavía inspira respeto ver a Pete Townshend entonar este grito de guerra a sus 71 años, pero no faltará mucho para que dicha imagen se torné tragicómica. Quizá más desafiante y estadísticamente coherente haya sido la actitud de B. B. King, que a sus 85 años grabó "Stay a Little Longer", en donde le agradece a la vida haber llegado tan lejos, cuatro años antes de fallecer con gloria y honor. Es decir, la muerte prematura de muchas celebridades puede tener algún componente de profecía autocumplida, más allá del contraejemplo noble de B. B. King o de la supervivencia de Keith Richards.

Es dudoso si los rockeros fueron consecuentes con sus convicciones en relación a la muerte prematura o si fue una mera estrategia de marketing. Con todo, un estudio de la Universidad de Sydney muestra que la expectativa de vida de los artistas pop es considerablemente inferior a la del resto de los mortales. Sobre la base de meticulosos datos actuariales, el estudio encuentra que la expectativa de vida de un rockero es de 57 años: la edad de Prince al momento de su deceso.

Otra pieza del rompecabezas es la propia tasa de mortalidad de toda la población, celebrity o no. La probabilidad de muerte crece exponencialmente con la edad, fenómeno documentado profusamente por Benjamin Gompertz hace casi dos siglos. Y la tasa de mortalidad parece acelerarse a partir de los 55 años: el promedio de las edades de George Michael y Prince al momento sus muertes.

Un ingrediente importante en esta salsa de explicaciones se relaciona con las dificultades que tienen las personas en asignarle chances de ocurrencia a eventos aparentemente raros, subestimando su aparición cuando no juzgándolos como imposibles, idea afín al "principio de simplificación" de Daniel Kahneman y Amos Tversky, que forma parte de las nociones que le valieron el Nobel en Economía al primero. En relación con este fenómeno, las chances de que haya dos personas con exactamente la misma cantidad de pelos en la ciudad de Buenos Aires son mucho más altas de lo que muchos creen, y en ese tren de pensamiento juzgan como improbable la ocurrencia de tantas muertes de celebridades en un mismo año.

Agrega a la cuestión el hecho de que las personas tienden a usar la realidad para confirmar sus propias creencias: el así llamado "sesgo de confirmación" de la ciencia del comportamiento. En esta línea de razonamiento, el aparentemente llamativo exceso de muertes de rockeros en 2016 guarda cercana relación con el famoso "club de los 27", frase usada para referir a que muchos rockeros icónicos (como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Brian Jones o Robert Johnson) fallecieron a los 27 años, lo que condujo a una exagerada sobreinterpretación del número 27, máxime a la luz de la temprana muerte de Kurt Cobain a esa edad en 1994.

Munido de todas estas posibles explicaciones (y de muchas otras que exceden el espacio de esta nota, incluyendo algunas de naturaleza astrológica o mística), el estudioso de las sociedades esboza una conjetura compatible con el fenómeno de la acumulación de muertes de famosos. Y a diferencia de la mayoría de las películas de misterio, no hay un único culpable, sino varios: la explicación final se nutre de todas las conjeturas, adecuadamente ponderadas.

Cuando la profusión de relatos compatibles con hechos se hace en forma honesta y metodológica, es una práctica fundamental para echar luz sobre cuestiones aparentemente raras. Tanto las frívolas como las muertes de rockeros de 2016 o, mucho más relevantes, como la irrupción de Donald Trump en la política internacional.

La búsqueda de explicaciones alternativas es parte del ADN del científico social, aun cuando a veces el exceso de imaginación lo llevan a interpretar una trompada en el ojo como un cabezazo al puño.

El autor es profesor en la UdeSa e investigador principal del Conicet

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