Con Enrique Pinti no hay político que se salve

Verónica Pagés
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12 de enero de 2017  

¡OTRA VEZ SOPA! / Llibro, dirección e intérprete: Enrique Pinti / Diseño de arte: Gerardo Bernasconi / Iluminación: Omar Possemato / Asistente de dirección: Luciana Becerra / Programación y arreglos musicales: Alejandro Algañarás / Dirección musical: Gregorio Vatenberg / Teatro: Liceo, Rivadavia y Paraná / Funciones: miércoles a domingos, a las 20.30; sábados, también a las 22.30 / Duración: 80 minutos / Nuestra opinión: buena

Enrique Pinti hace memoria. Repasando sus viejos y emblemáticos trabajos - Salsa criolla y El infierno del Pinti, por dar un par de ejemplos-, el actor descubre que gran parte de lo que escribió hace añares todavía está vigente en la vida política -y cotidiana- de los argentinos. El Riachuelo sigue siendo una mugre; a los hospitales públicos les siguen faltando los insumos básicos y lo que sobresale es el empuje de médicos y enfermeros; la educación no levanta cabeza, y los políticos de turno siguen culpando "a la pesada herencia", una herencia que, según Pinti, nos podría llevar a echarle la culpa de todos nuestros males a los mismísimos Adán y Eva.

Con esta premisa en la cabeza, Pinti hace un racconto de la historia argentina, desde antes del primer gobierno de Perón hasta estos días, apelando a recuerdos personales, así como también a lo que ya son sus sellos distintivos: verborragia, ironía, sarcasmo y un sinfín de insultos que son el botón de estallido de un público que lo sigue incondicionalmente.

Así pasan por su memoria y su filosa lengua los gobiernos de Perón, Frondizi, Illia, los de los distintos militares golpistas de la época; el último de Perón, la aparición de Isabelita, los militares de nuevo, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Néstor Kirchner, Cristina y Macri. Todo sin repetir y sin soplar a la velocidad del rayo. Pinti critica a todos, sólo se salva el viejo Illia, al único que rescata por su honestidad brutal. El resto, palo y a la bolsa, haciendo caso omiso a cualquier posible grieta, con la que se pone furioso: "¡Qué me van a hablar a mí de grieta!, ¡siempre hubo grieta en este país!", y desempolva recuerdos de cuando él era chico y la famosa pelea entre peronistas y antiperonistas ya dividía a su propia familia.

De esta manera demuestra su hipótesis de que ya vio y conoce todo lo que pasa, porque ya pasó, porque los políticos cambian de nombre pero no de mañas y entonces? ¡Otra vez sopa! Pero acá Pinti cae en su propia trampa. Él también se repite. Al tratar de poner en blanco sobre negro los remanidos recursos de los políticos para zafar, para mirar para otro lado, el propio Pinti también echa mano a viejos textos, viejas canciones que, si bien son el leitmotiv de la obra, no aportan gran novedad a lo que ya se conoce de él. No suma demasiado.

Así, Pinti vuelve al humor político pero con un espectáculo de poca espectacularidad. Todo está puesto en su palabra, y a su público parece alcanzarle. Pero, la verdad, se extraña algo de la producción a la que tuvo acostumbrado al espectador de sus obras. Pinti casi no se mueve, está grande y lo dice varias veces como exculpándose de sus posible pifies, pero no tiene ni uno; su cabeza va a mil por hora, como siempre; lo que parece jugarle alguna mala pasada son las piernas, por lo que el actor se parapeta detrás de un escritorio -cual Tato Bores- y desde allí canta, habla, se enoja, se ríe de sí mismo, putea.

Pinti sigue siendo Pinti y la gente que lo va a ver lo quiere por eso, pero esta vez bien le hubiera venido a su propuesta algo nuevo, alguna jugosa vuelta de tuerca, y no tanta soledad.

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