Una isla, una obra de arte y la fascinación de soñar despierto

Una cronista recorrió en bicicleta Naoshima, un atolón de ocho kilómetros que fue transformado en un museo
Paula Salischiker
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14 de enero de 2017  

Fuente: LA NACION - Crédito: Paula Salischiker

Japón es una isla pero, para los japoneses, las verdaderas islas son las otras seis mil parcelas de tierra desperdigadas por los mares que rodean al país. Naoshima es una de ellas, pero no una más. Anclada en el mar Interior de Seto, con sólo 8 kilómetros cuadrados de extensión y un poco más de tres mil habitantes, sólo es accesible por ferris desde la ciudad más cercana, Okayama. Su particularidad: junto a las islas de Inujima y Teshima compone el Benesse Art Site Naoshima, un proyecto de arte contemporáneo único que comenzó a principios de los noventa con un hotel exclusivo y que años después convirtió a estas islas en joyas arquitectónicas. A las salas de exhibición originales se les sumó el paisaje imponente del mar. Mezclando naturaleza, arquitectura y arte se empezó a desdibujar el adentro y afuera tan preestablecido de las instituciones: toda la isla es hoy una obra.

Cuando llegamos a Naoshima -bien temprano porque hay trece lugares que visitar, sumados a todas las esculturas y obras al aire libre- nos ofrecen alquilar bicicletas eléctricas para toda la jornada, porque la isla es chica pero en pendiente y no creen que podamos visitar todo en un día. De hecho, lo saben: no alcanza un día, ni quizás un fin de semana entero para poder dedicarle el tiempo necesario a cada espacio. Con la bicicleta cargada de mapas, comenzamos a recorrer las calles japonesas con construcciones de madera que después de varios días ya nos son familiares, pero que con una distancia temporal prudente, viéndolas en fotos hoy, parecen parte de un sueño.

La primera parada es el Chichu Art Museum -diseñado por el arquitecto autodidacta Tadao Ando- que alberga el trabajo de tres artistas solamente, aunque deberíamos decir cuatro, porque Ando es, sin duda, uno de ellos. Bachelard dice que los espacios nos permiten soñar despiertos, protegiendo al soñador.

Este es uno de esos casos. Antes de mostrar nuestras entradas para ingresar, nos sorprende un jardín tan perfecto que tenemos que acercarnos a unas flores para ver si se mueven. "Sí, es un estanque de verdad y es un nenúfar", le dice una mujer a su marido. Estamos rodeados por casi doscientos tipos de plantas y árboles que aparecen en las obras de Monet o fueron plantados por él mismo en su rol de jardinero principal de su propio jardín en Giverny. Al pintor amante de lo natural se le rinde un homenaje con un recorrido que congela el presente, justo antes de que una estructura de cemento nos fagocite para mostrarme, al menos a mí, la pequeñez del cuerpo propio.

Tadao Ando construyó varios edificios en las tres islas. Todos incorporan sus elementos favoritos: cemento, metal, vidrio y madera. Y luz, mucha luz. Este edificio está completamente bajo tierra, y sin embargo la luz irrumpe como el elemento de vida de todo el espacio. El museo existe desde el suelo hacia abajo y si no fuera por las fotos aéreas que compramos a la salida, no entenderíamos que las salas son como cráteres geométricos en la tierra: triángulos, rectángulos y cuadrados que se abren paso entre la vegetación frondosa a orillas del mar.

Describir una obra de arte es, para mí, imposible, o mejor dicho, una obra de arte es inabarcable y mis palabras no alcanzan. No soy una fanática de Monet pero, descubro, minimizada de nuevo por obras gigantes de hasta tres metros, que en realidad nunca estuve demasiado tiempo frente a ninguna de sus pinturas.

Siempre las veo detrás de otras cabezas en museos infestados de gente con sus teléfonos pegados al oído, recibiendo información sobre cómo y dónde fueron concebidos los cuadros. Siempre voy apurada a la próxima sala donde está lo que para mí es contemporáneo.

En este museo suspendido en el tiempo, sin embargo, estoy sola frente a las cinco pinturas, y descubro que, con las condiciones dadas, yo también me puedo conmover frente a ellas. Es que en este espacio yo soy un elemento clave: es como si en la foto, para entender las distancias y tamaños de las cosas, faltara la figura humana para poner en perspectiva todos los elementos.

Como en un santuario, los otros visitantes esperan para ingresar a la sala. Algunos momentos es mejor no compartirlos, pensamos todos. El museo podría terminar ahí, pero hay más. Es minimalista, seguro, pero el minimalismo no es mostrar poco sino mostrar bien. Las siguientes salas tienen obras del americano Walter de María, esculturas que parecen cambiar de forma a medida que el día avanza, cuando los rayos de sol van impactando en las superficies doradas. De repente recuerdo, entre tanta emoción visual, la razón por la que quería visitar Naoshima en primer lugar: las esculturas lumínicas de James Turrell. Si es difícil describir experiencias artísticas, se complejiza todo aun más cuando el artista trabaja con luz: tubos de neón, caños fluorescentes, proyectores que crean realidades paralelas.

Como Alicia y su espejo, entramos en habitaciones que parecen terminar, pero recién comienzan. Al atardecer, nos dicen, tenemos que volver para ver la obra Open Sky, y nos anotamos en una lista porque todo lo nuevo que vemos supera lo que vimos antes y si hay algo para ver, queremos verlo.

Cuando salimos del museo, las bicicletas sin candado siguen intactas. Descubro que dejé la cámara en la canasta, y como es Japón, ahí sigue. Pedaleando por las calles en subida, empiezan a aparecer, de a una, las 21 obras al aire libre que inundan los alrededores de nuestra próxima parada, la Benesse House.

Las vamos señalando como si descubrirlas fuera un poco hacerlas propias. El tiempo en Naoshima es claramente particular: sin darnos cuenta pasaron casi tres horas desde que desembarcamos. Dentro de esta gran casa, que es en realidad un hotel, redescubro la obra de Bruce Nauman hecha de cien frases que contienen las palabras vivir (live) y morir (die) y me enfrento por primera vez a una serie de fotografías de Sugimoto, sus paisajes marítimos, montados prolijamente en una pared que se corta y deja ver al verdadero mar, el que nos rodea. Las obras, expuestas al sol y al viento marino, se van a arruinar, pero eso no les importa a los curadores de estas salas. Tampoco le molestará al artista, porque es esa erosión inevitable la que le da título a la serie, Tiempo expuesto. Todo es tan japonés, pienso, que hasta el deterioro es buscado con una razón estética y filosófica. Como las reparaciones de la cerámica con la técnica Kintsugi, donde los rastros de la rotura no son evitados sino acentuados usando polvos dorados y plateados: el tiempo, ese otro elemento del que están hechas las cosas, también es escultor.

Perderse en las calles del pueblo nos hace descubrir a los isleños: son, en su mayoría, ex pescadores beneficiados por el flujo turístico que inunda la isla día a día. Los museos no son vistos como una invasión de capitales, sino como una chance para restituir la gloria a un pueblo que de otra forma, sería desconocido.

Varios de los proyectos artísticos financiados por Benesse, de hecho, están enfocados en conectar a los isleños con tradiciones perdidas como el cultivo de arroz, una práctica que en Naoshima había desaparecido.

Nos quedan pocas horas en la isla: apuramos el paso para visitar casas de habitantes convertidas en minigalerías: hay siete pero tres ya están cerradas. Empieza a atardecer y recordamos la obra que sólo puede verse una vez por día: en bajada por las calles angostas, con el mar de fondo, Naoshima se convierte en la imagen de Japón más hermosa, una que quiero conservar por siempre. A pocos kilómetros de Hiroshima, Naoshima: dos postales de todo lo hermoso y horrible que podemos hacer los humanos.

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