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La Argentina debe elevar la calidad de sus trabajadores

Crear empleo privado de óptimo nivel y mejorar la educación son tareas ineludibles para las próximas décadas
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17 de enero de 2017  

En el siglo XIX, los artesanos perdieron frente a los trabajadores industriales, que, apoyados por las máquinas, procesaban las materias primas textiles a mayor velocidad y menor precio. Por eso, los "luditas" opuestos a las máquinas fueron los trabajadores más calificados, los perdedores de la Revolución Industrial. (Esto no quiere decir necesariamente que el obrero industrial de baja calificación haya "ganado" en el proceso, sobre todo cuando lo medimos en calidad de vida.)

Fuente: LA NACION

En el siglo XX, la cinta de montaje "fordista" acortó la distancia entre calificados y no calificados. La revolución técnica acercó el obrero más básico que repetía todo el día la misma pequeña tarea (el Lulú Massa estajanovista de La clase obrera va al paraíso que, para no perder el ritmo de la cinta, se concentraba pensando "una pieza, un culo") al más sofisticado que controlaba la calidad del producto al final de la línea. Con el tiempo, la clase obrera no fue al paraíso, pero accedió a niveles de consumo, protección social y seguridad laboral que habrían sonado utópicos a comienzos del siglo XIX. El fordismo y el Estado de Bienestar de posguerra fueron los pilares de los "treinta años gloriosos" del capitalismo.

En los 70 el proceso se revirtió parcialmente, y con Reagan, Thatcher y la "revolución neoconservadora" (o neoliberal, como es llamada en las pampas) los mercados de trabajo se segmentaron y la fuerza de trabajo se des-sindicalizó, distanciando al trabajador de convenio del trabajador "pobre" o precario.

Pero fue con el ocaso de la cinta de montaje que este proceso cambió definitivamente de tendencia y la desigualdad en el Primer Mundo aumentó, alimentada por dos motores. De un lado, se amplió la prima por calificación: la diferencia entre el trabajador calificado ocupado en tareas creativas y problemas complejos, potenciados por Internet y la informática, y el trabajador de una industria manufacturera asediada por Internet y la informática, y por la globalización (tal como lo documentan los trabajos de David Autor y coautores). Del otro, se concentró la riqueza en unos pocos dueños (¿el 1% más rico de Thomas Piketty?) favorecidos por los dividendos del progreso tecnológico y por la rebaja de impuestos impulsados por las teorías del derrame.

Hoy la tecnología avanza a paso decidido, pero no lo hace de manera uniforme: a diferencia de la Revolución Industrial, que potenciaba a los trabajadores de menor calificación en el proceso mismo de la producción masiva, esta vez los perdedores son los trabajadores de menor calificación y educación, los peor pagos, los que realizan las tareas más reemplazables por la nueva revolución de las máquinas. Y las respuestas de la política también difieren: como señala la politóloga del MIT Kathleen Thelen, hay maneras diversas de aggiornar el mercado de trabajo a la sofisticación y fluidez que demanda esta nueva "economía del conocimiento". Y cada una de esas maneras tiene efectos sociales y políticos diversos también.

Los países nórdicos respondieron con una desregulación que protegió al trabajador con programas sociales de calidad y formación de nuevas habilidades (la llamada flexicurity), manteniendo o incluso mejorando sus históricamente altos niveles de equidad económica. Los Estados Unidos, en cambio, optaron por una liberalización pura y dura sin protección social que deprimió las ya bajas tasas de sindicalización y profundizó la desigualdad salarial y social, acercándolas a los niveles de la Argentina.

Más cerca de casa, todavía hay quienes piensan que la automatización, la inteligencia artificial y el machine learning son fenómenos del Primer Mundo que observamos a distancia. Que el desempleo tecnológico es un problema que no nos afectará por años. Que las reformas nórdicas son lujos del Primer Mundo inaplicables, por buenas o malas razones, a nuestro contexto. Es la respuesta habitual a todo cambio lento e inexorable.

Pero, porque toda reforma de fondo lleva mucho tiempo y requiere amplios consensos, planificar es anticipar. Por eso, ordenar el debate público en torno a cómo aprovechar estos cambios (que sí nos afectarán, más temprano que tarde) para dar el salto al desarrollo sin desproteger a los más vulnerables es una tarea del presente. ¿Es a través de estas mismas instituciones que hoy tenemos (convenios colectivos, salario mínimo alto y protección social generosa al menos con relación a los vecinos) o a través de mecanismos complementarios como el (re)entrenamiento de la fuerza de trabajo, la cobertura de las nuevas modalidades laborales o un piso de ingreso universal financiado, esta vez sí, por una reforma impositiva integral?

No hay dudas de que la creación de empleo privado es el principal desafío económico del país y, más allá de algún alivio efímero, probablemente se vuelva más urgente con los años.

El diagnóstico es conocido. Tenemos un déficit de calidad educativa, tanto absoluta como relativa a otras economías emergentes, y una educación terciaria y universitaria que refleja lo anterior: demasiados estudiantes que no aprueban y abandonan. Tenemos un bonus demográfico que puede convertirse en deuda: si combinamos la dificultad de los jóvenes para conseguir empleo formal, el alto porcentaje de chicos bajo la línea de pobreza y una educación que no compensa la desigualdad de origen igualando rendimientos y habilidades, el aumento de la población en edad de trabajar podría traducirse no en más trabajadores (y más producto) por habitante sino en precarización, desaliento, baja participación laboral y aumento de la inequidad y la tasa de dependencia. Por último, tenemos empleo en manufacturas en baja, y una versión digital de la globalización (la tercera ola del economista Richard Baldwin), basada en conectividad y trabajo remoto en el sector servicios e inmune a las barreras comerciales, que, dependiendo de nuestra capacidad de reacción, puede ser una bendición o una condena.

Necesitamos crear empleos de calidad. Pero, en lo inmediato, necesitamos elevar la calidad de nuestros trabajadores y crear empleos para la calidad de los trabajadores que tenemos y que tendremos, si no mejoramos la movilidad social del 50% de niños bajo la línea de pobreza. La oferta de trabajo no crea su propia demanda. Como señala Ben Schneider (otro politólogo del MIT, exégeta de los grupos económicos latinoamericanos), la construcción de una coalición de actores que nos saque del equilibrio de baja calificación y exija una mejora sustantiva en la calidad educativa debe incorporar el compromiso de las empresas demandantes de los trabajos del futuro. De lo contrario, correremos el riesgo de seguir formando contadores y torneros para trabajos que ya están desapareciendo en el mundo desarrollado.

No es fácil liderar y alinear una agenda tan compleja -y con tantos intereses encontrados- con una visión nacional, si se lo piensa desde un año electoral de nuestro brevísimo ciclo político. Pero la urgencia del problema surge con claridad cuando se lo mira desde el futuro, desde la perspectiva que lleva a pensar no en años, sino en décadas. Pensemos el desafío de crear décadas trabajo argentino.

Docentes universitarios

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