La Casa Blanca en la era Trump: la nueva rutina de una histórica mansión

El nuevo presidente conservará ciertas pautas, liquidará algunas tradiciones y vivirá entre Washington y Nueva York

Dolores Caviglia
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19 de enero de 2017  • 08:04

Sale uno y entra otro. Mañana, viernes 20 de enero, Barack Obama abandonará la presidencia de Estados Unidos y pasará la llave de la casa de gobierno al millonario Donald Trump , quien derrotó en el Colegio Electoral a la demócrata Hillary Clinton . El cambio de inquilinos será en simultáneo, aunque no contará con los protagonistas. Todos estarán en ese momento en la ceremonia inaugural de la nueva administración.

Los encargados de la mudanza contarán con sólo seis horas, algo así como lo que duran cuatro partidos de fútbol, para desvalijar una casa de 55 mil metros cuadrados, 132 habitaciones, 35 baños, 6 pisos, 413 puertas, 147 ventanas y 28 chimeneas y amueblarla de nuevo, toda, completa.

“Es un caos organizado”, dijo el jefe de la Casa Blanca , Stephen Rochon, cuando explicó cómo conseguirá mudar a la familia Obama y dar la bienvenida al clan Trump durante ese lapso insólito de tiempo. La efectividad es reina. Los cien empleados dispuestos para esta misión deberán cumplir con la tarea sin trastabillar. El camión estacionado en el jardín sur de la casa de gobierno deberá recibir sólo las pertenencias del presidente saliente. El vehículo enorme apostado en la otra punta del edificio deberá encargarse exclusivamente de trasladar todo lo que traigan los familiares del 45 presidente del país, el primero en la historia que no tiene antecedentes en la administración pública.

“Es un proceso muy largo y complejo, que involucra no sólo el equipo entrante. Cerca de mil personas están asociadas con el esfuerzo que lleva una transición. Pero también numerosos funcionarios públicos, las agencias federales y la administración política saliente”, cuenta a LA NACION David Eagles, director del Centro para la Transición Presidencial, quien recordó que los planes para la mudanza comenzaron durante la campaña presidencial, cuando todavía no había un ganador.

Dentro de la Casa Blanca

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Cosas que se van, cosas que entran

Ser presidente de un país que resulta una de las mayores potencias mundiales no es tarea fácil. Por lo que si hay formas de suavizar el trabajo son bienvenidas. Sean las que sean. Los mimos en la Casa Blanca a los presidentes son permitidos: cuando en 1992 Bill Clinton llegó a su nuevo hogar, pidió una tina con espacio para siete personas y la tuvo; años después, George Bush solicitó canillas e inodoros de bajo flujo y calefacción solar; y Barack Obama , en 2009, quiso una ducha especial además de una cancha de básquetbol.

Hasta ahora, lo que podrá pasar bajo la administración Trump es un misterio. Las antenas de todos están en alerta: el extravagante gusto del magnate en sus lujosos pisos en las torres más exclusivas de Estados Unidos preocupa a los de estilo refinado.

Sí se sabe, por ejemplo, que el jardín que da al Salón Oval ya no lucirá como hasta ahora porque el juego de hamacas que Obama había mandado a instalar para sus hijas, que llegaron a la casa de gobierno con 8 y 10 años, ya fue removido. El mandatario saliente le preguntó al nuevo inquilino si quería que dejara el divertimento para que lo aprovechara su hijo pequeño, Barron, de 10 años, y su respuesta fue simple: “No, gracias”. Obama entonces lo donó a caridad.

Además, en el cuarto principal, la mayoría de las noches, al menos por los primeros meses, Donald dormirá solo. Es que Melania tiene planeado quedarse en nueva York junto a su hijo, para que pueda terminar el año escolar sin más sobresaltos. De todos modos, la convivencia no será ciento por ciento interrumpida. Trump piensa ir y venir, pasar algunas noches en la Casa Blanca y otras en la Trump Tower, junto a su esposa e hijo, aunque esa movida cueste la inversión de medio millón de dólares diarios en seguridad.

Hay otro detalle. Trump ya anunció que devolverá el busto de Winston Churchill a su lugar original. Fue un regalo del ex primer ministro británico Tony Blair a su par de entonces, George Bush. Cuando llegó al Salón Oval, Obama pensó que en ese sitio quedaría mejor una estatua de Martin Luther King. Y por ello la cambió. Ahora, el republicano quiere que Churchill regrese al lugar que originalmente le dio su antecesor partidario.

La vanidad también tendrá su espacio. Y no sólo por el comportamiento ya conocido de Trump. Melania es quien está al mando. La ex modelo planea quedarse con una habitación para acomodarla a su gusto y necesidades, con aquello que precisa para verse espléndida: zapatos, vestidos, prendas de diseño y mucho pero mucho maquillaje. Así lo confirmó a la revista US Weekly Nicole Bryl, su estilista por más de una década.

En un futuro, y en la construcción que tiene ya 224 años, Trump tiene en mente hacer un gran salón, majestuoso, todo lo que cien mil dólares puedan conseguir. Él mismo hizo alusión a este posible y enorme cambio. Despectivo de las carpas que suelen instalarse en determinados sitios del extenso terreno de este edificio para recibir a mandatarios del mundo o agasajar a una enorme cantidad de público, el millonario declaró meses atrás: "Conseguiremos a la mejor gente, lo mejor de todo, y tendremos el mejor salón. Lo pondremos en algún lugar en que funcione magníficamente”. De todos modos, no será libre para lo que quiera: todas las modificaciones deber ser aprobadas por el Comité de Preservación de la Casa Blanca.

Cambios en la rutina

No sólo el ritmo cotidiano de la casa se verá alterado, sino también el organizativo: Trump está dispuesto a barrer con alguna que otra tradición presidencial aferrada en el Ala Oeste, la parte del edificio gubernamental en que pasa todo lo repercute en el país y en el mundo. Allí está la oficina del mandatario, el Salón Oval, y la Sala de Situaciones, el peculiar espacio desde el cual Obama vio la operación con la que los soldados estadounidenses terminaron con la vida de Osama Ben Laden. En esta parte de la Casa Blanca, trabajan todos los funcionares clave de la administración.

El primer cambio ocurrió hace días, cuando el locutor histórico de las ceremonias de asunción presidenciales, Charles Brotman, el mismo que anunció la llegada al poder en 1957 de Eisenhower, fue despedido a los 89 años. El hombre estaba devastado. Trump eligió a un señor 30 años menor.

El segundo tiene que ver con la prensa: la primera batalla con los medios tradicionales, como The Washington Post, CNN y The New York Times, la ganó el millonario el 9 de noviembre, el día en que superó a Hillary Clinton en número de electores y se consagró como el nuevo mandatario. La guerra parece aún no terminar, pero Trump está dispuesto a seguir su lucha. Y desde el poder todo parece más fácil: el secretario de prensa del nuevo presidente, Sean Spicer, confesó que los contactos diarios con los periodistas podrían desaparecer (¿serán reemplazados con las cataratas de tuits del magnate?) y que el esquema de asignación de los 49 asientos en la sala de conferencias que rige desde hace 36 años podría cambiar. Además, hay quienes aseguran que la sala incluso abandonaría el edificio y se trasladaría a las afueras.

¿Qué pasará con la oficina de la primera dama en el Ala Este si Melania se queda en Nueva York ? El silencio al respecto parece sepulcral pero las dudas sobre lo que ocurrirá entre esas cuatro paredes son nulas: todos apuestan, porfían, que será ocupada (al menos laboralmente) por Ivanka Trump , la hija predilecta del empresario millonario, y que se llamará “Oficina de la Primera Familia”. Pese a que aseguró que no iba a inmiscuirse en asuntos del gobierno, la primera hija mujer del magnate ya renunció a todas sus obligaciones de emprendedora y se mudó a Washington junto a sus hijos y su marido, Jared Kushner, semanas atrás elegido por su suegro como uno de sus asesores.

¿Y quién llenará de imágenes la Oficina de Prensa ahora que el fotógrafo Pete Souza confirmó que se irá con la administración demócrata? Ese es otro misterio. El artista que consiguió inmortalizar al 44 presidente de Estados Unidos en postales icónicas que recorrieron el mundo, como aquella en la que mete su pie al momento en que uno de sus colaboradores se pesa en una balanza o esa en la que un pequeño le pide tocarle la cabeza para corroborar si sus cabellos se sienten igual, aún no tiene reemplazo oficial.

Tras ocho años, consigo los Obama dejarán a la Casa Blanca sin perros, sin juegos, sin cenas familiares a la misma hora y en el mismo salón, y sin las noches de cine, de libros, o las tardes al aire libre. Habrá que esperar para saber de qué trata la impronta Trump.

Paseo por los jardines de la Casa Blanca

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