La furia de un hombre apodado Tata Dios

La extraña historia de Gerónimo Solané, el gaucho malevo que asoló al pueblo de Tandil a fines del siglo XIX
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5 de febrero de 2000  

Allá por 1870, Gerónimo Solané se instaló en la zona del Tandil, arrastrando fama de "sanador" y "santón". Según los descendientes de los que sobrevivieron a sus tropelías, el Tata Dios Solané era un gaucho de aspecto "humildón" y de "buenos modales".

Sus seguidores se encargaron de difundir exageradamente sus dotes sobrenaturales y que "el Tata Dios tenía un pacto con el diablo, de ahí su poder". Muy pronto esta especie de gurú bonaerense deja de lado la filosofía de "paz y amor" y se transforma en el líder de una banda conformada por gauchos "retobados, vagos y malentretenidos".

En 1872, el Tata Dios Solané y sus malevos levantan una pequeña toldería en La Argentina, un campo cercano al poblado tandilense (que en algún momento perteneció a la familia Gómez). Ahí organiza y distribuye armas entre sus seguidores, listos para iniciar una infernal cabalgata. El Tata Dios había convencido a sus seguidores de que "los extranjeros eran la causa de todo mal y por lo tanto había que exterminarlos".

Solané y sus gauchos "endiablados" toman por sorpresa a la indefensa población tandilense al grito de "viva la república, mueran los gringos y los masones", en el último, caluroso y sangriento día de 1872.

Dos pobres vascos cuidadores de carretas, la peonada de la estancia de Thompson y una veintena de mujeres y niños (en el negocio de un tal Chapar) fueron abatidos al paso del nefasto clan. En el pueblo del Tandil se preparó la persecución de Solané y sus gauchos malos, quienes permanecían apostados en la estancia de Ramón Santamarina.

En duro combate cae abatida una decena de los seguidores de Tata Dios Solané y éste es tomado preso, junto con siete de sus adeptos, por las milicias.

Una sombra negra

Los pobladores tardaron mucho tiempo en recuperarse de aquella triste jornada. La sombra negra de Tata Dios permaneció aun después de su muerte, ocurrida supuestamente "tras los barrotes de la celda, por el tuerto Lavayén".

Luciano Elissondo, tandilense descendiente de Lavayén por línea materna, comenta que "unos creen que la muerte del Tata Dios, en realidad, se le adjudicó al Tuerto Lavayén, pero que el asesino fue otro. En casa siempre se creyó, más o menos así, esta historia que hoy es leyenda".

En el inventario policial de Solané, "levantado" en esa época, se destaca entre las prendas de su recado "una encimera de cuero con barriguera de piola". Por su lado, Francisco Fernández, autor de "El Tata Dios Solané", editado en 1926, atribuye a Solané esta confesión: "El amigo que más quise fue mi moro en paz y en guerra, mi alivio".

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