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Empiecen a cavar las trincheras para el Estados Unidos de Trump

Megan Mcardle
Megan Mcardle MEDIO: THE WASHINGTON POST
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22 de enero de 2017  

WASHINGTON.- "Primero Estados Unidos." Supongo que ésa será la frase más comentada del discurso de Donald Trump . La dijo dos veces seguidas, para enfatizar un nuevo rol del país en el mundo: ya no el líder del mundo libre, sino una isla excepcionalmente grande entre los océanos Atlántico y Pacífico.

El resto del discurso estuvo dentro de lo esperable después de lo dicho durante la campaña: proteccionismo y restricciones a la inmigración "para proteger nuestras fronteras del saqueo de otros países que fabrican nuestros productos, se roban nuestras empresas y destruyen nuestros puestos de trabajo".

Fue más un discurso de campaña que esa especie de declaración vaga con llamados a la unidad que uno espera oír de boca del nuevo presidente en la transición de la batalla electoral al ejercicio del mando. No digo que no haya lugar para defenestrar a la elite a la que uno pertenece y con la que debe lidiar. Sólo digo que el momento no es el discurso de asunción, tras haber ganado con menos votos que el adversario.

¿Qué otra cosa esperar de Trump, cuya campaña se basó en pisotear las normas que rigen las elecciones en Estados Unidos? Así y todo fue una verdadera pena.

Estamos en un momento de fragilidad para la historia de nuestra república. El orden político norteamericano es más débil que en ningún otro momento de la historia viva, tal vez incluso en su punto de mayor debilidad desde 1860. Habrá quienes celebren la decadencia del orden político, porque lo consideran corrupto, ineficiente y rehén de intereses particulares. Y lo cierto es que de alguna manera es así.

Pero yo no celebro su decadencia porque no hay nadie que ofrezca una mejor alternativa que lo reemplace. Es muy fácil identificar las falencias de un orden vigente, pero mucho más difícil es reemplazarlo por algo mejor, como lo descubrieron los comunistas a expensas del sufrimiento de millones de personas.

La democracia liberal es una tregua incómoda a la que llegaron en Europa tras siglos de guerras religiosas, un compromiso con concesiones en el que todos aceptamos resolver nuestras diferencias más enconadas a través de un proceso pacífico, por más que odiáramos las normativas que ese proceso terminó adoptando. ¿Por qué lo hicimos? Porque la alternativa a convivir con el pecado es salir a matar de un tiro a los pecadores. Y ser etiquetado de pecador. Y que te maten de un tiro.

Empezando por la gente que protestó contra el triunfo de Trump y terminando con quienes se manifestaron en Washington el día de la asunción rompiendo vidrios a piedrazos, cada vez son más los que parecen menos dispuestos a aceptar ese proceso cuando produce un resultado como el presidente Trump.

El día de la investidura escribí una afirmación que me pareció débilmente inobjetable: "Obama era mi presidente. Ahora lo es Trump. Porque soy estadounidense y la persona que gana las elecciones presidenciales en Estados Unidos es mi presidente". Recibí una sorprendente andanada de retruques, que demuestra que el desarrollo de los acontecimientos representa una amenaza para algo muy preciado: nuestra capacidad de resolver las disputas sin violencia ni represión.

La persona mejor posicionada para frenar esta alarmante tendencia es Trump. Y el modo de hacerlo es morigerando esa retórica confrontativa sobre las traiciones internas y externas, sobre la "carnicería de norteamericanos" y los saqueadores extranjeros, tratando de hablarle al conjunto del país, en vez de a la minoría que lo votó.

Nadie está mejor posicionado que él, y no es la persona más proclive a intentarlo. Dudo que esté en su naturaleza. Al resto de nosotros nos queda recordar las palabras de Lincoln, que advirtió que es posible "perder miserablemente hasta la última esperanza que hay sobre la Tierra". Así que a la hora de rescatar una sola cosa del discurso de Trump, la misión vital de todo norteamericano debería ser "Primero Estados Unidos".

Traducción de Jaime Arrambide

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