Sólo el empuje de los chicos llevó a la selección al Mundial, aunque eso no tapa los errores

El buen triunfo ante Venezuela 2-0 y una ayuda de Colombia (empató con Brasil) le dieron al equipo la clasificación a Corea del Sur, pero no disimulan una serie de fallas que van desde los dirigentes hasta el cuerpo técnico y los jugadores
Alberto Cantore
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12 de febrero de 2017  

Lautaro Martínez, de frente, festeja el 0-0 de Brasil y la clasificación argentina para el Mundial de Corea
Lautaro Martínez, de frente, festeja el 0-0 de Brasil y la clasificación argentina para el Mundial de Corea Fuente: Télam

QUITO, Ecuador.- La mejor actuación del campeonato y una ayuda de Colombia, la combinación con la que la Argentina logró torcer un destino que parecía estar marcado. En su turno, la selección superó 2-0 a Venezuela; más tarde, los cafeteros igualaron con Brasil sin goles y así el sueño de disputar la Copa del Mundo de Corea del Sur se hizo realidad en el sudamericano Sub 20. El plantel vibró en los palcos del estadio Atahualpa, se abrazó y se llenó de emoción. Pero el pasaje no debería disimular lo que fue el recorrido antes y durante el certamen. Un proyecto con escaso tiempo de trabajo tuvo un final milagroso, porque a pesar de lograr el objetivo con el que se viajó a Ecuador, la Argentina se empecina en tropezar con la misma piedra y no corrige el rumbo de los seleccionados juveniles. Todo un reflejo de lo que es el fútbol nacional: por momentos se enseña una estructura con buenas intenciones, aunque los desmoronamientos son cada vez más seguidos y eso debería preocupar. Futbolísticamente, el conjunto mostró durante algunos tramos, ayer especialmente, lo que quiso ser. En un certamen en el que se jugó cada 48 y 72 horas, la regularidad, la solidez, la efectividad es lo que posibilita alcanzar los objetivos y no raptos de lucidez.

Desde el inicio se observó que la Argentina intentaría desplegar un juego con control de la pelota, buscando diseñar circuitos y sociedades para lastimar al rival. Una idea saludable, pero que para ser efectiva precisa de días de trabajo. Consolidar la propuesta, convencer, necesita tiempo, espacio para que el futbolista la asimile y para que los resultados lo terminen de seducir. Poco de eso encontró el técnico Úbeda, que fue crítico durante todo el recorrido y que cargó culpas propias y ajenas a pesar de la clasificación.

Alcanzó con la rebeldía y la actitud que ofrecieron los juveniles para sobreponerse a la adversidad en varios de los capítulos. El compromiso nunca estuvo bajo observación, porque aún en la derrota 3-0 con Ecuador, el peor partido que jugó la selección, con entrega se intentó disimular la diferencia que se reflejaba con solo mirar el campo de juego. Fue esa rebeldía la que llevó a la Argentina a lograr tres agónicos empates [Perú, 1-1; Uruguay, 3-3 y Brasil, 2-2], una victoria en el descuento sobre Colombia [2-1] y superar con holgura en el juego a Venezuela. Pero ese plus que derramó en esos cinco partidos tuvo también su costado gris: se necesitó estar en desventaja -ayer ganar era una obligación- para sacar a relucir la entereza, proyectar una reacción. Fue un equipo que se malacostumbró a fortalecerse recién a partir de un golpe.

Las falencias

Cuando se llega a la meta trazada también hay que buscar las razones que impidieron ejecutar con mejor precisión el plan. La Argentina tuvo varias aristas que determinaron quedarse muchas veces vacía. La formación varió nombres y sistemas, pero las soluciones fueron pasajeras. Los errores, la inmadurez lógica de la edad, que sólo un puñado de futbolistas tuviera roce profesional, también atentaron contra las posibilidades de ofrecer un recorrido menos angustiante para ser parte de la cita en el continente asiático. La expulsión de Belmonte, después de una fortísima falta sobre Bentancur, rompió el partido con Uruguay; una sucesión de equivocaciones terminó en el penal con el que Brasil se adelantó 2-1; un pase comprometido de Ascacibar a Foyth generó la acción con la que Ecuador sacó ventaja... Pequeñas instancias que torcieron el destino de algunos juegos y que por la concentración no asomaron con la Vinotinto.

El arco, la defensa y la composición del doble cinco resultaron tres vértices a los que no se le encontró un punto exacto y que deberán ser revisados. Ramiro Macagno fue el elegido para atajar y más allá del gol de Mathías Olivera, de Uruguay, no tuvo responsabilidades en los restantes siete goles que recibió en cinco partidos. El cuerpo técnico ensayó con Facundo Cambeses, a partir de la segunda jornada del hexagonal final: un debut con dudas, ante Colombia, y dos actuaciones regulares con Ecuador y Brasil. Una conmoción cerebral, sin pérdida de conocimiento, lo retiró del torneo. Sus números, seis tantos encajados en tres encuentros. Para la despedida, Franco Petroli se hizo cargo, después de que Macagno tuviera una mala noche, a raíz de un cuadro febril.

Sin solidez

El arquero no tuvo referentes defensivos, más allá de Foyth, que ante Venezuela, en la última fecha de la etapa de grupos, saltó desde el banco de los suplentes. La última línea nunca repitió apellidos de un juego a otro: desfilaron Nahuel Molina, Nicolás Zalazar, Cristian Romero, Lisandro Martínez y Milton Valenzuela. Cansancio, decisiones tácticas o sanciones -Romero fue expulsados dos veces; Martínez recibió una fecha de castigo por acumulación de amonestaciones-, empujaron a ensayar diferentes combinaciones. La última, ayer, con una zaga de tres, que -sorprendentemente- rindió, estuvo a la altura de lo que pedía el juego.

Descubrir la mejor fórmula para el doble cinco fue otra muestra de prueba y error: Ascacibar, líder dentro y fuera del campo, sostuvo una regularidad a lo largo del recorrido, pero no encontró socio: Emmanuel Ojeda y Julián Chicco no acompañaron; Belmonte asomó desde atrás y se insinuó como el mejor acompañante, pero dos partidos de suspensión destruyeron lo que se presumía un patrón.

Varió dibujos tácticos Úbeda para corregir y mover piezas que le dieran juego. Del 4-2-3-1 del debut mutó a 4-3-1-2, 4-4-2, 4-2-2-2 y 3-1-4-2. Sostuvo nombres fijos como Foyth, Ascacibar, Mansilla y Lautaro Martínez -autor de los dos goles a la Vinotinto- y alrededor de ellos hubo satélites que ofrecían señales y más tarde desaparecían: Barco no fue el conductor imaginado; Conechny no marcó diferencia cuando saltó desde el banco de suplentes y el único que arrancó de atrás y se ganó un espacio fue el goleador Torres. Con Venezuela, Zaracho, Rodríguez y Pereyra, mostraron que eran alternativas, a pesar del poco rodaje.

Venezuela, con la continuidad de un ciclo, le enseñó a la Argentina cuál es el camino para llegar a la meta. Diecisiete meses de trabajo contra menos de 100 días, pequeña diferencia que agiganta la triste realidad del fútbol nacional, aunque el Sub 20 haya sacado el pasaje para el Mundial de Corea del Sur.

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