Un caso que transformó para siempre a la realeza

Martín Rodríguez Yebra
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18 de febrero de 2017  

MADRID.- Los Borbón son una familia dividida. Juan Carlos, el rey jubilado, vive en silencio sus días de ocaso y achaques físicos. La reina Sofía apenas pasa tiempo con él. Hace equilibrio para contener a una hija en problemas y ejercer a la vez su papel institucional. Felipe VI es un rey sin margen de error que recibió en herencia una montaña de errores y está obligado a demostrar a diario que es capaz de poner los intereses del Estado por encima de sus afectos.

Cambiaron ellos. Cambió España. Poco queda del fervor popular que inundó las calles de Barcelona hace 20 años cuando la infanta Cristina se casó con Iñaki Urdangarin y su padre les concedió de regalo el ducado de Palma.

El impacto devastador del caso Nóos transformó para siempre a la Corona. Le quitó el aura de cariño que había cosechado entre los españoles, por definición reacios a las manifestaciones nacionalistas. Se convirtió en una institución a la defensiva, menos influyente y cuyo destino quedó atado a los vaivenes de la política.

La absolución de la infanta y la condena algo más liviana de lo imaginado para Urdangarin significan un alivio emocional para la familia real, pero apenas corrigen el daño político que causó el juicio.

Hace tiempo que se dictó la condena social. Algo se rompió entre los españoles y sus reyes cuando la investigación judicial mostró cómo Urdangarin se llenó los bolsillos con fondos públicos, cómo usó su condición de miembro de la realeza para concretar la estafa, cómo el entorno de Juan Carlos I maniobró para mantener el escándalo fuera del radar público.

Cuando resultó imposible, la maquinaria del Estado actuó para salvar a la infanta, dueña de una de las empresas a las que su marido desviaba el dinero defraudado. No la acusó el fiscal; tampoco la Agencia Tributaria.

El sismo del caso Nóos fue decisivo para la abdicación en 2014 de Juan Carlos I, afectado también por graves deslices en su conducta personal. Felipe VI se despegó de manera tajante de su hermana y de su cuñado. Les quitó el título de duques de Palma. Hizo lo imposible para que se divorciaran. Presionó -también sin éxito- para que Cristina renunciara a sus derechos dinásticos.

Su reinado enfatiza la discreción y los gestos de austeridad. La palabra "ejemplaridad" sale en todos sus discursos. Publica cómo administra los gastos del palacio. Se mantiene alejado de los excesos. Es un rey protocolar, sin la ambición de influir en la política y en la economía de la que hizo gala su padre. No tropezó. Superó incluso sin mancharse el tortuoso proceso de bloqueo político que el año pasado tuvo a España diez meses sin gobierno estable.

La imagen de la Corona mejoró mucho en el tiempo que él lleva en el trono. Pero ninguna encuesta refleja los niveles de respaldo casi incondicionales que la monarquía tuvo en los 80, cuando se percibía a Juan Carlos como un pilar de la democracia recuperada en España.

El repunte económico y la estabilidad política que significa la confirmación de Rajoy quitan fuerza a los partidos -como Podemos- que ansían instaurar la república. No es un reclamo para ahora. Mañana nadie sabe. Felipe es un rey bajo vigilancia constante.

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