La puerta de entrada al sistema penal juvenil

Mercedes Uranga
(0)
20 de febrero de 2017  

"Con este calor, mejor dibujar", dice la imagen hecha en tiza por los menores
"Con este calor, mejor dibujar", dice la imagen hecha en tiza por los menores

Uno de los chicos ingresados al Centro de Admisión y Derivación Úrsula Llona de Inchausti duerme con la sábana hasta al cuello a pesar de la luz que penetra por su ventana. No se inmuta por los ruidos que, a falta de puerta y a fuerza de barrotes, entran en su dormitorio cerca del mediodía.

Es de mañana y son varios los que aguardan que un juez decida si a partir de ese día su adolescencia empezará a estar signada por el sistema penal juvenil u, otra vez, volverán a su casa con un programa de acompañamiento por parte del Estado bajo el brazo.

En el CAD ingresa por no más de 12 horas todo niño, niña o adolescente menor de edad -inimputable o imputable- que acaba de cometer un delito y que, en la mayoría de los casos, fue aprehendido por la policía en flagrante delito, denunciado o detenido por la orden de un juez.

Según la directora del lugar, Laura Serda, por el poco tiempo que pasan los chicos allí "no suele haber peleas ni mayores conflictos", y confiesa que a muchos ya los conocen por la cantidad de veces que han entrado y salido del lugar.

El edificio tiene la fisonomía de una escuela; de varios pisos, posee espacios luminosos y azulejos color crema que parecen recién colocados. Como la mayoría de los chicos duerme durante la visita de LA NACION, reina el silencio.

En la planta baja del edificio se realiza la identificación de quienes ingresan: se les toman las huellas dactilares, les sacan una foto, analizan su reincidencia, los ve un médico legista y, al cabo de unos minutos, ingresan al CAD con sólo pasar una puerta. Allí, examinan al chico médicos, enfermeros, psicólogos o psiquiatras. Y, una vez que se localiza a un familiar o referente significativo, se realiza un informe que se presenta ante el juez de menores para que decida sobre su destino.

Durante las horas que los chicos pasan allí, participan de talleres junto a operadores o se entretienen con juegos de mesa, además de recibir el desayuno, el almuerzo o la cena, dependiendo del horario.

"El 80% de los chicos regresa a su centro de vida, ya sea porque están por debajo de la edad de punibilidad o porque, aun teniendo 16 años o más, el juez toma esta decisión luego de evaluar su caso", afirmaron las autoridades del Consejo de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de la Ciudad.

ADEMÁS

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.