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Andrés Mendizábal sigue el legado de su abuelo

La ganadería es su pasión y la vive tanto en la explotación de Daireaux como en la oficina consignataria, en pleno microcentro porteño.
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20 de marzo de 1999  

Hombre de campo por donde se lo mire, tanto en la condición de productor como en la de esa prolongación de la actividad ganadera que es la de consignatario, Andrés Mendizábal venera su trabajo por las mismas razones que amó a su padre y abuelo del mismo nombre.

Todo empezó cuando el primer Andrés Mendizábal decidió para su progenie un destino criollo al dejar la tierra vasca y afincarse en Daireaux, provincia de Buenos Aires donde entró a trabajar en un almacén de ramos generales. Cuenta su nieto que con la idea de progresar trabajando dedicó días y noches a las tareas que requerían estos antecesores de los supermercados, donde había de todo: bebidas, yerba, agujas, cosechadoras, acopio de cereales, cinturones, pan o galletas.

En 1914 estuvo en condiciones de establecer su propio almacén de ramos generales, que duró hasta 1972 y albergó, junto con su vivienda contigua, largos momentos de las vidas de su vástago y su nieto.

"Si a las dos de la mañana -recuerda Andrés- venía alguien y le golpeaba la ventana a mi padre para que le despachara nafta en pleno invierno había que levantarse para atenderlo porque era el único surtidor que había en 50 kilómetros a la redonda."

Daireaux fue el centro de la existencia de estos tres Mendizábal y testigo, por años, de sus penas y alegrías, decrecientes aquéllas a medida en que nacían éstas al calor de las dificultades vencidas.

El abuelo murió a los 50 años dejando, según su nieto "además de una enseñanza imborrable, tres hijos con carreras universitarias y una explotación de 300 hectáreas".

El almacén debió entonces quedar a cargo del segundo Andrés Mendizábal, que dejó su empleo de contador en la Comisión Nacional de Granos para afincarse en el Daireaux de su infancia.

Tras casarse con una pintora que no vaciló, por seguirlo, en dejar los pinceles por el arado, Andrés comenzó a arrendar campos y a sembrar al tanto por ciento, mientras se daba tiempo para atender el almacén y para instalar con su hermano menor, Osvaldo, una pequeña fábrica de quesos de postre, una empresa familiar que fue creciendo y que produjo al tiempo el conocido producto Mendicrim.

Productor y consignatario

La venta de hacienda en consignación, que acerca al productor ganadero a la etapa final de comercialización, cuando los animales se hallan terminados para faena es la actividad que más llenó los días del actual Andrés Mendizábal.

Esa vocación fue heredada de su padre, que la había comenzado a practicar en 1950. Lo normal es que los consignatarios se conviertan después en productores pero, en su caso, el camino fue inverso.

"Había sufrido -comenta su hijo- muchas vicisitudes con la venta de novillos gordos, de modo que decidió instalarse como consignatario en el mercado de Liniers."

Comenzó, pues, a dedicarse a la venta de invernada y posteriormente hacienda gorda hasta convertirse en un acérrimo defensor del Mercado de Liniers.

El tercer Andrés Mendizábal no puede precisar en qué momento empezó a trabajar con su padre porque tiene la sensación de que lo hizo desde siempre: "A su lado lo aprendí todo".

Con el tiempo creció la casa consignataria a la par de las explotaciones agropecuarias. Al campo de la provincia de Buenos Aires agregaron otro en el sur de Córdoba. "La cría la desarrollamos siempre en campos arrendados; poco a poco, las vacas fueron adquiriendo una importancia trascendente en nuestra explotación y comenzamos a alquilar los campos y a engordar la propia producción."

Actividad gremial

Otro rasgo que Andrés Mendizábal heredó de su padre es la dedicación apasionada a la actividad gremial:"El fue presidente del Centro de Consignatarios durante 11 años y yo también lo fui entre 1981 y 1984 y desde 1996 hasta ahora".

Afirma que en los últimos años su sector soportó los cambios estructurales que padecieron también otras actividades, como el caso de los bancos.

Añade que "muchas casas consignatarias fueron quedando en el camino, lo que nos afectó mucho porque nos quitaba credibilidad". Por eso destaca que su función principal, desde que ejerció la presidencia, fue realizar la figura del consignatario y cree que lo ha logrado.

Mendizábal dice que el consignatario fue siempre asesor y consejero del ganadero en determinadas operaciones; "nuestra casa no sólo va a proveer de la hacienda de invernada al que lo necesite, también nos dedicamos a arrendarle o venderle un campo o a conseguirle uno donde pueda capitalizar".

Agrega que, en la mayoría de los casos, la relación comercial que se establece con un productor termina en una verdadera amistad.

La tecnificación no cambió la esencia de la actividad consignataria, pero sí su modalidad.

El fax y el e-mail desplazaron al telegrama con el que le ofrecían un lote de hacienda a un invernadero importante.

Hoy en día, Mendizábal lamenta la descapitalización de la gente de la actividad de cría. Cree percibir que antes los productores tenían más vacas que ahora.

"Tal vez, el producto que es el ternero haya ido perdiendo valor", opina. Añade que dado que tierras como Rauch, Ayacucho, Maipú o Dolores no permitían otra cosa que la cría, poco a poco se fueron descapitalizando hasta perder la trascendencia que tenían.

"Si uno -dice- va hoy a esas ciudades o pueblos advierte que, por el momento las épocas de esplendor no quieren volver."

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