El contexto histórico de una alianza que late desde los comienzos

Alicia de Arteaga
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23 de febrero de 2017  

MADRID.-. Fue a fines de los ochenta, casi por casualidad, tras cancelar una visita al Escorial, que me crucé con Guillermo Kuitca caminando por Serrano. Jovencísimo, iba vestido de cuero negro como un rockero y estaba con su galerista de entonces, Julia Lublin. Habían venido a Arco . Ese sería mi primer contacto con la feria madrileña, cuando las ferias en el mundo se contaban con los dedos de una mano. España se sacudía del aislamiento franquista y despertaba la movida del alcalde Tierno Galván. La Gran Vía era una avenida oscura y tenebrosa, y Madrid un destino poco elegido por los turistas.

Se hablaba en pesetas cuando una galerista andaluza de pelo rojo llegaba de Sevilla con la idea de montar una feria de arte contemporáneo. En esa España sonaba a jugada intrépida, imposible. Pero Juana de Aizpuru lo hizo. Y sigue estando al frente de su galería con su pelo rojo y las uñas largas al frente de una galería que jamás esquivó lo nuevo sino todo lo contrario.

Feria Arco
Feria Arco

En estas largas tres décadas, ARCO extendió su influencia mucho más allá de los pabellones feriales y su principal victoria ha sido transformar a Madrid en una ciudad vital, contemporánea, efervescente, llena de turistas, con una oferta cultural increíble. Al triángulo de las bellas artes, formado por el Prado, el Thyssen y el Reina Sofía se sumaron centros provocativos como Matadero y Casa Encendida. Ayer, en la primera recorrida para coleccionistas fue fácil comprobar cómo ha subido el listón de la calidad en una selección cuidada y curada, bajo la mirada de profesionales como María Corral, que vio nacer la feria y la está cambiando. Para bien.

Arco aggiornó la mentalidad decimonónica de los españoles de pañoleta y abanico, sintonizó con el arte de nuestro tiempo y se convirtió en la cita obligada de miles de jóvenes que hicieron de la visita al predio de Ifema una cita con lo último, una ventana abierta por la que corría otro aire. Después de Juana de Aizpuru vino Rosina Gómez Baeza, con su estilo ejecutivo anglosajón, y tras un corto período de la vasca Lourdes Fernández, asumió la dirección de Arco Carlos Urroz. Él conoce la feria como nadie y ha tendido un puente de plata con América latina, tras el sacudón que significó la apertura de Art Basel Miami Beach, como cabecera de playa europea en América.

En estos días festivos para la Argentina, con una representación categórica y un auspicioso comienzo con muchas ventas, solo queda confirmar la lección aprendida: América latina es la socia natural. También, recordar que una feria se monta para vender, pero, por encima de todo, es una vidriera global de legitimación. Difusión es mercado. La presencia de Argentina como país invitado cierra con un moño esta historia de más tres décadas. Era una asignatura pendiente; un sueño que se ha cumplido en el momento justo y con la gente justa. Esta edición de Arco es y será una oportunidad para muchos artistas argentinos llegados de todas partes.

Es el caso de Leticia Obeid, que nació en Noetinger, Córdoba. En la pampa gringa comenzó a tejer la urdimbre de una obra profundamente argentina, como la escritura, el horizonte infinito y la sensación permanente de haber llegado, alguna vez, de otra parte.

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