La UCR, en busca de una visión de futuro

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
El radicalismo debe ofrecerle a la clase media un horizonte inspirador, no sólo el temor del pasado
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3 de marzo de 2017  

"Queremos que nos consulten: no tenemos mucho que proponer, pero ofrecemos muñeca política." Ése fue el mensaje que los radicales le enviaron al Gobierno desde Villa Giardino. Escasa oferta que, sin embargo, enriquece lo que el Gobierno viene mostrando.

Cambiemos se constituyó como un repudio y una promesa. Repudio al kirchnerismo, promesa de país normal. Pero la victoria llegó envenenada: ni el kirchnerismo terminó en catástrofe ni la normalidad goza de buena salud. Trump y la desintegración europea amenazan el orden mundial y cada vez menos países sirven de modelo. Ante lo brumoso del futuro y la cercanía de las elecciones, el Gobierno acentuó su rechazo al pasado. Para la UCR, mirar atrás es tradición; para Pro, contranatural. Pero errores y hechos alternativos desdibujaron el "cambio cultural" que proponía el Presidente. Quedó la empatía, la pretensión de representar al ciudadano común que aborrece "la corrupción populista". Ahí se paran los radicales, que no plantearon una visión inspiradora de una nueva sociedad, sino un modesto canal para la indignación constructiva.

Los dos días de debate en Córdoba dejaron luces y sombras. El documento final dice dos veces "populista", una vez "república" y ninguna "socialdemocracia". Los radicales eligieron definirse por el pasado que combaten y no por el futuro al que aspiran. Su identidad consiste en no ser populista, eufemismo por peronista, y su programa político es la república, como para Yrigoyen era la Constitución. Cien años no es nada para un partido que se siente cómodo en el siglo XIX.

¿Qué le aporta el radicalismo a Cambiemos? Contra la opinión de sus ancianos sabios, no es superioridad moral. Ésa, guste o no, la monopoliza Lilita. Contra el discurso de sus mejores espadas, tampoco es capacidad política: ahí Monzó y Frigerio necesitan aliados, pero no maestros. Ni hablar de ideas, que en Villa Giardino brillaron en los paneles de invitados pero escasearon entre la dirigencia. La clave está en la representación territorial: en veinte provincias, los candidatos más competitivos de Cambiemos son radicales. Probablemente encabezarán sus listas legislativas. La UCR sigue teniendo un cura en cada pueblo. Sin ella, el acento porteño destruiría al oficialismo antes que sus errores.

¿De qué carece el radicalismo? De una visión de futuro y de un paraguas nacional. El futuro quedará para otro encuentro; para la cobertura nacional les prenden velas a Martín Lousteau y Facundo Manes, sus candidatos más taquilleros en los dos distritos que concentran a la mitad de los argentinos.

Pese al esnobismo de los intelectuales que invaden la tuitósfera, los radicales no necesitan gritar contra la derecha. El viejo espectro ideológico identifica a la derecha con la concentración y a la izquierda con la distribución, y localiza al gobierno en el polo de la concentración. Cambiemos, en cambio, distingue entre la gratificación inmediata (a la que llama populismo) y la gratificación diferida (a la que denomina república o instituciones). No se cruza el desierto para favorecer a los ricos, sino a las nuevas generaciones. Los radicales están cómodos con esa visión, porque cualquier tierra prometida los aleja de la faraona.

En un evento que amontonó calvicie con canas, sorprendió la presencia juvenil y morada. Las participaciones más aplaudidas correspondieron, sin embargo, a los experimentados Mario Negri y Gerardo Morales. Juntos combinan picardía con gestión. Piden pista Ramón Mestre y José Corral, intendentes jóvenes de Córdoba y Santa Fe que van por más. El agujero negro del radicalismo está en el conurbano.

El oficialismo necesita ganar las elecciones legislativas para alejar los fantasmas de De la Rúa, Lugo y Dilma. La paradoja es que para eso debe, al mismo tiempo, polarizar las elecciones y fragmentar a la oposición. La ventaja es que Cambiemos, que vino a unir a los argentinos pero se atascó en la grieta, logró reforzar su unidad interna. Para eso dividió al mundo entre buenos y populistas, en una operación maniquea que constituye la esencia del populismo. En las paradojas reside su fortaleza.

Los radicales decidieron reunirse en Córdoba, la provincia que definió las elecciones de 2015: fue el único distrito cuya exclusión habría cambiado el resultado nacional. Los cordobeses hundieron a Scioli de un cuartetazo. La diferencia a favor de Cambiemos se apoyó en tres pilares: la popularidad de Macri en la tierra del fernet, la inquina delasotista contra el kirchnerismo y la estructura provincial del radicalismo. Pero sin fórmula presidencial es diferente. Las elecciones de este año se definirán en otra provincia, la de Buenos Aires. Su resultado dictará la lectura nacional: aun ganando la mitad de las provincias, el Gobierno saldrá derrotado si pierde en el gigante hipertrofiado.

La preeminencia de Córdoba y Buenos Aires no es un capricho unitario: entre las dos provincias albergan al 48% de los argentinos. El peso político es producto de la democracia, no del centralismo. Son, también, las dos fuentes históricas en que abrevó el radicalismo. Sabattini e Illia provenían de Córdoba; Yrigoyen, Balbín y Alfonsín, de Buenos Aires. Víctor Martínez fue vicepresidente porque el radicalismo bonaerense reconocía en el cordobés a su alter ego y buscaba el equilibrio. Pero hoy la UCR aparece ausente en su cuna. En realidad, sugiere un dirigente juvenil, vive en las catacumbas y prepara el retorno. Daniel Salvador, el vicegobernador, es un devoto de María Eugenia Vidal, pero cree que a la gobernadora le sirve un radicalismo en pie. Con ese objetivo formó un equipo que abastece de contenidos a los más de 40 intendentes partidarios. Además, este año terminan su mandato 38 legisladores nacionales bonaerenses, de los cuales Cambiemos sólo tiene cuatro (dos de ellos radicales). El partido está condenado a crecer. La Legislatura provincial y los concejos deliberantes agregan espacios de fogueo para jóvenes y mujeres. La misoginia atávica de la UCR está a punto de ser arrasada por la ley provincial de cupo.

Fabio Quetglas, un experto en planificación, suele definir al radicalismo como "estructurado, rígido, viejo y ritualista". Cuando el partido estaba moribundo, Gualeguaychú le ofreció una nueva vida. La reencarnación en Cambiemos está a prueba, pero parece irreversible. En un país en el que nueve de cada diez habitantes se consideran de clase media, insistir en "la causa de los desposeídos" es renunciar a ser un partido popular. El destino del radicalismo se juega en las aspiraciones de las clases medias. A ellas será necesario ofrecerles un horizonte inspirador y no sólo el temor del pasado.

Cambiemos transitó, la semana pasada, por el Giardino de los senderos que no se bifurcan. El camino está trazado; falta definir hacia dónde va. Falta, también, superar el peaje de octubre. Porque el Gobierno sabe descarrilar solito, pero sólo puede triunfar si la sociedad lo acompaña.

Politólogo, Universidad de Lisboa

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