Un debate que no agravie la memoria del dolor

Alejandro Katz
Alejandro Katz PARA LA NACION
No negar el terrorismo de Estado es la premisa para poder hablar; y evitar consensos hegemónicos sobre el pasado, la clave para no imponer una verdad
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24 de marzo de 2017  

Hoy, una vez más, la ciudad amanece en silencio. Un silencio que no expresa necesariamente tristeza ni es, tampoco, producto de la reflexión; es más bien el silencio de la pereza que precede el ocio. Hoy, 24 de marzo de 2017, cuarenta y un años después del inicio de la dictadura, la ciudad se despabila morosamente, sin la ansiedad de los días laborales, sin la posibilidad, tampoco, de encontrarse en los sitios cotidianos de la sociabilidad -el trabajo, la escuela- para repasar los hechos de entonces y pensar juntos sobre ellos.

Que éste fuera un día feriado no es algo que ocurrió sin conflicto, aun si, como pareciera ser la norma en estos tiempos, ese conflicto interpeló a pocos: por un lado, a quienes propusieron que se cambiara al lunes siguiente. Por otro, a quienes pensaron que mover el día, separar el feriado de la fecha precisa en que se produjo el golpe de Estado, hubiera constituido un agravio a la memoria del dolor. Por fin, a algunos, pocos, que sugirieron que simplemente no fuera día feriado, que evidentemente no hay nada para celebrar y que las conmemoraciones es mejor hacerlas juntos, en los ámbitos en los que funcionamos usualmente, dedicando un tiempo en cada sitio para la recordación y la reflexión.

Fuente: LA NACION

Pero el conflicto en torno de esta fecha no se expresa sólo en relación con el momento y el modo de la evocación. Se extiende, desde hace tiempo, sobre muchos de los tópicos que el 24 de marzo -los 24 de marzo- convoca. Se discute la cantidad de víctimas y se discute si es posible discutir la cantidad de las víctimas. Se discute si el aniversario del golpe de Estado, si el golpe de Estado mismo, si la dictadura deben seguir siendo objeto de actos de memoria o si debería, ya, pasarse la página; si "los 70" son un problema de quienes los vivieron o si siguen siendo un problema de todos, si aquello es sólo el pasado o si aún provoca efectos en el presente y sobre el futuro; si la política del terror fue el resultado de la planificación o si fue tan sólo la suma de acciones aisladas.

No todas estas discusiones son equivalentes. No todas son honestas. No son honestas aquellas que, contradiciendo los fallos de la Justicia, desconociendo los innumerables testimonios de las víctimas, ignorando las abundantísimas contribuciones que los historiadores hicieron para el conocimiento del pasado, insisten en poner en duda los hechos, como modo de quitar densidad al horror ético y político del terror ejercido desde el Estado. Ninguna discusión puede ser honesta, ninguna discusión puede ni siquiera comenzar, si no se comparten algunas premisas que deberían ser ya el lugar común -ese lugar en el que todos nos encontramos- de la sociedad argentina. Porque si bien no cabe ninguna duda de que es posible, de que es necesario revisar, una y otra vez, la historia de la violencia política en nuestro país, si resulta también evidente que esa revisión se hará cada vez con nuevos argumentos y nuevos documentos y traerá, por lo tanto, nuevas conclusiones y nuevos saberes, parece que hay quienes no han comprendido que entre todas hay una sola conclusión ineludible: que la víctima nunca es responsable de su destino de víctima, que hay un corte abrupto, definitivo, en la cadena de acontecimientos que llevan de la violencia política a la mesa de torturas, a la desaparición, a los vuelos de la muerte, al secuestro de los niños y niñas nacidos en centros clandestinos de detención. Que no hay nada que explique ni, mucho menos, justifique la crueldad ejercida desde el Estado sobre cuerpos ya inermes.

Parece mentira que, todavía hoy, esto deba ser refrendado y que haya quienes no comprenden (¿realmente no lo comprenden?) que, más allá del respeto que debemos a los muertos, establecer ese corte es lo único que nos permite reconocernos en nuestra humanidad, que no se trata sólo de la forma en que interpretamos el pasado o de cómo juzgamos los hechos, sino de cómo nos concebimos a nosotros mismos y a nuestros semejantes, y de cómo debemos descubrir con horror cada día que el Estado lastimó nuestra humanidad, dejó nuestra humanidad dañada, lesionada.

Más allá de eso o, más bien, más acá de eso, todo es posible. Decir "más acá" no es retórico: es simplemente un modo de precisar cuál es el sitio a partir del cual todo argumento se vuelve innoble, deshonesto, ilegítimo. Pero más acá es posible mantener conversaciones, en tanto nadie pretenda pronunciar lo que Nicole Loraux denomina un "discurso hegemónico", esa "palabra sin réplica que intenta suscitar sumisión y respeto", y que fue, lo sabemos, el régimen discursivo de los años recientes.

Es posible, por supuesto, mantener una conversación sobre la cantidad de víctimas y aceptar que fueron 9000 y que también fueron 30.000, que una es la cifra fáctica, jurídica, y la otra es la cifra simbólica: aquella sobre la que se construyó la lucha de las Madres, aquella que permitió dar una idea de la tragedia cuando la producción de lo trágico consistía, justamente, en hurtar toda cifra al sustraer los cuerpos que se volvieron por ello mismo incontables, innumerables. No sólo es posible sostener ambas cosas a la vez, es también necesario hacerlo, porque al hacerlo reconocemos a los otros como lo que son, madres en duelo que se constituyen como tales a través de esa cifra, porque no pudieron hacerlo a través del cuerpo escamoteado de sus hijos e hijas.

El 24 de marzo se convierte, cada año, en una nueva ocasión de celebrar funerales públicos. "Y no se puede negar -escribe una vez más Nicole Loraux- que las operaciones ideológicas más durables y más merecedoras de crédito (...) se enraízan en primer lugar, en el momento de producirse, en las relaciones que una colectividad mantiene, si no con la muerte, por lo menos con la muerte de los suyos." De allí la pregunta: ¿a quién se dirigen las palabras que pronunciamos, a nosotros mismos o a los otros? ¿Queremos tan sólo oír el eco de nuestra propia voz resonando en lo idéntico o queremos pronunciar palabras que merezcan réplicas, que no sean portadoras de aquella voluntad hegemónica que intenta tan sólo suscitar la sumisión de quien oye? Si hay un otro, ese otro debe ser una presencia en el hoy.

Hay, también, una fuerte propensión a decirnos que debemos hablar para el futuro, que el pasado no merece más nuestra pasión ni nuestro interés, y que ya no debe causar nuestro dolor. Pero al suponer que habla sólo para el futuro, despreciando el pasado, el orador corre el riesgo de reducir sus palabras a una pura expresión del narcisismo de quien prescinde de interlocutores actuales. Al hablar para un futuro indefinido, niega a los interlocutores toda realidad. Así, puede ir a dormir "con la satisfactoria certeza de su propia ejemplaridad", pero ajeno a las voces de los otros. Opuesta a esas invocaciones a la posteridad como un atajo para amputar, de nuestro presente, el pasado que lo habita y lo incomoda, la palabra que quiso -y aún quiere- ser hegemónica se volvió puramente ornamental, un contrapeso inútil a la nostalgia del tiempo pretérito que tiene a quien habla capturado en una melancolía sin fin. Entre la apelación al futuro que desdeña el pasado y el discurso sobre el pasado que no acepta réplica hay una sociedad que se despereza en silencio y con la cual -en la cual- es necesario hablar.

Hay un poema en el libro La cifra, de Jorge Luis Borges, que nombra a los justos. Entre ellos, hay "un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire", "el que agradece que en la tierra haya música", "el tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada", "el que acaricia a un animal dormido". Entre los justos se encuentra también "el que prefiere que los otros tengan razón". Esas personas "que se ignoran -escribe Borges- están salvando el mundo".

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