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Tefi Russo, la carismática

Tefi Russo, una chef a pura simpatía
Tefi Russo, una chef a pura simpatía
Cocinera y productora, Tefi Russo es abanderada de la cocina simple y casera: siempre mirando para adelante, elige no hacerse demasiado problema por nada
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3 de abril de 2017  • 12:48

A diferencia de aquellos cocineros a quienes les cuesta delegar, Tefi se declara feliz cuando no le toca cocinar. "Me emociona no saber los ingredientes, sorprenderme con el sabor", declara. Como todos los que saben lo que implica trabajar en el propio hogar, cuenta que aprovecha la posibilidad de pasar tiempo con su hija, Bianca, mientras trabaja, pero también que es fácil cansarse y difícil concentrarse. "Cuando empecé a hacer esto, tenía muchísimo miedo de transformar mi pasión en mi trabajo, sentía que la iba a ensuciar. Y logré esa cuota justa de estar en la cocina sin llegar a cansarme", dice airosa sobre el balance que logró entre ser cocinera y productora de contenidos.

"Me gusta estar en casa, lo sencillo, compartir con amigos y familia", cuenta esta frecuente anfitriona cuyo hogar fue bautizado "La Colonia" por sus amigos, que la visitan para compartir asados, salir a remar y aprovechar las actividades estivales. Con su hija de siete años comparten este gustito por quedarse en casa y dedican su tiempo libre juntas a pintar, ver películas y hacer experimentos. Aunque también salir a patinar, andar en bici, pescar y hacer picnics al aire libre son actividades favoritas.

Con su novio, Tefi comparte un gran amor por la gastronomía. Cuando viajan, averiguan qué y dónde comer y las salidas giran en torno a la cocina. "Estamos mal de la cabeza, mientras almorzamos ya vamos pensando en la cena", dice entre risas.

"Soy una persona de pocos amigos y buenos", declara sobre su vida social. Reconoce que tiene valiosas e intensas amistades y que también adora a su familia, pero que, habiendo vivido tantos años afuera, se acostumbró al desarraigo. "Disfruto muchísimo de los momentos en compañía y también de los ratos sola", explica Tefi, que, con su burbujeante personalidad, siempre positiva, disfruta de viajar sola, salir a comer y, sobre todo, de internarse en una novela romántica. "Soy una ñoña leyendo, me río con los libros, me enamoro de los personajes. Lo gracioso es que no soy así en la vida: no soy sensible, no lloro nunca, soy súper fría..., ¡excepto con mi hija!", confiesa.

Ping Pong

¿Tu lugar en el mundo? Mallorca, sin lugar a dudas. Viví ahí más de dos años y, cada vez que puedo, vuelvo. Tengo tatuadas las coordenadas. Es loquísimo sentir que encontraste tu lugar en el mundo a 12.000 kilómetros de tus raíces.

¿Algo de lo que estás orgullosa? Primero, mi hija. La escucho hablar, lo dulce que es, y cuando vienen a decirme "qué amor tu hija", ¡inflo el pecho! Y mi libro es como un segundo hijo, lo esperé mucho, trabajé un montón, era como un sueño.

¿Una profesión frustrada? No me gusta la palabra "frustrada", no la uso para nada. Me quedan las ganas de tener un restaurante. Lo sueño, lo planeo hasta el más mínimo detalle. Pero también sé que no es el momento. Hoy no tendría la capacidad de disfrutarlo.

¿Algo que te gustaría aprender a hacer? Uy, ¡todo! Me gustaría aprender muchos más idiomas. Me he anotado en francés, italiano, chino y alemán... ¡y no sé ninguno! Admiro mucho a la gente que habla muchos idiomas.

¿El mejor regalo que te hicieron? La primera vez que mi hija entró a un local y se arregló sola con la vendedora para comprarme un regalo de cumpleaños. Yo la estaba esperando afuera y no me dejaba espiar, me dijo que quería su privacidad. Ella era muy chiquita, pero ya hablaba un montón, me regaló un recipiente para poner los batidores. Me dio mucha ternura que ella supiera lo que yo hacía y que me iba a servir.

¿La receta preferida de Bianca? Trufitas, pero las hace ella. La vuelven loca las granas, se las quiere poner a todo. También le copa que haga milanesas con croquetas.

¿La comida del día que más disfrutás? La cena. Yo sé que el dicho dice lo opuesto: desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un mendigo. Pero para mí es totalmente al revés. Cuando ya pasó todo el movimiento del día y dejo el teléfono de lado, me puedo sentar y disfrutar de un buen plato de comida.

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