El dilema de los campeones del Masters de Augusta que se convierte en un drama: cuándo dejar de jugar

Cabrera, campeón en 2009, no superó el corte y se despidió rápido en esta edición
Cabrera, campeón en 2009, no superó el corte y se despidió rápido en esta edición Fuente: Archivo
Ponerse el saco verde trae un beneficio extra: una invitación de por vida a jugar el torneo; para muchos, termina siendo difícil ponerle punto final
Gustavo González
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9 de abril de 2017  • 10:45

AUGUSTA.- Ganar el Masters de Augusta una de las dos conquistas más grandes para un golfista (la otra es el British Open), el logro que está en el más ambicioso sueño cuando se empuña un palo en la juventud, se elige, se hereda o, quizá lo mejor de todo, se llega después de iniciarse como caddie. Y la dicha de obtenerlo se extiende para toda la vida, no simplemente en el recuerdo y el rincón de los trofeos y los reconocimientos, junto con la copa -réplica de la original, que queda en Augusta National Golf Club- y el símbolo máximo: el saco verde.

También ofrece el privilegio de poder competir para siempre, a cualquier edad, sin condiciones. Lo difícil es elegir cuándo uno le pone un final a esa invitación, cuándo evitar la tentación de formar parte de una semana inolvidable, llena de figuras y ante un público que jamás se reúne en tamaña cantidad. Hay una lista de campeones “que no se espera que jueguen” (“Past champions not expected to play”, denomina la nómina la guía de los espectadores), en la que figuran algunos jugadores veteranos que podrían hacerlo, como Tom Watson, Ben Crenshaw, Nick Faldo (comentarista de TV) y hasta Jack Nicklaus (dejó de jugar aquí en 2005) y Gary Player, de 81 años (jugó el último a los 73), pero también está Doug Ford, ganador en 1957 y a los 94 años el más longevo campeón, que no se pierde la cena de los sacos verdes el martes. Ford siguió jugando hasta 2001, cuando estaba cerca de los 80.

Este año hay casos -siempre hay de todo- como el del galés Ian Woosnam, dueño del Masters de 1991. Hace un año, después de dos vueltas de 82 y 81, había tomado la decisión: “Fue el último”, anunció. Pero dio marcha atrás, quizá porque no quiso que lo echaran dos días malos después de haber disfrutado de tantos buenos. O por una razón más pueril. “Mi mujer me hizo volver, me dijo andá y jugá”, reveló. No debe haber sido difícil hacerle caso. Woosnam tiene 59 años y sufre una dolencia en la espalda que le comprime las vértebras. No pasó el corte, con 76 y 78 golpes cada jornada.

Como tampoco lo superó el norteamericano Mark O'Meara (60). “Siempre pienso que podría la última en el field, pero el año que viene se cumplirán 20 años...”, dice el campeón de 1998 y amigo de Tiger Woods. Ese año también ganó el British Open, cuya franquicia para ex campeones es justamente de 20 años, por lo que en julio próximo en Royal Birkdale sí se despedirá (a menos que logre la hazaña de entrar por sus resultados). Aquí hizo 78 golpes tanto el jueves como el viernes.

Los campeones pueden jugar el torneo de por vida
Los campeones pueden jugar el torneo de por vida Fuente: Archivo

Woosnam y O'Meara juran que quieren ser competitivos, sentir el calor del público cuando llegan al hoyo 18. Pero eso se da a cuentagotas. Entonces es la magia del Masters lo que los atrae, la fuerza centrípeta que los arrastra a Augusta. ¿Hay forma humana de objetarlos? Para algunos, como Mike Weir (46 años, celebró en 2003), que tampoco pasó el corte (155, +11) “está dentro de uno; de alguna forma uno sabe si está el fuego sagrado para afrontar el desafío”.

Ese fuego que conserva Fred Couples a los 57 años. No sólo sigue este fin de semana sino que con +1 está a 7 de los punteros el domingo. “Es mi torneo favorito, una cancha en la que creo poder jugar. Camino al 18 cada año y el público grita y alienta así venga en 75 o en 70. Es una buena sensación. Nunca voy a irme de aquí diciendo que es el último. Creo que podré jugar otros tres o cuatro años”.

Alejado de las pasiones, de la naturaleza y la fillosofía de cada campeón, el Masters está allí, generoso y agradecido, para rendirle eterno homenaje a sus héroes, y los invita a su patio a jugar para darles otra oportunidad.

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