De la sociedad de la "grieta" a la sociedad de la confianza

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
Sólo si abandona la suspicacia exacerbada por el populismo la Argentina podrá desarrollarse
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10 de abril de 2017  

Félix Luna destacaba (escribió un libro sobre el tema) que la historia argentina está dominada más por las fracturas que por las continuidades. Desde nuestros orígenes las divisiones políticas tendieron a abrir brechas excluyentes: ellos y nosotros. Saavedristas y morenistas, unitarios y federales, rosistas y antirrosistas, conservadores y liberales, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas (el peronismo hegemónico dividió aguas entre "patria socialista" y "patria peronista"). Ahora, en la democracia que inauguró Raúl Alfonsín y que lleva más de tres décadas, la intolerancia y la suspicacia de los últimos años ha levantado nuevos muros: los "K" y los "anti-K". Uno puede sentirse al margen de esas categorizaciones, pero lo que diga o haga será interpretado con los lentes de la grieta.

La grieta tiene entre nosotros raíces históricas, pero el populismo la ha exacerbado. La ideología populista abreva en relatos maniqueos y binarios de la realidad porque necesita exculparse de los problemas que plantea y de la inviabilidad de las soluciones que ofrece. A su vez, legitima su construcción política plebiscitándose en turnos electorales contra un "enemigo" al que hay que derrotar y luego debilitar sistemáticamente usando la concentración del poder y las prebendas que ofrece el aparato de Estado. Lo explica Ernesto Laclau en su ensayo La razón populista. A partir de la sumatoria de demandas sociales insatisfechas, el populismo divide a la sociedad y convierte a la mayoría en un todo aglutinante que se apropia del concepto "pueblo". El líder, que representa al pueblo y que evita la intermediación propia de los mecanismos institucionales para articular su relación con el grupo, promete soluciones inmediatas a problemas causados por un "enemigo" interno (el "antipueblo") que representa intereses de un "enemigo" externo (el "neoliberalismo", el "marxismo", el "capitalismo", el "extranjero", el "inmigrante", etc., según las circunstancias y la ocasión). Pero la demonización del "otro" y la lógica binaria del amigo/enemigo no son inocuas: envenenan las relaciones sociales, promoviendo el amiguismo faccioso entre los propios, y la suspicacia y el desprecio para los que no son "del palo".

Si por historia venimos de fractura en fractura, y las últimas décadas hemos bebido la cicuta populista, el cambio cultural, político, económico y social a plantearse tiene que tener como cimiento la construcción de confianza social.

Alain Peyreffite, en su clásico La sociedad de la confianza, expresa que olvidamos con facilidad que el subdesarrollo -desnutrición, enfermedad, violencia endémica- es el régimen ordinario de la humanidad desde que apareció en la Tierra. El desarrollo es siempre la excepción... "Más vale reconocer que subdesarrollo y desarrollo no constituyen pasado y porvenir de toda sociedad como dos etapas sucesivas de una maduración irreversible." Con un enfoque cultural de la evolución social y económica en el mundo, el autor sostiene que el desarrollo se ha dado en aquellos microclimas donde las relaciones humanas han permitido construir confianza. La suspicacia esteriliza, la confianza es catalizadora de nuevas oportunidades de negocio y de mayores inversiones. Habrá empleo y se multiplicarán las inversiones en aquellas sociedades donde predomine la confianza. La tesis del libro es que "la innovación, la adaptación y la modernidad cultural, social y económica no son objetos de azar o Providencia ni efectos mecánicos de un espíritu o una materia, sino el desarrollo de comportamientos sociales desinhibidores del progreso".

¿Cómo construir confianza en una sociedad como la argentina, en la que predomina la suspicacia? Uno estaría tentado a simplificarlo: dando vuelta la página del populismo. Hay que reconocer el daño infligido por el populismo al capital intangible que constituye la confianza social, pero la acumulación de ese capital va más allá de generar una alternativa política y económica al populismo. Hay instituciones y valores que cambiar. La construcción institucional de la confianza implica la adhesión social a un sistema de reglas que todos respeten. Necesitamos como sociedad asumir que la ley está por encima de todos. De esto se trata el Estado de Derecho. No sólo las normas deben generar certidumbre, también los mecanismos jurisdiccionales para asegurar su cumplimento deben ofrecer previsibilidad. Previsibilidad de que las reglas nos rigen a todos por igual, se acatan y se cumplen, y su transgresión tiene consecuencias. La transgresión crónica, la "viveza criolla", el "se acata pero no se cumple" están entre las raíces más profundas de nuestra grieta: aquella que divide a los argentinos modelo "cambalache" de los que no lo son. No es retórica la reivindicación institucional de la democracia republicana. Los derechos y las garantías, la división de poderes y su independencia, y los controles y contrapesos de la República son los mecanismos institucionales que dan mayor resguardo frente a los abusos del poder por un lado y a la degradación del cumplimiento de la ley por el otro.

La confianza requiere la construcción de mínimos consensos. Sin mínimos consensos es imposible la construcción de un proyecto colectivo que nos identifique y nos catapulte al futuro. Sin proyecto colectivo seguimos entrampados en el corto plazo, víctimas de la dictadura del presente. El proyecto colectivo a partir de mínimos consensos se forja recuperando la capacidad de diálogo, y el ejemplo lo debe dar la dirigencia política y social. En la voluntad de diálogo no puede haber categorías excluyentes ni descalificaciones maniqueas. Del diálogo sólo se automarginan los que ven a otros argentinos como enemigos. Los consensos mayoritarios nos deben reconciliar con el largo plazo y con políticas de Estado que oficialismo y oposición respeten en la alternancia republicana del poder. La confianza de los propios será contagiosa para los extraños. La confianza interna restablece la confianza externa.

Y la confianza como capital social intangible tiene consecuencias sistémicas. De ella depende la capacidad de superar los ciclos de expansión y contracción económica, que nos tienen sometidos a estancamiento e inflaciones crónicas con secuelas de pobreza y exclusión. Ciclos de reactivación sustentados con consumo desigual e inversión magra y de baja calidad. Ciclos financiados con endeudamiento inflacionario y externo que terminan haciendo explotar las cuentas públicas y externas. De la confianza depende la capacidad de sostener las tasas de inversión que nos permitan superar estos ciclos y consolidar un proceso de desarrollo.

El consumo reactiva, la inversión desarrolla. Y el desarrollo genera trabajo y reduce la pobreza. John Hicks, un premio Nobel de Economía que investigó el rol de la inversión en capital fijo en la economía moderna, advirtió sobre la aversión de los empresarios a encarar este tipo de inversiones. "El que invierte en capital fijo entrega rehenes al futuro". Donde prevalece la incertidumbre y prima la desconfianza, la inversión en activos fijos es mínima y el capitalismo queda reducido a su versión fracasada: el "capitalismo de amigos o compinches". Sí, la grieta también bloquea el desarrollo económico y social que nos debemos.

Doctor en economía y en derecho

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