Seleccionador argentino: entre el desafío y la pesadilla

Santiago Segurola
Santiago Segurola PARA LA NACION
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17 de abril de 2017  

MADRID.- No cabe duda de la fascinación que produce el fútbol argentino en España, por no hablar de la gratitud que se debe al país de Di Stéfano, Maradona o Messi, jerarcas indiscutibles de la mejor factoría de jugadores del mundo, al menos por lo que se refiere a su influencia en los equipos españoles, desde el Real Madrid y Barcelona hasta el más humilde de la Liga. Por impacto, no hay lugar más beneficiado en el mundo. Ni tan siquiera en Italia, donde la huella argentina es profundísima, se puede observar un efecto parecido. España tiende a mirar al fútbol argentino como una tierra de promisión, sin reparar demasiado en las deficiencias estructurales de las que tanto se habla al otro lado del Atlántico. Por estas razones de fascinación y deuda sentimental, sorprende el desgarro asociado a la figura del seleccionador argentino.

Más que un cargo es una pesadilla mal resuelta. Desde Marcelo Bielsa, cuyo periodo (1998-2004) al frente de la selección se puede calificar de inusualmente largo, la AFA ha elegido a siete directores técnicos. El último ha sido Edgardo Bauza, relevado después de la derrota en Bolivia. Su gestión apenas ha durado ocho meses. No han convencido ni los resultados, ni el juego, y es evidente el temor a un fiasco en la fase de clasificación del Mundial. Con independencia de las opiniones que merezcan los últimos técnicos de la selección argentina, Bauza es menos un entrenador que el ejemplo de una dinámica autodestructiva.

Por lo que se sospecha en España, no hay regalo más envenenado en el mundo del fútbol que el de seleccionador argentino. Hasta Brasil, que ha atravesado por problemas de resultados más graves que Argentina, dirime sus cuitas con menos ruido. En 2014, Alemania destruyó con siete goles a la selección brasileña en Belo Horizonte, en lo que se anunciaba como el Mundial que redimiría al 1950, y su director técnico, Luiz Felipe Scolari, encontró trabajo en el Gremio de Porto Alegre apenas dos semanas después.

Desde España se ha atendido siempre con gran interés el proceso de designación argentino. Y ahora más que nunca. Si la influencia de los jugadores argentinos ha sido enorme en los equipos españoles, algo parecido se puede decir de sus técnicos. El peso de Diego Simeone en el Atlético de Madrid es colosal. Su figura ha adquirido proporciones míticas. Se le considera el factor esencial en la transformación del Atlético de Madrid, un equipo que ha pasado de adyacente a gigante de Europa. Simeone encabeza una lista de entrenadores argentinos que probablemente no encuentra rival en el resto del mundo.

En el Celta de Vigo, Eduardo Berizzo mantiene con los mínimos recursos una de las aventuras más atractivas del fútbol europeo. Mauricio Pellegrino ha llevado al casi desconocido Alavés a la final de la Copa. Su trabajo ha sido especialmente satisfactorio con dos jóvenes: Marcos Llorente (cedido por el Real Madrid) y Theo Hernández (el vertiginoso lateral izquierdo cedido por el Atlético de Madrid). Jorge Sampaoli no vive sus horas más felices en el Sevilla, pero durante tres meses el equipo jugó con un arrebato y una grandeza admirables.

En Inglaterra, la estatura de Pochettino en el Tottenham Hotspurs se acerca cada vez más a la de Simeone en el Atlético de Madrid. El equipo londinense, que no gana el campeonato de Liga desde 1962, es segundo y está a punto de alcanzar al Chelsea. Contra el ideario general, dominado por la desconfianza hacia los jugadores británicos, Pochettino ha triunfado en el Tottenham con una amplia representación de jóvenes ingleses: Walker, Rose, Dier, Dele Alli y Harry Kane.

Por diferentes que sean sus propuestas, o precisamente porque son capaces de prestigiarse con modelos muy distintos de fútbol, los técnicos argentinos figuran entre los más respetados de Europa. Es en la Argentina donde parece que no merecen la misma consideración, o una cuota suficiente de acuerdo. Fuera de las deficiencias estructurales de la AFA, que no son pocas, el fútbol argentino invita al exceso y la trifulca. Y por lo que se ha visto hasta ahora, con decepcionantes consecuencias. Más que un lugar de encuentro, la selección es un escenario inquietante para los entrenadores y para los futbolistas.

El caso de Sampaoli resulta significativo. Cualquiera que sea la opinión sobre su modelo futbolístico, es evidente que su trayectoria merece crédito. Lo ha demostrado en el Universidad Católica, la selección chilena y el Sevilla. No es el único aspirante, pero no es descartable como nuevo seleccionador. Probablemente sea su gran sueño profesional, aunque ningún amigo español se lo recomendaría. A la vista del incendiario clima que han alimentado sus opositores, las posibilidades de un trabajo razonable son mínimas. Lo mismo se puede decir del resto de aspirantes. A este lado del Atlántico, la gestión técnica de la selección argentina se interpreta menos desde la solvencia profesional que desde el lamentable efecto de un clima salvaje.

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