Casas antiguas que se convirtieron en librerías con onda

Son construcciones originales de fines del siglo XIX y comienzos del XX que fueron elegidas por amantes de los libros para alojar a los más diversos universos literarios
Romina Metti
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27 de abril de 2017  • 10:15

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FALENA

Falena es una mariposa nocturna, de cuerpo delgado y alas anchas. También es el nombre que eligió Marcela Giscafré para bautizar a su librería, que además de libros tiene una cava con vinos de bodegas boutique, un espacio para encuentros culturales y una terraza para avistar Chacarita desde lo alto: “Conocí la palabra porque Virginia Woolf iba a llamar ‘Las Falenas’ a su libro Las Olas. Hay un símbolo que es la falena que va al fuego y se quema en el fuego y tiene un significado fuerte para muchas culturales”. En Falena los libros no están organizados por editorial ni por género, sino por países: el viaje es el móvil que alimenta cada uno de sus espacios.

La casa es de 1930: originalmente por la ochava se ingresaba a un comercio y por el costado a la vivienda. Su fachada sin vidrieras, con ladrillo a la vista y portones de madera rústica hace pensar más en un fuerte medieval que en una librería entre casas bajas. Tiene alrededor de 200m2 que se distribuyen entre salones, entrepiso, sótano, patio y terraza. Para reinventarla, Marcela inició una obra que respetó todo el casco y la estructura del edificio, poniendo en valor su identidad y cambiando revestimientos, pisos y cañerías. El diseño de interiores lo trabajó con distintos profesionales y buscó generar un contraste entre “lo duro y lo suave, lo que es industrial y delicado al mismo tiempo”, explica. El ladrillo, el hormigón, la madera y el hierro se orquestan en una composición de espíritu hogareño, que invita a quedarse.

LIBROS REF

“La referencia es el azul”, rezan las postales de la casa especializada en libros antiguos y modernos que abrió sus puertas en 2010. Ubicada sobre la última cuadra ancha de Honduras, casi esquina Gascón, REF tiene la fachada más pintoresca del barrio. “Tenemos muebles de estilo, estanterías hechas a medida y vitrinas antiguas. Lo que más destacan los clientes son los sillones restaurados, de estilo barroco, tapizados en pana color verde que dan una sensación de living de abuela”, cuenta el equipo de la librería. Los pisos de pinotea, las mesas y mesitas, las bibliotecas de distintos tamaños, las antiguas puertas de doble hoja y los sillones cómodos dan una sensación íntima y doméstica, de una casa que se fue armando: “Empezó como un proyecto personal que fue creciendo con el boca a boca. Al principio era todo mucho más artesanal pero fuimos sumando cosas”.

En sus anaqueles se organizan novelas, ensayos y libros de poesía por sección: “La última sección fue la de orientalismo y anarquismo, acompañada de un espacio de lectura decorado con una butaca y veladores”, continúan los REF. El diseño de interiores y las piezas con identidad de marca fueron propuestos por Maia Liberman y las ilustraciones realizadas por Natasha Spitzer. Entre barras, tragos y parlantes, el patio suele hacer de escenario para encuentros musicales: hace unos días lo visitó Sergio Rotman. Además de ser una referencia inevitable para los buscadores de literatura alternativa, ejemplares extintos y ediciones de colección, “REF” abre sus puertas para una estadía memorable, de esas que se narran en cada uno de sus detalles.

MI CASA

En 2009 Nurit abandonó su trabajo como economista para dedicarse full time a su otra pasión: la poesía y la literatura. MI CASA Comenzó con un ciclo de lecturas y la venta de libros de escritores y editoriales amigas en Villa Crespo. Su propuesta se especializa en poesía y narrativa contemporánea argentina y latinoamericana, y se encuentra dentro de la propia casa de Nurit: “No tuve primero la idea y después el concepto: en ese momento había renunciado al trabajo y decidí que quería leer. Una buena forma de afrontar la crisis era hacerlo en mi casa, también porque yo quería manejar mis propios horarios. Partí de una frase de Clarice Lispector: ‘A la organización no se le opone la desorganización sino una forma nueva’”, cuenta. A la librería se accede desde el living y desde el patio: la carpintería de vidrio y hierro detrás de la cual viven los libros, es tapada por un árbol Eugenia de 10 metros de alto que parece el más antiguo habitante del PH.

Cuando Nurit llegó, la casa conservaba huellas de sus inquilinos anteriores: una arquitecta francesa que intervino su forma y una pareja de brasileños que le dio su impronta artística. Nurit la fue completando con libros, cuadros, objetos de autor, piezas hechas con la técnica del origami y bibliotecas a medida (sus estantes tienen 10, 22 y 30 cm. de alto). La madera la quiso en blanco, para que en sus anaqueles se destacaran los distintos altos de los lomos de los libros y los colores de sus tapas, que se organizan por editorial. Lejos de la fantasía del speakeasy, al tocar el timbre e ingresar a Mi Casa sin contraseña, el lector recibe generosamente todos los secretos que Nurit selecciona con habilidad detectivesca.

MUSARAÑA LIBROS

Desde 1916, esta casa aloja a la familia Bidegaray en el barrio de Florida. “Antes fue el hogar de mis abuelos paternos, mi viejo y mi tío”, cuenta Alejandro, hijo de Juan y María y hermano de Juan, cuarteto responsable del centro cultural Casa Florida y la librería Musaraña. “Mi viejo Juan y yo estamos al frente de Musaraña. No venimos del mundo de la literatura pero somos muy lectores y desde siempre tuvimos el berretín de la librería propia. Surgió de la posibilidad de acompañar el proyecto de centro cultural Casa Florida con un local propio, y lo primero que pensamos fue en libros. Nació como una aventura y hoy es nuestro hogar laboral”, amplía Alejandro. Antes de la apertura del espacio, en 2012, llevaron a cabo una obra para adaptar la casa chorizo a su nueva vida: intervinieron una de las habitaciones, transformaron la ventana en vidriera, acondicionaron el acceso principal con una puerta antigua, bajaron el piso flotante para ganar altura y crearon un entrepiso que sirve como depósito.

“El año pasado derribamos una pared interna y ampliamos la librería al doble de su tamaño original tomando lo que era el antiguo comedor de la casa”, cuenta Alejandro. Actualmente la librería tiene 40 m2 y los espacios se diferencian por el tipo de libros que se pueden encontrar: literatura independiente, poesía, historieta, fotografía, ilustración, música y arte. La mesa central, hecha con los tirantes de pinotea del antiguo piso flotante, organiza la circulación en torno a sí. Todo el mobiliario fue hecho a medida por herreros y carpinteros; del armado participaron todos los integrantes de la familia y el proyecto de diseño estuvo a cargo de dos arquitectos amigos de la casa, Viviana Juliá y Carlos Asad. El ratón de biblioteca es aquí reemplazado por la musaraña, acaso un pariente lejano de aquel, pero sin dudas más simpático: lo que sí comparten es la obsesión por este espacio en el que la letra impresa es la mejor excusa para estar con uno mismo.

LIBROS DEL PASAJE

“Fue la concreción de un sueño”, cuenta María Oyhanarte, una de las creadoras de Libros del Pasaje en Palermo. En 2004, cuando encontraron la casa, el barrio era otro: “Buscábamos un espacio en San Telmo o Palermo. Cuando nos cruzamos con este, nos enamoró el pasaje. La fachada tenía otras ventanas, pero imaginamos esta gran vidriera a través de la cual siempre se pudiera ver el pasaje. Cuando las personas se dan vuelta y miran en esa dirección, quedan atrapadas por la vista”, explica. También es un recurso para recrear escenas: suelen intervenir el gran paño de vidrio con ilustraciones y dibujos.

“La casa marca el estilo, la librería marca el espíritu, el bar marca la onda”, define Marcela, para quien la promesa de Libros del Pasaje siempre estuvo dada por el espacio y su gente: poder encontrar la historia que uno busca de la mano de libreros apasionados. La transformación de la casa original sucedió en tan solo tres meses, aunque recuerda que tuvieron que tomar decisiones difíciles: reemplazar el jardín por el bar, construir bibliotecas que llegaran hasta los altos techos abovedados (de allí las escaleras corredizas) y generar una iluminación atractiva en la parte posterior de la librería. Para contribuir a la movilidad ante algún evento o falta de espacio, para el pasillo central de la librería se diseñaron mesas con ruedas, que además organizan el recorrido. La librería es un espacio en el que todo abunda pero nada está de más: en esta, además de la madera y los libros, es crece la intención de hacer de la literatura un pasaje sin fin.

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