Daniel Hendler, el hombre de la calle

Daniel Hendler se prueba nuevamente la silla de director
Daniel Hendler se prueba nuevamente la silla de director
El actor uruguayo presenta El candidato, su segundo film como director, y explica por qué la vida en el mainstream televisivo puede ser tan atractiva como peligrosa.
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5 de mayo de 2017  • 11:38

Por Humphrey Inzillo / Fotos de Fernando Dvoskin

Durante 2012, gracias al éxito de Graduados –la comedia con guiños nostálgicos a los 80–, Daniel Hendler alcanzó un pico de exposición desmesurado. Este actor uruguayo radicado en Buenos Aires desde principios del nuevo milenio, ya había actuado en una publicidad exitosa en los inicios de su carrera (“Walter”, para Telefónica, fue su carta de presentación) y muchas otras películas. Sin embargo, el personaje de Andy Goddzer se proyectó a millones de hogares en el Prime Time de Telefe y lo catapultó a la masividad definitiva. Un protagónico en la serie con más audiencia de la temporada, según los cánones de lo que usualmente entendemos como una carrera “exitosa”, no sólo es a lo que todo actor querría aspirar. También implica el inicio de un nuevo orden, otro posicionamiento, otro estatus.

Sin embargo, desde la última emisión del programa, Hendler le gambeteó al mainstream televisivo. Lo que podría entenderse como una huida de la zona de confort, es para él todo lo contrario. “Puede haber algo de fobia ahí. No sé si es una cuestión ideológica”, explica. “Algo de miedo a verme atrapado en una bola de nieve que me haga perder la razón. Quizás un miedo a mí mismo. Al monstruo que puede salir de mí si me sintiera confortable en esos universos donde el éxito es casi todo lo que se persigue. Te aclaro esto para sacarle toda la cuestión romántica. La verdad es que me siento más cómodo cuando estoy concentrado en cosas que están en una escala a mi alcance y donde puedo trabajar con más salud.”

Estamos en el San Bernardo, el clásico bar billares de Villa Crespo, que desde hace unos años se volvió un reducto nocturno para hipsters. Pero ahora, a las 10 de la mañana de un miércoles de otoño, su estética anacrónica le otorga cierto halo montevideano. Acaso, también, porque al cortado lo sirven en vasito, según indican los usos y costumbres de la Banda Oriental del Río de la Plata. En una de esas mesas, Hendler explica que no reniega de su paso por Graduados, por el prime time, por el mainstream. “Siento orgullo de haberlo hecho. De haber llegado hasta el final y disfrutando, pero sabiendo que estaba en mis últimos restos psíquicos. Yo quería salir a la calle y que las cosas sucedieran de una manera normal. La confusión que genera la tele es la mirada del otro: o sea, uno entra a las casas de la gente y entonces se vuelve una figura familiar. Eso genera una demanda. Porque uno es invasivo con el otro. Y el otro te dice yo te presto atención todos los días, entonces vos prestame atención a mí. Eso se reproduce en muchísima gente y uno se vuelve un monigote de esas reglas del juego.”

Entonces, como si fuera un guiño del destino, uno de los parroquianos, treintañero, nos interrume. “¿Daniel Hendler? ¿Te puedo pedir una foto?”, saluda. “¡Aguante Graduados! Siempre lo veíamos con mi mujer. ¡Qué buen programa! Me mató la parte que fueron a la casa de Charly García. ¿Y? ¿Es buena persona Charly?”, pregunta. Mientras tanto, Hendler posa con una sonrisa. Pasaron casi cinco años y, todavía, lo reconocen por aquel papel. Como si fuera un personaje de su admirado Woody Allen, Hendler a veces tiene otros inconvenientes con la fama, además de su timidez. Lo confunden por la calle. Al punto tal que se armó un pequeño ranking: “La mayoría de las veces me dicen «Sergio» (por el periodista deportivo Sergio Gendler) y «Jorge» (por Drexler). Algunas veces también me llaman «Gastón» (por Gastón Pauls)”, enumera.

“A mucha gente le cuesta pensar que hay otras alternativas para el actor aparte del éxito de la tele”, explica. “ Por ahí, lo duro es bancártela cuando te subís a un taxi y el taxista te dice: «¿Qué pasó que no te llaman más?». Y vos le explicás que no es que no te llaman más, sino que, por ahí, vos pensás en hacer otras cosas. Entonces te miran por el espejito y te dicen «sí, dale», pero te das cuenta de que no te creen nada”, confiesa con una sonrisa agridulce. “Esa decisión no es tan difícil cuando uno tiene la suerte de poder hacer cosas que le gustan. Si no hubiera tenido otros proyectos interesantes, hubiera seguido haciendo tele, uno tiene que trabajar. Sería injusto quedar como «el que le escapa al éxito». Porque, por ejemplo, me hubiera encantado que me llamen para el papel de Sandro en la serie de Telefe.”

Pero en vez de enfocarse en la TV, Hendler apostó por el cine: el mes pasado se estrenó El otro hermano, la adaptación de Bajo este sol tremendo, la novela de Carlos Busqued protagonizada por Leonardo Sbaraglia. Y el jueves 11 llega a los cines El candidato, su segundo largometraje como director, que en su elenco incluye a Diego de Paula, César Troncoso, Alan Sabbagh y Verónica Llinás. Pero también a su círculo más íntimo: su esposa, la actriz y directora Ana Katz, y uno de sus hermanos, Matías Singer, también responsable de la banda sonora. El film narra la trastienda de la campaña política de Martín Marchand, el hijo de un empresario que está a punto de lanzar su propio partido y en un fin de semana junta a un equipo de asesores y diseñadores en una imponente mansión campestre. “Partiendo de la base de que todo film es político, debería decir que este es un film político lo suficientemente cobarde como para no exponerme tanto en este momento tan álgido”, sostiene. “En realidad, en el fondo es político. Pero en la superficie es una comedia. Y es verdad que la superficie de desvanece un poco, y emerge otra cosa. Por eso yo la defino como una comedia trágica. Las cosas graciosas ocultan una parte angustiosa, que es lo que creo que motoriza la película. Pero, en cualquier caso, es un híbrido. No podría decir que se inscribe en lo que sería un thriller político porque tiene una ironía que la atraviesa y que por momentos le quita un poco de seriedad al asunto.”

¿Cuál fue el disparador inicial de El candidato?

Yo tenía ganas de adaptar una obra de teatro que dirigí con mi grupo de teatro Acapara el 522, en el año 2000. Trataba sobre una brigada inexperiente que no se sabe bien con qué propósito estaba ensayando una misión para revolucionar el mundo a través de la cultura uruguaya. Creo que fue por ganas de adaptar algo de ese tono. Pero también por la angustia que me provocaba ver las campañas políticas de ese momento, donde se empezaba a notar cada vez más la presencia de asesores en lo actoral en vez de lo político. Las consignas detrás de los discursos y de cómo respondían en las entrevistas algunos políticos, que de hecho han llegado lejos.

A mí, como actor, me parecía demasiado evidente la presencia de profesores de teatro detrás de esos impresentables. Y advertir eso, también me llevó a querer meterme en la construcción de los discursos políticos. Después no tuve ni que proponerme evitar las banderas, porque cuando empiezan a aparecer los personajes, las banderas se desvanecen. Y emergen por ahí otro tipo de convicciones que no tienen que ver con una coyuntura tan específica, sino con cosas que recorren a varios representantes de la política, en especial a los que vienen del lado de las empresas.

¿Cómo investigaste el backstage de esta “nueva política”?

Más que investigación, fue una cuestión de imaginario. Por ahí, cuando uno empieza a trabajar una idea y a desarrollarla, se empiezan a decantar ciertas propuestas. Se empiezan a depurar algunas ideas que no resisten demasiado análisis. Y por ahí lo que termina quedando puede que se parezca un poco a la realidad. Por ahí, del imaginario surgen ideas libres y las que no se ajustan mucho a la realidad van mutando hasta encontrar una forma verdadera. Pero no hubo ninguna intención de hacer algo responsable, sino un retrato, o una historia, que tiene que ver con impresiones y observaciones libres.

¿El personaje principal, Martín Marchand, está inspirado en algún político en particular?

No. Yo no podría hablar de un referente concreto, un político real. Más allá del rechazo que me puede provocar en un inicio, también aprendí a quererlo y a rechazarlo al mismo tiempo. Traté de entenderlo y entender cómo carajo puede ser tan tarado por momentos, y cómo puede estar tan atrapado y mentalmente obstruido en algunas zonas que uno desearía que supere, por el bien de los que recibirán sus influencias y el peligro inminente que significa para muchas personas. El problema, más allá de su historia, es el lugar que ocupa y los intereses que tiene que defender o representar, que terminan moldeándolo y encerrándolo en un camino al que asistimos con cierta tristeza y, por momentos, con cierta comprensión.

Puede entenderse a El candidato como el tercer episodio de una saga que comenzó con el largo Norberto apenas tarde (2010), primer opus de Hendler como director que narra una historia de un hombre que se queda sin trabajo y empieza a estudiar teatro, y que continuó luego con Guía 19172, una miniserie web –disponible en el canal de la UNTREF–, que explica con mucha información y guiños humorísticos a la ley que regula el mercado del cannabis en el Uruguay. Esas tres producciones tienen un link más o menos directo con cuestiones sociales: el desempleo, las libertades individuales y la política. “Puede ser que yo asuma el peso de cierta responsabilidad que tenemos los autores. Porque estamos buceando en la libertad más absoluta, una obra no puede ser sólo una cuestión de autosatisfacción sin hacer algún tipo de aporte. Aunque ese aporte sea efímero, o funcione más por contagio que por un efecto inmediato, o simplemente sea parte de un gran colectivo de obras que están dialogando entre sí. Pero pienso que algún diálogo con la realidad tiene que tener. No es que me lo proponga: sucede así. En un momento, me empezaron a afectar algunas cuestiones que son las que me impulsan a querer decir algo o armar estos proyectos. Siempre hay alguna pregunta de fondo más que el deseo de ser director o actor. Ganas de sumarme al discurso de otro, de crear una secuencia de preguntas o una mirada sobre un tema en particular.”

El jueves 11 llega a los cines El candidato, su segundo largometraje.
El jueves 11 llega a los cines El candidato, su segundo largometraje.

Hendler empezó a fantasear con ser actor desde niño, cuando vio Rocky, el clásico protagonizado por Sylvester Stallone, y algunos westerns y policiales que veía con sus padres. Pero además, para exorcisar su primer karma: “Yo tenía mucha habilidad para mentir y eso me angustiaba, porque una vez que armaba una mentira tenía que dar vuelta atrás porque no quería sostenerla. Entonces decidí aplicar eso a algo más o menos saludable”. Su educación sentimental comienza, entonces, a los 14 años, cuando se hace socio de la Cinemateca Uruguaya. “Empezamos a ir con mi amigo Federico Veiroj. El miraba tres películas por día y las vio durante años. Yo no iba tanto, pero igual curtí mucho Cinemateca, como muchos montevideanos. Y también me hice socio de Video Imagen Club (VIC), el videoclub de un crítico que se llamaba Ronald Melzer.”

¿Qué veías en ese momento?

Me fanaticé rápidamente con Woody Allen, pero también me empezó a gustar el cine europeo. Iba y le pedía a Ronald Oblomov, o una de los hermanos Tavianni. Y él me decía: “¿Para qué querés ver eso?”. Él me humillaba y me decía que me iba a aburrir, y me ofrecía algo más digerible, más fácil. Pero yo ya sabía que quería entender para poder discutirle al tipo con cierta autoridad por qué yo podía ver esa película. Esos pequeños datos de resentimiento forjaron mi interés de estudiar cine.

¿En qué momento empezás a pensar en dirigir?

En la escuela ya armaba las obras de teatros con mis compañeros. Me gustaba dirigir. Y cuando empecé a estudiar teatro, empezamos a hacer cortos con Fede Veiroj, Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Como yo venía del palo de la actuación y ellos estudiaban cine, intercambiábamos información.

¿Tenés formación académica en cine?

No, aunque valoro los elementos que hacen a la formación académica, me formé en el set. Filmé algunos cortos, hice varios talleres de guión, gané la beca de la Fundación Carolina para trabajar en el guión de Norberto apenas tarde. Sin embargo, valoro la formación como algo inacabado en constante proceso. No siento que sepa dirigir o actuar. Estoy aprendiendo siempre. Cuando me meto a dirigir, no siento que la tenga atada. Sí descubro que algunas cosas me empiezan a salir mejor que antes. Como que todo fluye un poco mejor. Pero eso me pasa tanto en la actuación como en la dirección. Tiene que ver con el oficio y realmente me da mucha satisfacción. En realidad, no sé cómo se dirige una película. Siempre hay algo de salto al vacío.

¿Cuán importante fue para tu formación Leo Maslíah?

Yo me volví muy admirador de su obra, su literatura y su música, de adolescente. Después, también, de sus obras de teatro. Con Fede (Veiroj) lo seguíamos a todos lados. Y después caí en un taller literario que dictaba. Tuve la suerte de que se interesó en unos cuentos que escribía y con otros compañero nos propuso para editar un libro que nunca prosperó. Pero eso, de todos modos, nos llevó a trabajar esos cuentos juntos. Ir a su casa para que me corrija puntuación y me sugiera cambios de palabras era un sueño hecho realidad. Fue, realmente, una cosa inesperada, injusta por lo afortunado que significó para mí ese acercamiento.

¿Qué tipo de correcciones?

Me explicaba, por ejemplo, por qué consideraba que en vez de un punto debería ser un punto y coma. O por qué prefería una palabra antes que otra. Yo tenía 18 años. Después, adapté uno de sus cuentos con Acapara el 522, mi grupo de teatro. Como le gustó, después nos escribió una obra para nosotros. Y después fui su asistente de dirección cuando la montó en Buenos Aires. Aunque lo tuve como maestro formal un tiempo breve, después quedamos en contacto y en mis ideas siempre aparece de una u otra manera. Creo que haber tenido la posibilidad de haberme acercado de tan chico a una personalidad del valor de Leo Maslíah es algo bien montevideano.

¿Te pensás más como actor o como director?

Para mí, es un poco parecido. La función del que hace cine o teatro en la sociedades de hoy tiene que ver con proponer espejos, ángulos para mirar ciertas cuestiones de la humanidad o entretener. Por eso, cuando en las fichas del aeropuerto cuando preguntan la ocupación pongo “cine y teatro”. No pongo “actor” o “director”. En alguna época, eso sí, agregaba “TV” para no faltar a la realidad. Pero no es que necesariamente me asuma más como actor. Aunque es probable que por el hecho de ser actor yo haya llegado a este bar a hacer esta nota. La verdad es que desde chico lo que me interesa es contar historias, desde cualquier lugar.

¿Por qué te decidiste a filmar Guía 19172?

Mi hermano Matías estaba muy interesado en las diferentes patas de la marihuana a nivel recreativo, medicinal e incluso industrial. Y ese programa nos posibilitaba meternos en varios temas políticos desde un lugar lúdico y, desde el humor, desmantelar ciertos prejuicios que caen sobre la marihuana. Más allá de que quizá no sea el más preocupante de los que nos tocan vivir como sociedad, es verdad que es una buena metáfora de otras cosas que pasan. Porque la marihuana fue demonizada justamente por el potencial industrial que tenía. Y el potencial medicinal amenazaba a la industria farmacéutica y a la industria textil. A partir de esa demonización, se interrumpieron todas las investigaciones sobre esta planta milenaria y riquísima por su complejidad por sus diferentes variedades y propiedades.

¿Y cómo fue esa experiencia?

Que una planta se puede demonizar por motivos ocultos y ser puesta debajo del mismo techo que muchas drogas habla de muchas cosas. Pudimos meternos en las contiendas políticas que hay detrás de esa ley para regular la marihuana. Y encontramos de todo: muchas cosas interesantes para divulgar y también mucha pavada para divertirnos. Y sobre todo nos permitió seguir de cerca una ley que fue bastante vanguardista y muy novedosa. Hasta ahora, es el único país del mundo que propone que el estado regule y monopolice la producción y la venta de marihuana.

¿Tenés una relación armónica con la marihuana?

Fumo poco, porque me da paranoia y me acelera mucho. La mente se me activa muchísimo, así que elijo hacerlo cada tanto: relajado, en situaciones muy íntimas, con amigos o para ver una peli. Pero no me favorece para nada en el trabajo, cada vez que fumé para actuar me fue pésimo. Sin embargo, me seduce la idea del cultivo.

La filmografía de Hendler como actor es extensa. Incluye highlights como 25 watts (2001), el film de Stoll y Rebella que marca un punto de inflexión en el cine uruguayo; El fondo del mar, debut de Damián Szifron en la pantalla grande; y Los paranoicos, una película de culto dirigida por Gabriel Medina. También fue algo así como el actor fetiche de Daniel Burman, que lo convocó para protagonizar la trilogía judaíca Esperando al mesías (2000), El abrazo partido (2004) y Derecho de familia (2005), una especie de saga cuya temática está vinculada al judaísmo porteño. “Como actor uno se suma con el discurso del otro. Y esas películas me encantaron. Pero la temática la elegía él. De hecho, no necesariamente coincidimos en la mirada sobre el judaísmo”, explica.

En la biografía de Hendler en Wikipedia, la enciclopedia libre y colaborativa de internet, la religión se cuela desde el inicio. “No la hice yo”, aclara. “De hecho, traté de cambiarla y no pude, porque para modificar algo tenés que basarte en un material que haya sido publicado. Así que por ahí aprovecho esta nota para corregirla.” Allí se puede leer, por ejemplo, que tuvo dos ceremonias de Bar Mitzvah, porque sus padres estaban separados. “Eso es algo que le conté a Burman y él lo exageró cuando lo contó en alguna nota. Como mis padres estaban divorciados, tuve dos instancias de Bar Mitzvah. Pero no es que soy tan judío que la hice dos veces”, aclara. “Soy judío, pero me siento mucho más cerca de la gente por otros motivos, afectivos o ideológicos, y ese es un tema que obviamente debe afectar en mi idiosincrasia y mis valores. Yo estoy seguro de que hay algo de la cultura judía que debo haber heredado. Digamos que soy judío y no es algo que cuestione mucho. Pero no armé un camino artístico que vaya por ese lado. Mi esposa no es judía, aunque su padre sí tenga un apellido judío. De lo que yo mamé de esa cultura me interesa la mirada sobre el Pésaj. Pero, al mismo tiempo, siempre festejamos la Navidad.”, aclara.

Hendler vive en Buenos Aires desde hace más de una década por amor. Está casado con la actriz y directora Ana Katz, y tienen dos hijos. Y en su relación se percibe una admiración mutua: “La admiración y el enamoramiento se mezclan, siempre. Cuando uno se ríe con la otra persona, se mezcla lo que te causa gracia con la risa y la mirada de la otra persona. Es muy difícil discernir que responde a cada cosa, porque de hecho el amor es una cosa compleja. Pero más allá de eso, me encanta lo que ella hace como artista. Sería difícil si, dedicándonos a lo mismo, no nos interesara lo que hace el otro. Por eso nos ponemos en un lugar de privilegio como espectadores”, dice. Cuando Hendler filma hay una opinión más importante que la de la crítica, la de los productores, la de sus colegas y la del público. La mirada de Ana se impone, por encima de todo: “Cuando hago algo, me interesa que a ella le guste. No es solamente una compañera en el sentido de colaboradora, sino una espectadora a la que siempre quiero encantar”.

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