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"Lo que hizo Menem fue un milagro"

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1 de diciembre de 1996  

Aunque su corbata Hermes (celeste con dibujos de barquitos) desnuda un refinamiento claro pero discreto, nada en él, ni en lo que lo rodea, es ostentoso: usa un reloj , si no anónimo, por lo menos lo suficientemente sobrio como para no llamar la atención; un traje muy normal, mocasines marrones. Nada del otro mundo en una persona que factura más de 3500 millones al año y que da productos y servicios a diez millones de consumidores.

Se nota que le gusta el color verde seco: es el que predomina en sus oficinas de Catalinas, también discretas, también sobrias, nada lujosas, donde trabaja por las mañanas con la ayuda de Anita, su secretaria por más de 30 años ("Ella es uno de los pilares de todo lo que he hecho", confiesa), y de la agradable eficiencia del director de Relaciones Institucionales de Socma, Jorge Aguado.

El mismo sello está impreso en cada centímetro de su casa de Barrio Parque. Buen gusto y sencillez. Amplitud por todos lados (son cuatro plantas de estilo racionalista), mucho color marfil, pocas cosas y mucha calidad parecen haber sido los mandamientos observados por la decoradora Laura Ocampo y la propia Evangelina Bomparola, pareja del empresario desde hace varios años.

En el tercer piso de sus oficinas de Retiro -donde continuó la charla, una hora antes de que comenzara la sesión de gym en un gimnasio ubicado en el mismo piso-, lo que predomina es el gris en moquette, paredes y silloncitos.

Pero lo que verdaderamente manda allí es la figura de Giorgio Macri, su padre, que observa todo con su cara de águila desde el más grande de todos los cuadros de la sala. En los más pequeños, un potpourri de personajes que van desde el Papa al Presidente, el cuadro que lo nombra Comendattore, un retrato con Evangelina tomado en una fiesta, la foto de sus 18 años, cuando tenía los ojos aún más azules que ahora.

El portarretratos que está más cerca de él, sobre el escritorio y más al alcance de su mano que cualquiera de los otros, es uno pequeño, de alrededor de diez centímetros por cinco. Allí hay una chica preciosa, rubia y también de ojos azules. Es Florencia, su hija menor. Cuando habla de ella, a él, el poderoso, el inmigrante que llegó a vivir en en una pensión de la calle Lavalle y hoy comanda un imperio, se le enternece la voz y la mirada se le vuelve mansa, húmeda.

Dicen que nunca deja de atenderla cuando lo llama por teléfono, ni aun durante las reuniones más clave e importante. Pero... sigamos.

-Está más en el candelero que nunca, señor Macri. Se lo menciona con insistencia para ocupar el sillón principal de la UIA.

-Mire, la más pura verdad es que nadie me ha ofrecido nada oficialmente, ni yo me estoy postulando.

-¿Pero a usted no le gustaría?

-Es que va más allá de mis gustos. Es un problema de si mis obligaciones me lo permiten o no. Es cierto que tengo las ideas muy claras y creo saber exactamente lo que necesita el país. Pero no lo es menos que hay una sola obligación que yo siento realmente como una vocación, o un placer, o como se quiera llamar: es la de crear puestos de trabajo, crear y administrar empresas. Y ganar y reinvertir.

-Si le ofrecieran el puesto, ¿estaría dispuesto a pensarlo?

-Es evidente que no podría dejar de pensarlo. La Unión Industrial es un organismo muy difícil y creo que está necesitando una dosis de -cómo puedo decirlo- actitud política muy grande. Mientras presidir una organización de un sector con intereses unificados es mucho más claro, concreto, defender los intereses de la Unión Industrial es más difícil. Yo creo que podría cubrir muy bien el papel conceptual del rol que tiene que tener la industria argentina en general, dentro del país. Pero no me sentiría muy dispuesto ni capacitado en la defensa de intereses muy sectorizados. Y esto debería verse compatible con la filosofía de la Unión Industrial.

-Hablemos de política. ¿Qué perfil le ve al candidato presidencial que gane en el 99?

-Deberá ser un presidente que se preocupe de administrar bien lo que se habrá alcanzado hasta entonces. En el 99 necesitaremos un presidente que ya no haga más milagros, que administre bien, que tenga una cantidad de colaboradores altamente profesionalizado en cada área específica.

-Usted considera que lo que hizo el presidente Menem es milagroso, ¿verdad?

-Sí, por el tiempo y por la dureza de los cambios impuestos a una sociedad estructurada para rechazar esos cambios. Fueron muchos cambios en corto tiempo. Por eso digo que es milagroso.

-¿Qué opina de una nueva reelección de Menem?

-No tengo ninguna opinión. Realmente, si la tuviera, la diría. Yo creo que el Presidente ha hecho un gran esfuerzo y lo mejor que puedo augurarle es disfrutar del futuro de la Argentina desde una posición de referente, de estadista. Pedirle que siga administrando el país sería pedirle un esfuerzo excesivo. Ya puede delegar esa función en la persona a la que la ciudadanía considere apta.

-¿Está pensando en escribir sus memorias?

-Sí. Mire..., muchas veces se han dicho cosas absurdas sobre mí, se han planteado dudas, y yo no he salido a desmentirlas. Una periodista americana, Judith Evans, me dijo hace unos años que le interesaría escribir sobre mi vida, y bueno...

-¿Está haciendo algún tipo de apuntes?

-Yo tengo una memoria de elefante y he escrito bastantes cosas. Sí, tengo muy buena memoria, pero trato de no utilizarla, porque uno de los secretos de una buena administración es no confiar en su propia memoria. Usted sabe que hay un cuento famoso de alguien que buscaba un contador. Le preguntaba a los candidatos cuánto es dos más dos. Le contestaban cuatro lo más rápido posible, para parecer inteligentes. Hasta que llegó uno que escribió un 2, un signo + y otro 2. Cuatro, respondió. Tomó a ese contador. Yo escribo todo: lo que tengo que hacer, lo que tengo que controlar, lo que tengo que recordar, escribo mis estrategias y las repaso año tras año. No confío nunca en mi memoria.

-¿Le tiene miedo a algo?

-Tengo un miedo terrible a que le pase algo malo a los seres que quiero, que están conmigo o que yo ayudo..

-Me imagino cuánto habrá sufrido el secuestro de su hijo (Mauricio).

-Fue durísimo. Fue lo más duro que me pasó en la vida. En general, yo trato siempre de mirar hacia adelante. No pienso en las cosas pasadas, ni en las buenas ni en las malas. Pero sí recuerdo, a veces, que estuve 15 días encerrado en esta habitación, sentado en esa silla, sin dormir y pendiente del teléfono.

-Se dice que usted se convirtió poco menos que en detective para dar con su hijo.

-Bueno, en realidad sí. Porque yo inmediatamente contraté a la agencia americana más especializada en ese tema. Hubo dos personas -dos agentes que recuerdo con mucho afecto- que colaboraron conmigo y que intentaron tomar el mando de la operación, pero finalmente aceptaron que lo tuviera yo. Al final del camino, reconocieron que había hecho una labor perfecta. ¡Fue terrible, terrible...!

-¿Rezó mucho en esos días?

-Sí, siempre rezo. Cada vez que me acuesto, rezo. Creo en Dios. Le digo más, creo en otra vida y creo en que hay que merecérsela. Creo en la ley del premio y castigo, en esta vida y en la otra...

-¿Cómo vive usted el proceso que está pasando su hijo en Boca?

-Como un esfuerzo muy grande de alguien que decidió y pudo, a cierta altura de su vida, seguir una vocación que tenía desde hace años. Creo que está haciendo una gran labor desde el punto de vista empresarial, muy inteligente, muy ordenada.

-Pero está pasando un año muy duro...

-Sí, pero ya es un hombre grande... Creo que le está faltando un poco de suerte.

-¿Usted no lo aconseja?

-¡No, no, no! Nunca hablamos del tema.

-¿Cuánto tiempo se dedica a diario a usted mismo?

-Bueno, diría que las 24 horas, porque lo que yo hago me gusta muchísimo. Para mis afectos tengo todo el tiempo que ellos necesiten, porque si yo les quisiera dar todo el afecto que tengo, sería una carga para ellos.

-Tiene una casa maravillosa, ¿la disfruta realmente?

-Sí, claro que sí. Usted ve que todas las tardes trabajo acá, en mi casa. Desde hace varios años. Aunque en los primeros tiempos de mi trabajo yo vivía más en las obras que en casa, siempre ha sido un placer volver a ella. De las obras, de los viajes. La primera cosa que digo cuando vuelvo a casa es un viejo refrán italiano que dice: Casa mía, Casa mía, per cuanto piccola sía, sempre mi sembra una abadía. Creo que esto lo digo desde que tuve mi primera casa -¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de su vida?

-Quizá sea el de mi colegio, el Colegio Nacional, que estaba en Roma, en Tívoli. Los recuerdo como años duros: terminé siendo pupilo porque mis padres se separaron, algo insólito en aquella época. Fue duro. Sufrí mucho.

-¿Cómo decidió venir a la Argentina?

-Mi padre decidió venir a la Argentina solo, durante la guerra, porque allá había pasado muchos sinsabores. Luego nos llamó a nosotros, sus tres hijos (Tonino, María Pía y yo), ya que los Tribunales le otorgaron nuestra tenencia. Mi padre era escritor, político y empresario. Había fundado un partido político, el partido del Uomo Qualunque, que tuvo mucho éxito en un cierto período de Italia, luego de la guerra.

-Se dice que sufrió varios bombardeos....

-Es muy cierto, los recuerdo claramente. Recuerdo que yo estudiaba en medio de la guerra. Del año al 40 al 45 estuvimos en guerra; vale decir que yo viví eso de los 10 a los 15 años.

-¿Llegó a pasar hambre?

-Claro que sí, muchísimo. Porque hubo un momento, en Roma, en que a pesar de que mi padre era un hombre de cierta fortuna, no había forma de conseguir comida. Fue declarada "ciudad abierta y quedó encerrada en un aro de control donde a veces se podía encontrar comida sólo en el mercado negro, que además era peligroso porque si a uno lo descubrían lo fusilaban en el acto. Sólo había cien gramos de pan negro por día por persona, un poco de porotos... Sí, fue una época dura.

-Hábleme un poco de la llegada a Buenos Aires.

-Llegamos el 6 de enero de 1949. Creo que era un jueves o un viernes. Al lunes siguiente estaba trabajando en una obra.Vinimos en un barco de esos que eran transporte de guerra. Pero estaba todo emparchado porque un torpedo lo había partido por la mitad y entraba agua por todas partes. Nos llegaba a la rodilla.

-¿Qué estudió?

-En el colegio, en Italia, estudiaba una parte técnica y otra parte más cultural. A los 16 años me recibí y entré en la Facultad de Ingeniería. Cuando vine a la Argentina, empecé a trabajar en una obra, como empleado, pero al mismo tiempo revalidé mi título. Volví a dar todos los exámenes del bachillerato en el Nacional Buenos Aires. En el curso intensivo que se daba en el Nacional había, creo, 93 extranjeros. Aprobamos sólo ocho o diez.

-¿En qué idioma hablaba?

-En italiano: todavía no hablaba español. Pero me arreglé, aprendí rápido. Y además trabajaba ocho horas diarias, en Ezeiza. Me venía en colectivo desde la obra hasta Liniers y después tomaba el tren. En Ezeiza trabajé en el Barrio Ciudad Evita, uno de los que hizo Perón.

-¿Era empleado o patrón?

-Empleado. Después me fui de capataz a una obra, porque trataba de ir haciendo aprendizaje. Luego puse una pequeña empresita. Al principio era subcontratista: no ponía capital, sino trabajo. La maquinaria la ponía la empresa principal.

-Extraña algo de aquella época en la que todavía podía contar la plata que tenía?

-Si lo miramos desde el punto de vista de la plata, no extraño nada. Nunca hubo diferencia, porque nunca le he dado importancia extrema a la plata. Si lo vemos desde el punto de vista del tipo de vida, extraño la vida en las obras. Los campamentos. Era una mezcla entre colegiales y militares... Trabajábamos mucho y a la noche, aunque estábamos cansados, jugábamos a las cartas, charlábamos. Si podíamos, salíamos, teníamos alguna novia. Es una vida muy particular.

-Algo curioso es que a su alrededor siempre hay mucho peronismo. El Barrio Evita por aquel entonces. Carlos Grosso, en tiempos más cercanos. ¿Sigue siendo amigo de Grosso?

-No, después de los percances que tuvo como intendente no nos hemos visto más, porque finalmente tuvimos en desacuerdo... Digamos que naturalmente nos alejamos cuando él entró en la política. Eramos amigos, como soy amigo de todos mis colaboradores, cuando trabajaba para mí. Nunca tuvimos una relación intensa.

-Pero leí en algunos artículos que usted le salvó la vida cuando él estuvo detenido...

-Bueno, hice todo lo posible para que lo liberaran, porque había sido empleado nuestro. Lo hice luego de haber investigado que él no tenía ninguna participación activa como extremista. Estaba seguro de su integridad moral. Entonces hice una cantidad de gestiones con gente que no conocía, pero que evidentemente creyeron lo que yo dije. Según Grosso, esto puede haberle salvado la vida.

-Hábleme del proyecto Lincoln West.

-Como empresa argentina en los Estados Unidos, traté de construir un millón de metros cuadrados paralelos al Central Park, sobre el río, desde la calle 56 hasta la 72. Era casi una ciudad. Pero me pusieron tantos inconvenientes que decidí vender. Coincidía con la compra de Sevel y con el hecho de que había realizado nuevas inversiones acá, en la Argentina. Preferí volver y concentrar mis capitales acá.

-¿Le dolió perderlo?

-Muchísimo. Me costó un infarto. Aunque no creo que haya sido ese el motivo principal, fue al mes y medio de firmar la venta. Los psicoanalistas dirían que podría haber sido eso.

-Hablando de psicoanalistas, no me diga que alguna vez fue a uno...

-Todo el mundo fue alguna vez al psicoanalista. Yo también. He tenido momentos muy difíciles a lo largo de mi vida, a raíz de un divorcio o por problemas existenciales. Yo también sufro, como cualquier ser humano.

Roque, el mejor

Franco Macri, en la primera línea entre los empresarios argentinos que más han elogiado la transformación económica impulsada por Carlos Menem, aprueba también, con igual entusiasmo, la designación de Roque Fernández como sucesor de Domingo Cavallo.

"Hoy tenemos el mejor ministro de Economía que podríamos tener en esta etapa -dice-. Después de la primera etapa de cambios hubo un impasse, donde no sabíamos bien cómo acelerar el crecimiento. Veo que Fernández da acceso al diálogo, reflexiona, estudia, y su gente trata de estar abierta al debate".

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