Cambió la historia de la TV, pero puede hacerlo de nuevo

Dolores Graña
Dolores Graña LA NACION
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23 de mayo de 2017  

Es sencillo pensar que, 27 años después, finalmente los espectadores están preparados para recibir este regreso de Twin Peaks como corresponde. Después de todo, buena parte de los elementos que conforman las series de esta era de oro puede rastrearse directamente al ADN de la ficción de Mark Frost y David Lynch.

Sin Twin Peaks no existiría la meditación existencial de Six Feet Under, ni la paranoia de un prolijo agente del FBI atrapado en una telaraña sobrenatural de The X Files ni la pérdida de la inocencia en un pueblito condenado por los pecados de sus mayores, como en Buffy y V eronica Mars. Ni siquiera imaginaríamos a una familia capaz de subsistir con el alimento de su propio dolor y su capacidad de causar daño a los de afuera, como Los Soprano. Ni qué hablar de la osada decisión de construir un programa de TV como un rompecabezas hecho de pequeños enigmas, donde el espectador es el único capaz de ver el dibujo completo (con los riesgos que dejó en evidencia Lost, pero también la propia Twin Peaks, una vez que la cadena ABC decidió que ya era hora de revelar al asesino de Laura Palmer).

Pero sobre todo sin Twin Peaks no hubiésemos aceptado la noción de que una serie podía ser una obra de arte, que podía tener un autor, un propósito y un mundo al que mudarse, en ese entonces, una hora por semana. Gracias al streaming, ahora podemos "vivir" en una de estas construcciones artísticas durante semanas o incluso meses.

En teoría, gracias a la bonanza de grandes títulos y grandes creadores, un avezado consumidor de series "de paladar negro" bien puede creer que ya ha visto todo, al menos una vez. Que el regreso de Twin Peaks -como el reciente de The X Files- sólo tiene como objetivo completar una historia trunca sólo por veleidades de la industria y de paso recuperar nuestras propias sensaciones al descubrirla inicialmente.

Pero esa certeza se desintegra en segundos al ver los nuevos capítulos. Es claro que, a nuestro primer regreso al cuarto rojo, esa suerte de limbo astral con cortinas rojas y piso zigzagueante de la serie, estos silencios perturbadores no se parecen a ningún otro (Lynch maneja las posibilidades expresivas del sonido como pocos). Sin dar demasiados datos, las imágenes son aún tan magnéticas como desconcertantes. Dos horas -y un cuarto de siglo- después, la total incapacidad para ejercitar nuestro "músculo predictivo" ante lo que estamos viendo termina por probar que hay cosas que sólo viven en Twin Peaks y que, afortunadamente, han regresado a nuestras vidas. Como Laura Palmer.

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