Liliana Colanzi: "La realidad es una construcción muy frágil"

Verónica Dema
(0)
28 de mayo de 2017  

Liliana Colanzi, escritora
Liliana Colanzi, escritora Crédito: Lourdes Plata/Web Eterna cadencia

En Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia), la joven escritora boliviana Liliana Colanzi despliega una voz que surge de la extrañeza del mundo. En estos ocho cuentos, que están siendo traducidos al inglés, francés e italiano, lo irreal se presenta en la realidad con serena naturalidad; en ellos habita un genuino desconcierto ante el fluir de la vida, acunado en el rumor de otras culturas que sobreviven con un aire fantasmal.

Nacida en Santa Cruz, Bolivia, en 1981, Colanzi publicó el libro de cuentos Vacaciones permanentes (2010). Ganó el premio de literatura Aura Estrada, de México en 2015. Vive en Ithaca, Nueva York, y es docente en la Universidad de Cornell.

Publiqué un libro de cuentos en 2010 y, poco después, empecé a cambiar y a sentirme lejana a él. Escribí este libro para olvidar la incomodidad del primero. Y para agarrarme a un cable eléctrico que me mostrara otro mundo. Nuestro mundo muerto es un libro del insomnio, lo escribí en una época en que dormía muy mal. Está ahí algo de ese terror y de esa sensación de colapso de la realidad.

El título del libro surge porque leí un artículo del antropólogo Lucas Bessire sobre los ayoreos, un pueblo nómade, cazador y recolector del Chaco que está siendo expulsado de su territorio, cristianizado y obligado a asentarse en un solo lugar. Este cambio radical de estilo de vida ha sido muy violento para ellos, equivale al apocalipsis, a una ruptura brutal de todo lo conocido. Una anécdota que me impresionó mucho fue la de un ayoreo que cantaba una canción sobre el fin de su mundo: "Éste es el tronco de todas las historias, habla de nuestro mundo muerto", decía.

Nuestro mundo muerto
Nuestro mundo muerto Crédito: Eterna Cadencia

En ese momento estaba escribiendo un cuento sobre un asentamiento en Marte, que es la siguiente gran empresa colonial que llevaremos a cabo, y trataba de invocar esa sensación de completa alienación que debe causar mudarse a un planeta donde no hay vida, donde cualquier paso en falso significa la muerte. Ese cuento se llamó "Nuestro mundo muerto".

Parto del desconcierto que significa no tener una respuesta para las grandes preguntas: ¿cómo se creó el mundo? ¿Qué pasa cuando uno muere? ¿Hay vida en otros planetas? ¿Existe el mal como una entidad? Estamos vivos pero lo ignoramos todo. No sabemos cómo perciben el mundo otros animales: cómo es la luz para la mosca o qué gama de sonidos oye una ballena, o de qué manera percibe el calor la garrapata. Por otro lado, la realidad es una construcción muy frágil. Una pastilla, una crisis nerviosa, un período de insomnio y el mundo puede transformarse en un lugar completamente distinto, regido por leyes misteriosas. La escritura es una vía para explorar esas distorsiones.

Mientras escribía, se me cruzaban cosas que escuché de niña en el campo. Recuerdo a una mujer, esposa de un bracero, que aconsejaba no bañarse en el río porque éste dejaba embarazadas a las mujeres. Cuentos de mandrágoras y mujeres-lobo de Elsa Bornemann, canciones de Morrissey o de Los Iracundos.

Necesito escuchar la voz del personaje, descubrir el tono que le corresponde solo a él. A veces escucho claramente esa voz en la cabeza pero al momento de escribir la historia sale sin fuerza. No hay nada que me descorazone más que esa letra muerta. Y me pregunto: ¿cómo hago para volver a convocar lo que escuché? A veces, le digo: "Hablame". Otras veces un pequeño gesto me revela al personaje o una inflexión en la forma de hablar me señala el tono. Se trata de un proceso de meses, de mucho borronear, de mucha angustia mientras estoy perdida y de una felicidad muy vertiginosa cuando algo conecta.

Me interesó incorporar vocablos indígenas para recuperar un sentido de la oralidad. También me pregunto de dónde han salido palabras del habla cotidiana como "pitaí", "pujosó" o "cuchuqui". Son vestigios de otras culturas que sobreviven en la lengua como espectros, pero su historia se ha perdido.

Nos relacionamos de forma muy tímida con nuestra historia colonial y con el genocidio indígena sobre el que se construyeron todas las naciones de América Latina. No somos inocentes y la ignorancia es un sucedáneo de la inocencia: no queremos saber. El personaje de "Chaco" cuenta que los matacos han sido desalojados por la fuerza de sus tierras. Pero son otras cosas las que le importan: quiere llegar a la ciudad, quiere huir de su pueblo. La historia de los matacos aparece en él como un fantasma molesto que se mete en su cabeza y que él preferiría ignorar, pero al final la voz de aquello que está reprimido termina tomándolo por completo.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?