La épica del fracaso: fallar está de moda

Fenómenos como las Fuck Up Nights, que hoy se celebran en más de 70 países, fomentan cada vez más la actitud de asumir los errores en público
Sebastián Campanario
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3 de junio de 2017  

Con un formato estilo TED, las Fuck Up Nights invitan a famosos y no tanto a exponer sus peores errores
Con un formato estilo TED, las Fuck Up Nights invitan a famosos y no tanto a exponer sus peores errores Crédito: Néstor Barbitta. Prensa Centro Cultural General San Martín

Ni el 0-5 contra Colombia en el Monumental por las eliminatorias de 1993 ni el 2-2 de 1969 contra Perú en la Bombonera que nos dejó afuera del Mundial de México 1970. El peor fracaso de la selección nacional de fútbol en toda su historia fue la eliminación en primera ronda del Mundial de Corea-Japón en 2002, luego de ganarle a Nigeria, perder con Inglaterra y empatar con Suecia. No lo afirman los enemigos de Marcelo Bielsa, el DT del seleccionado por entonces, sino que es una convicción del propio técnico, quien tiene una relación muy particular con la noción de fracasar: "Los momentos de mi vida en los que yo he crecido tienen que ver con los fracasos; los momentos en los que he empeorado tienen que ver con el éxito", sostuvo Bielsa en aquel entonces durante una conferencia de prensa. Ahora, hace sólo semanas, volvió a demostrar por qué le escapa a los lugares seguros al afirmar en público y sin que le temblara la voz que Sampaoli es mejor que él: "Sampaoli no es un discípulo mío, en realidad yo he notado que él es mejor que yo y no lo digo por falsa modestia. Yo no cedo en mis ideas y no lo digo como una virtud: es un defecto. Sampaoli sí cede en sus ideas porque tiene un poder de adaptación que yo no tengo", aseguraba el DT ante cientos de oyentes sorprendidos durante un seminario en Brasil que, por supuesto, levantaron todos los medios nacionales.

Ahora bien, esta puesta en valor del fracaso como elemento de aprendizaje y de fortalecimiento excede el deporte y hoy está vigente en diversos contextos y disciplinas. Desde las películas para chicos en las que se rescata el valor de lo errático (como en Ralph el demoledor) hasta la política, en donde reconocer errores ya no es visto como tabú.

En el campo empresario, y particularmente en el del emprendedorismo, el "éxito del fracaso" se volvió un mantra, con técnicas como el lean start up, el prototipado o las versiones beta que llaman a "fracasar rápido y barato".

"Desayuno, almuerzo, ceno y pago la hipoteca de mi casa con el fracaso", dice Leticia Gasca, una mexicana de 30 años que fundó el Failure Institute (Instituto del Fracaso), el Global Failure Index y las -paradójicamente exitosas- jornadas de Fuck Up Nights.

Gasca llega tarde y en bicicleta a la entrevista porque, informa, fracasó en conseguir un taxi en hora pico. Hace cinco años, entre tragos de mezcal con sus amigos del Distrito Federal de México, Leticia se encontró, por azar, en una conversación donde todos contaban sus errores más catastróficos. La administradora de empresas reveló entonces por primera vez -tanta vergüenza le daba- cómo su primer proyecto de negocios, una iniciativa de emprendedorismo social para vender artesanías de la población más pobre del interior de México en los barrios ricos de las ciudades más importantes, terminó en la bancarrota y en cataratas de reproches hirientes de las tejedoras.

De allí surgió la idea de hacer un primer encuentro de Fuck Up Nights, con un formato tipo TEDx, en el que personas famosas o no tanto contaran en público, en charlas cortas de siete minutos y menos de diez imágenes de apoyo, su "mejor error", y qué aprendieron de él. Desde entonces, el crecimiento del proyecto fue vertiginoso: las Fuck Up Nights se llevan a cabo en 243 ciudades de más de 70 países, a veces abiertas al público, a veces en formato de ciclo interno en empresas, siempre con cerveza de por medio, para no perder el espíritu festivo. El crecimiento fue boca en boca o con convocatoria artesanal en redes sociales, porque ni Google, ni Twitter ni Facebook aceptan campañas pagas que incluyan la palabra "Fuck".

Desde hace dos años, Gasca se abrió de la organización de los eventos (sólo en este mes se realizaron 59 en 27 países) y se dedica full time al Instituto del Fracaso, asociada al Egade, que es la escuela del negocios del Tec de Monterrey. La red global de investigadores ya cuenta con 53 académicos, muchos de ellos "parias" en sus universidades, porque nadie les quería financiar casos de estudio sobre aquellas "historias que nadie quiere contar".

El derrotero de Gasca se apalancó en un buen timing: la reinvindicación del error (o más bien la tolerancia a las metidas de pata o a su desdramatización) son parte del nuevo manual del emprendedorismo para aprender, sobreponerse y volver a intentarlo. El otro apalancamiento fue una tendencia narrativa: buena parte del boom del stand up de los últimos años se basa, justamente, en una actitud que busca empatía con la audiencia mostrando debilidades humanas.

Radagast contó cómo perdió todos sus ahorros al montar un show de magia al estilo Las Vegas
Radagast contó cómo perdió todos sus ahorros al montar un show de magia al estilo Las Vegas Crédito: Néstor Barbitta. Prensa Centro Cultural General San Martín

Proyecto #Fail

A los 17 años, el mago Radagast era ya una celebridad en ascenso en su Bahía Blanca natal. Ganaba muy bien actuando en fiestas y reuniones, haciendo magia de salón. Por ese entonces, un conocido lo convenció de montar un show al estilo Las Vegas, para el cual terminó comprometiendo todos sus ahorros. Como nunca ensayó los trucos de corrido, en el debut se dio cuenta de que todo el show duraba sólo 25 minutos. El público lo abucheó y el productor estaba tan asustado que se escapó.

Fue un fracaso estrepitoso, con todas las letras, que Radagast contó semanas atrás ante una audiencia de más de 500 personas en una sala del complejo teatral San Martín. "Hacemos estos eventos para tres tipos de públicos: los fracasados, los que fracasarán y los que mienten", cuenta Hernán Schuster, quien junto a Alejandra Marcote organizan las ediciones locales de estos festivales de perdedores. Ya llevan más de diez charlas abiertas (se hacen el primer miércoles de cada mes impar, a la noche) y otras tantas corporativas.

Gasca remarca lo difícil que fue convencer, al principio, a personas para que cuenten sus caídas con lujo de detalles. En algunas culturas, como las asiáticas, la cruzada se volvió prácticamente imposible: "Estuvimos meses para dar con un socio curador de charlas en Tokio, por ejemplo. Allí el fracaso se vive en forma visceral y dramática, quienes tropiezan sienten que le fallaron a sus familias y comunidades. No por nada es la cultura del hara-kiri", cuenta.

Al igual que ocurre con la economía de la felicidad, las estadísticas aquí conforman un terreno de arenas movedizas, porque la aproximación hacia el fracaso es muy idiosincrática y cambia según los países. El equipo del Failure Institute descubrió, por ejemplo, que es un mito que los países de América latina sean los más crueles con los fracasados. "Estamos en mitad de tabla, cerca del promedio, a la par con los países de Europa del Este en este sentido", subrayan. En los Estados Unidos, la alta resiliencia y tolerancia al fracaso se concentra en Silicon Valley, pero en el resto del país hay ciudades que dramatizan los tropiezos tanto como en la Argentina, México o Chile.

En este juego de relatos sinceros y egos puede haber una trampa: la mayor parte de los que cuentan sus fracasos son personas que, al final del día, resultaron exitosas. Lo realmente novedoso sería escuchar a un "fracasador serial", alguien a quien nunca le haya ido bien. Una suerte de George Constanza del emprendedorismo, como aquel personaje de la serie Seinfeld, personificado por Jason Alexander, que era un perdedor nato, casi sin momentos de redención.

Gasca dice que, entre las más de mil historias de caídas que lleva relevadas el Instituto, hay muchas de fracaso absoluto, a la George Constanza. Cuando los eventos cumplieron seis meses, se enteró de que NutFlick, un Netflix del cine independiente al que ella estaba suscripta, anunciaba su cierre definitivo por bancarrota. Pudo convencer a Rodrigo Boizo, su impulsor, de que contara su historia a pocos días de la "muerte" de la iniciativa, en un momento muy difícil a nivel emotivo.

Por la profundidad del relato, la de Boizo es una de las historias que Gasca más recuerda. Hace poco se lo encontró, y el emprendedor le contó que estaba con un nuevo negocio. A partir de la charla, un inversor le reconoció su sinceridad y le dijo que prefería alguien transparente "que le avisara cuando las cosas iban mal, para no hacerle perder más plata". A veces, como dijo Churchill, el éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo.

Leticia Gasca dirige el Instituo del Fracaso
Leticia Gasca dirige el Instituo del Fracaso Crédito: Diego Spivacow/AFV

A nivel internacional, la tasa de éxito de las start ups oscila entre un 10% y un 20%. En la Argentina, con menos cultura de capital de riesgo, esa tasa se ubica por debajo del 10%. El emprendedorismo adolece de un sesgo de lo que el teórico Nassim Taleb llama "evidencia silenciosa": el ruido mediático se concentra en las narrativas de éxito, que llevan a una falsa percepción social de las dificultades reales de seguir este tipo de camino.

El emprendedor y divulgador Santiago Bilinkis suele enfatizar que la felicidad no tiene por qué estar correlacionada con una veta emprendedora, y que a veces la pulsión social hacia esta vía puede producir más daño que beneficios. Un estudio de la Universidad de Washington en St. Louis comprobó que, diez años después de dejar la universidad, los ingresos promedio de quienes se dedicaron a escalar en la vida corporativa eran un 35% superiores de los de los que eligieron el cuentapropismo. Pero en el inconsciente colectivo resuenan las historias de los creadores de Google, Facebook o Amazon.

El semanario inglés The Economist publicó tiempo atrás una nota titulada "Emprendedores anónimos", con las penas de este sector. "Está de moda romantizar a los emprendedores. Los profesores de las escuelas de negocios alaban sus modelos disruptivos, los políticos los adulan por ser creadores de riqueza, y las revistas sacan a Richard Branson en su casa del Lago de Como. Pero la realidad puede ser tan romántica como un chicle de vidrio: cero seguridad laboral, ansiedad con el dinero propia de ludópatas crónicos y vida social de ermitaños", sostiene la nota, que cita a empresarios famosos contando cómo su vida familiar desapareció, pasaron años durmiendo en la oficina y comiendo fideos, y su salud se deterioró.

Otro artículo que causó furor fue publicado en Medium (un sitio online) por el empresario Ali Mese: "Cómo abandonar mi empleo corporativo por mi sueño de start up arruinó mi vida" tuvo cientos de miles de lecturas en su primer día de publicación. Allí Mese cita la máxima de Lory Greiner: "Los emprendedores están dispuestos a trabajar 80 horas por semana para evitar tener que trabajar 40 horas por semana".

Volver más visibles estas "historias que nadie quiere contar" es parte de la tarea del Failure Institute, que trabaja con herramientas de Big Data para encontrar patrones que nos acerquen a la "anatomía del error". El equipo del centro de estudios está completando un "Índice global del fracaso", con un mapa interactivo, y a fin de año Penguin Random House les editará El gran libro del fracaso.

Las bases de datos oficiales al respecto son muy opacas, salvo excepciones, como Suecia, que lleva un registro detallado de su cementerio de empresas. "Esto puede tener importancia crucial para políticas públicas de apoyo a las Pymes. Muchas de las historias que relevamos son emprendimientos que recibieron fondos estatales, y los gobiernos a veces están a ciegas", dice Gasca.

La emprendedora mexicana es una trotamundos, y un día después de la entrevista con LA NACION parte para Europa del Este. Le gustaría llevar su entendimiento sobre el fracaso y el error a una nueva dimensión, acercarse a su verdadera esencia. Y para ello decidió radicarse por los próximos dos años en... ¡Argentina! Como se diría en Twitter: "Sin remate". O un final de nota fallido.

Equivocaciones empresariales en primera persona

1 - Tito Loizeau (Barbie Store)

En 2007 abrió el primer Barbie Store del mundo en la Argentina, pero en 2015 lo cerró. Falló por dos motivos: "El cese de la importación y el crecimiento rapidísimo que me llevó a multiplicar los errores en otros locales".

2 - Diego Noriega (Alamaula)

En 2009 creó Alamaula y se llenó de inversores, pero luego se estancó y en 2016 debió cerrar. "Demasiado tiempo en el trato con inversores en vez de entender los problemas y satisfacer la demanda", dice.

3 - Matías Botbol (Taringa!)

Compró Taringa! con su hermano y un socio. Dejar todo en manos de los usuarios les costó la acusación de piratería; tardaron mucho en hacerse cargo y les valió una denuncia.

4 - Max Cavazzani (juegos para celular)

Creó Apalabrados y quiso seguir con uno de Bingo, pero pese a las animaciones, no funcionó: "Nunca entendí la economía de los juegos de Bingo, grandes generadores de negocios".

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