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El divorcio virtual de las palabras y las cosas

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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3 de junio de 2017  

En una gran entrevista de Loreley Gaffoglio publicada el domingo pasado en la revista de LA NACION, Arturo Pérez-Reverte anticipa la llegada de un mundo audiovisual y la paulatina desaparición de la letra impresa: “La cultura tal como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral, intelectual y salvación del hombre, está condenada a muerte”. El escritor se detuvo en los mundos virtuales: “Las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca”.

Ya lo dijo Alessandro Baricco en Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, un libro en el que describió los cambios que trajo la revolución de Internet y el consiguiente ocaso de los valores de la Ilustración. En primer lugar, la Web puso todo al alcance de todos. Esto dio lugar a un proceso democratizador en donde, de forma natural, se ganó en cantidad y se perdió en calidad. Lo vertical se volvió horizontal y esto diluyó las jerarquías.

Entre muchas otras cosas, Internet democratizó la palabra. Antes los mensajes se emitían desde aquellas voces supuestamente autorizadas: los poderes públicos, la academia, los medios, la prensa. Los diarios, por ejemplo, al volcar en sus páginas las noticias y las historias consideradas de relevancia e interés, delimitaban la agenda, es decir, los problemas comunes que luego serían materia de discusión y debate en los medios, los cafés y las cenas familiares.

Esto cambió. Hoy las voces corren horizontales en todas direcciones. La información se difunde a través de las redes. Muchas veces se produce en ellas (hoy son noticia los tuits de los políticos y las celebridades). Los diarios papel resisten en su pretensión de ordenar y jerarquizar lo que ocurre en el mundo, pero cada vez son más los que acceden a ellos desde Facebook o Twitter, de manera aleatoria y fragmentada. Este modo de producción y consumo de la información tiene como consecuencia la dispersión del espacio público. Ya no hay una plaza donde debatir los problemas comunes. Hay infinitos espacios virtuales donde, en forma simultánea y en un flujo incesante, se tratan y discuten infinidad de temas que perecen enseguida para dar lugar a otros nuevos.

La palabra sirve para representar la realidad. En momentos en donde la virtualidad pone en cuestión la noción misma de realidad, no es raro que la palabra esté en crisis. En las redes lo que abundan son las opiniones sobre todos los temas y falta narrativa, historias. Quizá porque la vida virtual nos aleja de la experiencia directa de las cosas, de la realidad tal como la entendimos hasta ahora, compleja, ambigua, llena de matices. No suele haber muchos matices en las opiniones que se ven en las redes. Priman aquellas que, por lo terminantes, no parecen surgidas de la experiencia, sino de consignas o dogmas definitivos y excluyentes. Es ahí donde la palabra deja de ser puente que permite la comunicación para convertirse en arma de guerra. Y así se degrada. Y con ella se degrada la calidad del debate y hasta la riqueza de lo real, que acaba simplificado, reducido, banalizado.

La palabra está en crisis porque está en crisis la naturaleza de aquello que ha de nombrar. Las redes son una invalorable herramienta democrática y representan la posibilidad de que todos sumen su voz. Pero quizá por efecto de la multiplicación geométrica de los discursos, o por la naturaleza de la Web, las palabras parecen haberse divorciado de las cosas. Ya no importa si representan la realidad o no. No es casual que haya surgido hace poco un neologismo revelador: la posverdad. Cuando se busca un eufemismo para nombrar a la manipulación y la mentira, estamos en problemas.

Sabemos que la palabra no es neutra. Puede iluminar la realidad. Pero la palabra, al mismo tiempo, puede ser manipulada para encubrir o falsear la realidad. Cada uno puede buscar sus propios ejemplos, en el país o afuera. Estos fenómenos también representan una degradación del lenguaje. Y en consecuencia, de la vida en común.

¿Qué se puede hacer ante esto? El poeta español Luis García Montero ofrece una respuesta en uno de los ensayos de su libro Inquietudes bárbaras. Habla de los escritores, pero yo incluiría a los periodistas, los comunicadores y a todos los que intervienen con ánimo constructivo en las redes. “La misión de los escritores consiste en vigilar y cultivar el lenguaje con cuidado, para que la libertad y la vida inevitable de sus transformaciones no supongan una perversión de la capacidad iluminadora de las palabras.” Y para que el lenguaje, agregaría, siga siendo una aventura colectiva que permite la comunicación entre personas con experiencias e ideas distintas.

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