Hizo real el eslogan: todo es posible

Claudio Cerviño
Claudio Cerviño LA NACION
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4 de junio de 2017  

PARÍS.– Guillermo Vilas cambió su propio destino y el del tenis argentino a pura convicción. Alguna vez relató que cuando era joven e iba por la calle con el bolso y las raquetas, colectiveros y camioneros le gritaban “maricón”. Unos 50 años después, otro es el concepto: maestro para siempre e inventor del tenis en la Argentina.

La generación del 92 creció impulsada por la Legión de David Nalbandian, Guillermo Coria y Gastón Gaudio, entre otros. Pero el tenis mismo, ése que encarnó Enrique Morea como abanderado, pasó a un estado diferente, de ebullición y reconocimiento, porque Vilas lo puso en escena en tiempos en los que no había internet ni comunicaciones como hoy. Aquella final con el estadounidense Brian Gottfried no se transmitió por televisión. Había que esperar ansiosamente el flash por la radio para saber si coronaría su gran sueño el zurdo de la vincha, la remera blanca con hombros rojos y vivos azules y la raqueta Head que bocetó especialmente tomando una base de la Jack Kramer, de la que siempre habló con admiración. Y sí: “Demolió Vilas”. Empezaba una era distinta. Sin el porteño formado en Mar del Plata, habría faltado la piedra basal de un deporte que merecía explotar, salir de su encierro para unos pocos. ¡Es demasiado lindo el tenis como para habérselo perdido!

Si ganar un certamen de Grand Slam es difícil, al punto de que muchos grandes jugadores de nuestro país nunca lo lograron y ése es un privilegio que alcanza solamente a Sabatini, Gaudio y Del Potro, imagine lo que es haber logrado cuatro: Roland Garros, el Abierto de Estados Unidos y dos veces el Abierto de Australia. Más 46 partidos consecutivos ganados y 16 títulos en ese 1977 de platino. El Nº 1 es un dolor que lleva en el alma, injusto desde todo punto de vista: lo mereció con creces. A Sabatini le faltó una volea en Wimbledon frente a Steffi Graf para dispararse hacia la cima, pero a Vilas no le faltó nada. Únicamente coherencia en los average.

Emblema eterno del deporte argentino de todos los tiempos, la historia es suya. Nunca le sobraron técnica ni tenis. Sí desbordaba pasión por lo que hacía, casi enfermizamente. Él sí puede decirlo sin sentirlo como un eslogan marketinero: si te lo proponés, todo es posible.

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