El año en el que vivimos a puro deporte

Pablo Vignone
Pablo Vignone LA NACION
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4 de junio de 2017  

El mismo domingo en el que Guillermo Vilas se consagraba en París, el equipo campeón mundial de fútbol, la selección de Alemania Occidental, visitaba la Bombonera: su rival era el conjunto que César Menotti preparaba para ser el anfitrión del Mundial 1978, y el amistoso formaba parte de la Serie Internacional, una serie de partidos disputados entre febrero y julio de 1977, destinados a darle rodaje al equipo. Alemania

Alemania ganó 3 a 1 aquella tarde, el descuento lo señaló Daniel Passarella de cabeza; fue el único de los ocho seleccionados europeos que bajaron a Buenos Aires que consiguió derrotar al conjunto nacional: el hincha argentino podía ver aquí a lo mejor del fútbol mundial.

Ese mismo domingo 5 de mayo, Carlos Reutemann corría con su Ferrari el Gran Premio de Bélgica de Fórmula 1. Ya había ganado la carrera de Brasil, en enero, y lideraba circunstancialmente el campeonato mundial. Aquel día no llegaba a la bandera a cuadros pero durante el año los fanáticos argentinos podían seguirlo por TV en todas las carreras, algo que no sucedía en Inglaterra, el hogar de la categoría máxima.

Carlos Monzón iba camino de concederle la revancha al colombiano Rodrigo Valdez. Campeón mundial mediano de la Asociación Mundial y del Consejo Mundial, aún en el final de su carrera, su derecha seguía teniendo una eficacia mortífera. En septiembre volvería a ganarle al nsacido en el departamento de Bolívar para después retirarse.

En esos años amargos, el deporte argentino disfrutaba de un roce internacional que le brindaba a la gente satisfacciones que no encontraba en otros órdenes. Cuarenta años después, la democracia ya es un bien esencial, pero solo el tenis mantiene las posibilidades de conquistar un Grand Slam: un piloto argentino en Fórmula 1 es hoy una quimera y la selección argentina de fútbol inicia un proceso dos o tres casilleros por detrás de dónde estaba en aquel 1977.

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