Un día en Procida, la isla más desconocida del golfo de Napoli

La vista más linda de la isla de Procida desde lo alto.
La vista más linda de la isla de Procida desde lo alto. Fuente: Lugares - Crédito: Daniela Rossi
Lejos de la fama de Capri e Ischia, esta isla italiana de pescadores que se puede recorrer a pie ofrece playas calmas sobre el mar Tirreno, barrios de fachadas color pastel y un ambiente íntimo.
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13 de junio de 2017  • 16:48

Las boleterías de Porta di Massa, en el puerto de Napoli, exhiben carteles con los destinos a los que se puede viajar fuera y dentro del golfo de Napoli: la mayoría dice Capri e Ischia. Son pocos los se aventuran hasta Procida, la isla más pequeña del golfo de Napoli y la alternativa preferida entre los locales para pasar un día mar adentro. Al no ser tan conocida por los miles de viajeros extranjeros que llegan a esta zona, todavía reserva un ambiente apacible rodeada del encantador mar Tirreno.

Planear el recorrido

Procida -de origen volcánico- tiene apenas 3,7 metros cuadrados de superficie, lo que la hace perfecta para recorrer en un día, desde la mañana hasta el atardecer. En plan curioso, se la puede visitar a pie. El transporte que cruza desde el continente en 40 minutos, amarra en la Marina Grande, en la costa norte de la isla. La primera impresión es la de un pueblo pequeño, algo quedado en el tiempo, con un puerto deportivo que durante el verano debe engrosar las visitas hasta la máxima capacidad. Un paseo por ese breve lungomare permite conocer algunos comercios locales -desde un bar en el que tomar un capuccino con una lingua di crema al limone hasta una pescadería con productos fresquísimos o tiendas de ropa-. Para comenzar, es una buena idea pedir un mapa en la tabacchería y desde ahí planear el recorrido para hacer en la isla, siguiendo los carteles que indican las principales atracciones.

Pequeñas embarcaciones amarradas cerca del puerto de Procida.
Pequeñas embarcaciones amarradas cerca del puerto de Procida. Fuente: Lugares - Crédito: Daniela Rossi

La vista más bella de la bahía

Cada media hora se escuchan las campanas de la Iglesia de Santa Maria delle Grazie, que hace también de punto de encuentro social. A unos pasos de allí, caminando por el barrio Terra Murata, entre calles estrechas y casas con fachadas de color amarillo, celeste y coral, se puede llegar a la Marina di Corricella, un puerto más pintoresco en el que los botes de pescadores se mezclan con yates, y sobre la que hay restaurantes y algunos hoteles con mesas y vistas hacia el agua. Pero esa no es la manera de tener la vista más bella de esa bahía.

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Hay que subir al Belvedere dei due Canoni para encontrarse con una imagen que cautiva, la postal más emblemática de Procida. Desde allí se aprecia, en primer lugar, Corricella. Pero en verdad se ve casi toda la isla, una porción de tierra pintada de tonos pasteles. Siguiendo el camino por la colina está el Castello d’Avalos, construido en 1560 por la familia gobernante de ese momento, luego habitado por los Borbones del Reino de Napoli y más tarde convertido en academia militar y cárcel. Desde sus terrazas se puede disfrutar de otra magnífica vista; con el horizonte limpio, la mirada se cruza con el volcán Etna.

Por la tarde

Como en todo pueblo chicos, Procida se toma unas horas dedescanso y se reactiva después del mediodía. Los locales circulan en moto, saludan a su paso, salen a hacer las compras del día. En las veredas hay naranjos y limoneros, cítricos cultivados en la zona. A veces de adoquines, las calles de la isla son estrechas, con apenas espacio para peatones y vehículos.

Los cítricos, marca registrada de la isla de Procida, aparecen también en los azulejos que indican los números de las casas.
Los cítricos, marca registrada de la isla de Procida, aparecen también en los azulejos que indican los números de las casas. Fuente: Lugares - Crédito: Daniela Rossi

Conviene caminar atento a los carteles: uno pequeño en una esquina puede indicar que hacia abajo, en la costa, hay un lugar que merece una visita. Así se llega a Spiaggia Chiaia, en la costa este, a la que se accede después de bajar largas escaleras. Más alejadas del centro, esta playa de arena oscura, arrinconada entre los acantilados y el agua transparente del Tirreno, garantiza un recreo silencioso. Desde los extremos más metidos en el mar -o desde el muelle de troncos- se logra encontrar otro punto de vista de la ciudad. Aún más hacia el sur -ya cerca de la isla de Vivara- está la Marina Chiaiolella, un puerto deportivo que también sirve de pequeño polo gastro-hotelero.

Cuando el sol empieza a caer, llegan de regreso los procidani que fueron a trabajar o estudiar a Napoli y los viajeros se arriman a la Marina Grande, a la espera del ferry que los devuelva al continente. Desde la cubierta se ve cada vez más lejos a la isla del Tirreno que prefiere el perfil bajo.

Nota publicada en junio de 2017.

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