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Preceptor, eterno suplente, kinesiólogo... las múltiples vidas de Germán Cavalieri para cumplir el sueño del DT

Cavalieri, en el banco de Palestino
Cavalieri, en el banco de Palestino
Empezó en Comunicaciones, fue preparador físico y ayudante de Pablo Guede; cómo salvó del descenso a Palestino, de Chile
Ignacio Fusco
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12 de junio de 2017  • 23:59

Es flaco, es alto, está parado en un vestuario y 30 hombres lo miran fijo sin saber lo que va a decir. El silencio que se ha hecho es un pozo infinito. Entonces, esos treinta hombres —treinta hombres que son treinta jugadores, treinta jugadores que han perdido seis de sus primeros ocho partidos y que han empatado los otros dos— escuchan: “Muchachos —les dice el hombre flaco, el hombre alto—, yo les voy a explicar por qué Palestino de Chile no puede descender”.

Entonces, Germán Cavalieri les dice, les explica, que Palestino de Chile no puede descender porque si desciende de los tres utileros que tienen, ya se sabe que hay dos a los que van a echar. No puede, no. Porque el recorte de dinero no será sólo de dinero: será, muchachos, recorte de personal. Germán Cavalieri, un argentino que tiene 39 años y no jugó jamás en Primera A ni Primera B ni Primera B Nacional —ni de acá ni de ningún país del mundo—, les habla de laburantes, los laburantes que no estarán nunca en la burbuja llena de brillantina en la que ellos están. Faltan dos días para recibir a la Universidad Católica, el bicampeón chileno, dos días para vivir lo que será su debut absoluto como entrenador principal de un club que juega en una Primera División y el hombre que es flaco y es alto les grita que hay que cortar un poquito con los humos del fútbol elitista, que la vida de millones de personas está en otro lado y que es por ella, por ésa, por la que hay que pelear.

“¿Y la señora que limpia todo esto?”, les grita mientras hace un paneo del vestuario. Los treinta hombres hacen silencio, lo miran; acaso ninguno de ellos sepa que atajó en cuatro clubes que eran más chicos que ese vestuario, que empezó y terminó tres carreras, que fue preceptor en un colegio, que fue subdirector de una especialización de kinesiología en una universidad, que fue preparador físico de un club y ayudante de campo de dos y entrenador de arqueros de otro y que fue técnico de seis categorías juveniles en un club de Tercera y otro de Cuarta División. Acaso ninguno sepa que lo que está haciendo su nuevo entrenador es pedirles que peleen, que jueguen el mejor fútbol de todos por gente como él.

Resolvamos rápido las exigencias del periodismo, los ansiosos y Wikipedia: Palestino empató 0-0 contra la Católica, ganó dos partidos, empató dos más, perdió uno y se salvó del descenso en la cancha de Deportes Temuco, a una fecha del final. En el medio, el equipo de Cavalieri remontó un 0-1 contra Atlético Venezuela de la gestión anterior, ganando 1-0 de visitante y clasificándose por penales a la siguiente ronda de la Sudamericana. Cavalieri fue el ayudante de campo de Pablo Guede en Nueva Chicago, Palestino y San Lorenzo, y en noviembre de 2016, ya solo, lo llamó Deportes Valdivia de Chile, que juega en la Serie B. Tuvieron que pasar más de veinte años para que un flaco que atajó en Comunicaciones en la C (1995-2000, 2002-2004), en UAI Urquiza y Liniers en la D (1999 y 2005) y en Sportivo Baradero en el Federal B (2008-2009) supiera que había adivinado el futuro cada vez que a sus viejos, a sus amigos, les decía: “Yo voy a ser entrenador”. Mientras jugaba, mientras estudiaba, mientras trabajaba, mientras se llevaba materias en la Secundaria, se los decía: “Yo voy a ser entrenador”. Ya entrenador, entonces, en abril de este año lo llamó Palestino, la última escena de una historia que empieza lejos y hace tiempo, en Buenos Aires, en un barrio cuyo nombre suena como una trompada: La Paternal.

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—Nah, yo rompía las bolas, salía a la noche, no me cuidaba. No era un profesional bueno ni en pedo.

Como la misma historia puede suceder en muchos lados a la vez, Cavalieri había decidido ser un Sampaoli bis. Al año de terminar la escuela secundaria, en 1995, se metió en el profesorado de Educación Física y empezó a atajar en las Inferiores de Comunicaciones. Atajar, en su caso, es un verbo testimonial: fue más veces al banco que Vicente Del Bosque entre el seleccionado de España y el Real Madrid.

—Yo sabía que ningún club me iba a ir a buscar, que guita no iba a ganar, que hiciera lo que hiciera me iba a morir en el ascenso…

Así que lo que hacía, entonces, era esto: una noche, un entrenador dividió al plantel en grupos de a cuatro.

—Bueno, muchachos… vamos a hacer una trenza.

Una trenza: ejercicio en el que es indispensable que el número de jugadores sea impar.

—Profe… —lo alertó Cavalieri— somos cuatro.

Y el profe:

—No importa.

Y Cavalieri:

—Nos vemos mañana, profe, yo me voy.

Y, entonces, la imagen, el final: Cavalieri, de espaldas al entrenador, yéndose de ahí.

—No… yo con los técnicos fantasmones me llevaba mal… Muy, muy mal…

A los 20 años se recibió de profesor de Educación Física. Mientras tanto, jugaba en Comunicaciones. Mientras tanto, también, era preceptor en el Schönthal, un colegio secundario, religioso, de La Paternal. Hay vidas que son como la de Evan Treborn en la película El efecto mariposa, vidas en las que una sola memoria no parece alcanzar. Mientras atajaba —mientras no atajaba— Cavalieri dirigió a la quinta, sexta y séptima de Comunicaciones, fue preparador físico en Defensores Unidos de Zárate y San Miguel, se recibió de kinesiólogo, dejó el fútbol, volvió, jugó en el Federal B, volvió a dejar, se fue con un amigo a México a buscar trabajo en el fútbol (un agente lo vio atajando en una escuelita y le consiguió una prueba en Los Leones Negros, un equipo de segunda; se probó, quedó, iba a firmar, no firmó: “Un millón de dólares habrá pedido el chabón”), trabajó en la clínica de un kinesiólogo que también estaba en las inferiores de Atlas, fue subdirector de la Escuela de Kinesiología de la Universidad de Cuauhtemoc de Aguas Calientes, le propusieron entrar a las inferiores de Atlas, se reunió, charló, se entusiasmó, llegó La Volpe, no se reunió, no charló, no entró.

—Así que me volví para la Argentina, y conseguí laburo en Chicago. Faltaba el entrenador de arqueros. “Che, agarro esto porque necesito trabajo, pero yo quiero dirigir”, les aclaré, y al toque me dieron la quinta. Ahí conocí a Guede.

Otros tiempos, en Palestino: de un lado, Guede; en el medio, Damián Timpani, y más allá, Cavalieri
Otros tiempos, en Palestino: de un lado, Guede; en el medio, Damián Timpani, y más allá, Cavalieri

Cavalieri fue siempre un doble agente, un personaje de novela que tenía un otro suyo que andaba por ahí. En 2005, por ejemplo, mientras entrenaba a los arqueros de la Primera de Comunicaciones, en la C, era el arquero de Liniers, en la D. Ese año, el Liniers de Cavalieri arañó la clasificación al Reducido. En una Buenos Aires paralela, mientras tanto, el Comunicaciones de Cavalieri ascendía a la Primera B.

Fue un tiempito después, en 2008, cuando se decidió a entrenar. Entrenar es entrenar: o sea, Primera División. Le pidió una charla a Ezequiel Segura, el presidente de Comunicaciones. Le recordó que ya había dirigido tres categorías, le confesó que su sueño era dirigir la Primera, le subrayó que se sentía capacitado para eso, le preguntó si algún día tendría una oportunidad. La matriz del fútbol argentino se concentró en la respuesta que escuchó esa tarde: “Mirá, Germán, todo el mundo me habló muy bien de vos, los pibes me hablaron muy bien de vos, pero si yo tengo que elegir entre Cavalieri y Pizzo (Eduardo, entonces el entrenador actual), yo elijo a Pizzo. ¿Por qué? Porque si le va mal a él, se va él, en cambio si te va mal a vos, la cabeza que rueda es la mía”.

Once años antes de ser el primer ayudante de campo de un San Lorenzo que goleó 4-0 a Boca y se consagró campeón de la Supercopa Argentina, el hombre que es flaco y que es alto renunciaba —por esa frase, tras esa frase— al club que más amó.

Y no sólo al que más amó, sino en el que había hecho cosas así: suplente eterno en Primera, un día le pintó insistirle al técnico de la reserva para que en algún partido lo pusiera de 5. Imaginen a Peter Crouch jugando en el medio: algo así. Con la fuerza huracanada de un productor televisivo, Cavalieri lo consiguió. En un partido de reserva contra Deportivo Merlo jugó en el medio —se reserva el nivel de su actuación— y después, ya en el banco de Primera, nuevamente como arquero, vio la jugada que su memoria eligió consagrar. Esteban Parada, el arquero titular, salió a cortar un mano a mano afuera del área. Falta. Roja. Con el número 12, gritaban los cronistas, ingresa quien había sido el 5 titular del partido anterior.

Merlo peleaba el campeonato. Comunicaciones, también. Tiro libre, hermoso, de frente al área. El partido iba 0-0 y faltaban cinco minutos para el final.

La pelota voló al ángulo del segundo palo. Cavalieri, porque en eso consistía su trabajo, también.

—No la vi nunca. Creo que pasó ahí nomás. Una entrada gloriosa fue.

Luego, dos centros, dos salidas autoritarias.

Luego, el final.

—Invicto. Cero a cero, papá.

Había entonces un programa que se llamaba ABCDiario que tenía una sección que se llamaba Bonus Track. Se emitía en TyC Sports, era el ciclo del Ascenso en el canal.

—Y ese día, obviamente, me metieron a mí.

Cavalieri se ríe cuando dice que todavía tiene el VHS, el cassette. En algún sobre, en alguna caja, la prueba de una vida más.

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