La Argentina, por la ventanilla de un tren

Entre Salta y Ushuaia, todos tienen vía libre para conocer de manera agradable algunos paisajes espectaculares
Gabriela Cicero
(0)
8 de junio de 2001  

¿Quién dice que viajar en tren es andar por tierra? ¿Quién cree que no es posible volver al pasado? ¿Quién piensa que viajar despacio es una pérdida de tiempo? Nadie que haya viajado en un tren turístico sería capaz de afirmar eso.

En el Tren a las Nubes, cuyos vagones parecen flotar en el cielo, es posible ver la tierra desde 70 metros de altura. Un recorrido en La Trochita, el último tren de vapor de trocha angosta, equivale a transitar por otra época. El que recorra Ushuaia sobre rieles, a 15 kilómetros por hora, se preguntará para qué se inventaron los trenes de alta velocidad, cuando los paisajes piden ir lentamente.

El Tren a las Nubes, en Salta; el Ferrocarril Austral Fueguino, en Ushuaia; el Viejo Expreso Patagónico, de Chubut, y el Tren de las Sierras, en Córdoba, proponen recorrer rincones de nuestro país de una manera singular.

Desde un cómodo asiento, los cinco sentidos se preparan para presenciar un espectáculo que puede durar muchas horas.

Suena la campana, silban las máquinas, el traqueteo comienza y los paisajes invanden la ventanilla con una geografía a veces poco conocida. Pero eso no es todo. En cada estación, los lugares están al alcance del viajero.

Escalera al cielo

El trazado del Tren a las Nubes, diseñado por el ingeniero norteamericano Ricardo Fontaine Maury, es muchas veces comparado, por su complejidad, con la Torre Eiffel y otras maravillas creadas por el hombre, que son iconos de un lugar. Pero lo mejor es que esta obra, a diferencia de la torre parisiense, se disfruta 14 horas (ida), en un recorrido de 217 kilómetros.

Parte todos los sábados de la estación General Belgrano, en la ciudad de Salta, a 1187 metros sobre el nivel del mar, y termina en el viaducto La Polvorilla, el tramo más esperado, porque es donde el tren parece escalar el cielo. Las características de este viaducto son notables: mide 224 metros de largo y 70 de alto, pesa nada menos que 1600 toneladas, es curvo y sin barandas.

Tratándose de un recorrido de larga duración, hay muchos más atractivos que hacen que reciba 30.000 visitantes por año. El tren se interna por los silenciosos escenarios puneños, que muchas veces se atraviesan a 2500 metros sobre el nivel del mar. Con un total de 29 puentes, 21 túneles, 13 viaductos, 2 rulos y 2 zigzags, recorre 21 estaciones; entre ellas, Cerrillos, Campo Quijano, Ingeniero Maury, Puerta Tastil, Incahuasi y San Antonio de los Cobres.

El tren está compuesto por una locomotora General Electric y 10 vagones de primera clase. Además de ser sumamente confortable, ofrece espectáculos folklóricos y cuenta con la asistencia de guías bilingües, servicio médico, máscaras de oxígeno y el té de coca que se vende en el salón comedor para olvidarse del mal de altura, aunque se note a simple vista.

El Tren del Fin del Mundo

En Ushuaia, en el otro extremo del país, hay una propuesta que desafía los límites, esta vez los más australes. Se trata del Tren del Fin del Mundo, que se interna en el Parque Nacional de Tierra del Fuego, en un recorrido de 14 kilómetros, de 2 horas y 15 minutos, entre ida y vuelta.

En la ciudad hay un servicio de autobuses que conduce a la estación Fin del Mundo, a 8 kilómetros, para tomar cualquiera de sus salidas diarias, que varían de acuerdo a la temporada.

En la margen del río Pipo, entre las montañas, la estación de madera y techo a dos aguas, no sólo representa la arquitectura de Ushuaia, también ofrece una confitería, un salón de espera, correo, teléfono y un andén cubierto.

La locomotora de vapor, con su silbido, anuncia el comienzo de este corto paseo, que se aprecia lentamente desde los grandes ventanales del coche calefaccionado. Los rieles por los que se traslada el tren son los mismos que conducían a los presos reincidentes. Por eso también es conocido como el Tren del Presidio.

El tren cruza las aguas cristalinas del río Pipo, trepa hasta asomarse a un campamento indígena, y ya dentro del Parque Nacional, rico en especies de los bosques subantárticos, como los zorros colorados, castores, guanacos y cóndores, el paseo regresa a la planicie, y visita el ex aserradero Lombardich, donde se pueden tener vistas de la cadena Le Martial y el monte Susana.

Una vez en la estación del Parque, que linda con la RN 3, se puede optar por regresar a la estación Fin del Mundo, sin paradas, o conectar el servicio de ómnibus que lleva a Lapataia, el último confín.

A todo vapor

Entre El Maitén y Esquel, en Chubut, funciona el Viejo Expreso Patagónico, el último tren de vapor de trocha angosta del país, y uno de los pocos que quedan en el mundo.

Más conocido como La Trochita, este tren avanza sobre una vía de 75 centímetros de trocha, por la estepa patagónica, como antiguamente, cuando se ocupaba del traslado de fardos de lana y sacas de correspondencia.

En su trayecto, de 156 kilómetros, toma 225 curvas que se hacen lugar entre los cerros; cruza puentes y túneles que atraviesan montañas.

En todas las estaciones La Trochita se detiene para aprovisionarse de agua, porque la máquina de vapor necesita 30 litros por kilómetro. La velocidad promedio es de 30 a 40 kilómetros por hora. Aunque alcanza los 60 en las cuestas pronunciadas, asciende a paso de hombre.

Pocos son los árboles que ponen su cuota de verde en el camino, y a diferencia hay muchas ovejas sueltas y asustadizos guanacos, ñandúes y liebres que huyen cada vez que escuchan el pitar de La Trochita.

Para los que gustan tomar fotos panorámicas, hay una de Esquel para no perderse, justo ante de llegar a su estación. Siempre y cuando haya quedado algún rollo guardado después de tantas tomas a esta maravilla mecánica.

Eso sucede con los ferroaficionados que llegan de distintas partes del mundo para probarla, que sin imaginarlo vuelven a sus países con el regalo de las frías imágenes patagónicas.

También recordarán los pueblos El Maitén, que nació rodeando la estación de La Trochita, y Esquel, con sus lagos y el Parque Nacional Los Alerces.

El Trencito Serrano

Como todos los años, el Tren de las Sierras o el Trencito Serrano, como lo bautizaron los cordobeses, se está preparando para partir. Se estima que desde julio, cuando se finalicen las obras de acueductos de Villa Rivera Indarte, volverá a resonar la campana de partida desde la estación Rodriguez del Busto, a 12 kilómetros del centro de Córdoba. De este modo, los visitantes podrán dejar el asfalto atrás y emprender un recorrido por el agreste paisaje del Valle de Punilla, que finaliza en Capilla del Monte.

Si bien todo el trayecto va acompañado por los campos verdes de las sierras, hay algunos lugares que se destacan por sus vistas, como la del dique San Roque, con Villa Carlos Paz de fondo. Allí hay una parada, cerca del paredón del dique, donde es posible comprar dulces regionales a los lugareños.

También hay que estar muy atentos a otra postal, la de Cosquín. Cuando se cruza el río homónimo, sobre un puente de 26 metros de altura y 150 metros de largo, es posible ver el balneario.La parte más alta que alcanza el Trencito Serrano está en La Cumbre, a 1111 metros sobre el nivel del mar. Imposible confundirse. Tras el descenso, cada vez se está más cerca de Capilla del Monte. Antes de llegar, una visita a Los Cocos y el imponente cerro Uritorco.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?