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A los pies del Lanín, un lugar en el mundo

Entre araucarias y lagos con la tonalidad del cielo, este parque nacional es una vía para conectarse con las formas de la naturaleza
Gabriela Cicero
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9 de marzo de 2001  

SAN MARTIN DE LOS ANDES, Neuquén.- Todavía quedan rincones donde la vida fluye sola. Las montañas se reflejan en los lagos, los ríos eligen su curso, las piedras de los arroyos brillan al sol y los árboles ven pasar las estaciones desde hace cientos de años. Al Parque Nacional Lanín, los turistas llegan para desconectarse del ritmo acelerado de la ciudad y lo consiguen en pocas horas, gracias a las bondades únicas de este paisaje andino. El aire puro de montaña, el silencio y la contemplación de su riquísima flora y fauna despiertan el deseo de ser parte de un mundo a veces olvidado.

En el sudoeste de Neuquén, con una superficie de 379.000 hectáreas y once cuencas lacustres, el Parque Nacional Lanín es el hogar de especies únicas, algunas prehistóricas, como el pehuén ( Araucaria araucana ), que sobrevivió a la extinción de los dinosaurios, y su semilla, el piñón, sirvió de alimento para los mapuches.

Este escenario, esculpido por hielos, vientos y agua, está custodiado por el imponente volcán extinto que le dio nombre al parque: el Lanín, de 3776 metros de altura sobre el nivel del mar.

Cuidados esenciales

Una de las mayores riquezas de esta región está constituida por la familia de los nothofagus , cuyos ejemplares más conocidos son el roble pellín, el raulí, la lenga, el ñire y el coihue, uno de los más gigantescos y de hojas perennes, es decir que su follaje se mantiene verde durante todo el año y se destaca especialmente entre los ocres otoñales.

Este sitio fue declarado parque nacional en 1937 para proteger las especies en peligro de extinción, como la auraucaria y el raulí y, entre la fauna, los ciervos huemul y pudú.

Además de las especies autóctonas de las diferentes alturas, también se destacan otras, que fueron introducidas con fines comerciales, decorativos o simplemente por la nostalgia de los inmigrantes que insisten en trasladar su paisaje.

Entre éstas figuran los pinos de las zonas forestadas, rosa mosqueta, retamas, álamos y lupinos.

El turista recibe continuamente indicaciones sobre cómo proteger este ecosistema sin dejar más huellas que las propias pisadas. De esta forma, los guías y los habitantes nativos y por elección transmiten su preocupación por la plantaciones de pinos ponderosa, que se multiplican en miles de hectáreas de las propiedades privadas.

Dicen que el manto de pinochas que cae alrededor acidifica el suelo e impide el crecimiento del sotobosque, formado por plantas, arbustos y pastos. Por este mismo motivo, tampoco pueden crecer otros árboles autóctonos.

En plan familiar

Para estar en contacto con la naturaleza hay muchas actividades. El turismo aventura es una opción, aunque si el plan es familiar no hay nada mejor que la pesca deportiva. Al ser los días tan largos -a las 21 todavía hay luz-, es posible alejarse de San Martín de los Andes, unos 120 kilómetros, y aventurarse hacia el lago Tromen, que en mapuche significa tormentoso.

¿El motivo especial de la visita? Hay variedad de truchas, lanchas con guías a disposición, playas, restaurantes y las mejores vistas del volcán Lanín.

Antes de elaborar el plan es conveniente tener en cuenta que es bueno salir con un guía de montaña o planificar la salida con una agencia de viajes para no perder tiempo.

Ideal para pasar el día, el refugio Lago Tromen es uno de los pocos accesos que permiten ingresar en el lago, que descansa a 1050 metros sobre el nivel del mar.

Mario Colosanto, su propietario, cuenta que ese lugar pertenecía al guardarques, pero como en esa época se accedía solo por vía lacustre fue trasladado al paso internacional y entregado en licitación en 1984.

Así, este italiano que pescaba en el Tromen desde 1964 y acampaba en la zona compró el lugar y construyó el refugio con materiales del área, como los ladrillos de arena volcánica.

Ahora reparte su tiempo entre la organización de salidas de pesca, gastronomía y alojamiento, y algunos ratos de ocio en su casa de Villa Carlos Paz. Durante el invierno, tal como él lo explica, "no sobrevive nadie, la nieve alcanza el metro y medio".

A la pesca de los colores del arco iris

La temporada de pesca de trucha comienza el segundo sábado de noviembre y termina el tercer domingo de abril. Además de los inconvenientes que acarrea el clima, se veda la pesca para preservar la especie. Cuando finaliza el otoño, las truchas se trasladan aguas arriba de ríos y arroyos para desovar.

Como la fecundación es externa y hay muchos predadores naturales -incluso las mismas truchas- nacen pocos especímenes por miles de huevas. Es muy poco, por lo tanto, durante la temporada la pesca está bien regulada. Sólo se permite sacar una pieza por persona y con permiso.

La más codiciada

En este lago viven a 30 metros de profundidad varias especies de truchas: arco iris, plateada, marrón y fontinalis, la más codiciada. Se alimentan en la costa, y como dicen los pescadores, saltan sobre cualquier bichito. Los que pescan con mosca (fly casting), una de las prácticas más habituales de la región, observan con la paciencia de todo pescador el tipo de insectos que comen y buscan dentro de su valija la mosca más parecida.

Como los pescadores eligen su presa, deben cuidar las que liberan. La Asociación Argentina de Pesca con Mosca siempre aconseja usar anzuelos sin rebaba, o con la rebaba aplastada para no lastimarlos, evitar tocarlos, especialmente las branquias, y mantenerlos debajo del agua. Al liberarlo hay que enfrentarlo a la corriente y esperar que el pez escape por sus propios medios.

Hay otras modalidades que se practican, como la spinning, es decir, pesca con cucharita desde la costa, que también tiene su encanto. La cuestión es estar frente al Lanín, que todavía permanece cubierto por un manto de nieve, y estar rodeado por un bosque de lengas, cipreses, y coihues de más de 30 metros.

Más allá de la pesca, en el Tromen se viven momentos que dejan volar la imaginación. Cada vez que castean desde el bote, las líneas parecen acariciar la cima del Lanín.

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