Recuerdos de Barcelona: el mercado de la Boquería

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21 de junio de 2017  • 13:33

Por Nicolás Artusi

“Mi nombre es Javi. Soy una sex machine”. Equilibrista con la bandeja llena de calamares a la andaluza, huevos estrellados y gambas al ajillo, Javi es el mozo más entusiasta del Pinotxo, la legendaria barra de escasos 10 taburetes pero de mayor abolengo en el mercado de la Boquería, en pleno centro de Barcelona. Podrá decirse que aquí es posible encontrar 73 variedades distintas de sal o la fauna casi infinita del pulpo y el cangrejo en cualquiera de sus tamaños y formas, pero Javi, que trabaja de la mañana a la noche cargando esa bandeja, encuentra en cada tapa y cada caña una excusa para promover sus virtudes personales: se anuncia como una máquina sexual aquí, en el reino del nervio y el músculo que irán directo a la olla.

Si es cierto lo que alguna vez dijo Ortega y Gasset (que un pueblo es, en su último análisis, un repertorio de costumbres), en la Boquería se degusta el ánimo español típico. Las carnes de caza, los embutidos, los pescados, las frutas y los vinos se anuncian a grito pelado, mientras las gargantas extranjeras arden con las sales de un cucurucho de jamón ibérico y, en cada mesa ocupada por nativos, se discute fuerte sobre fútbol, política o dominó, que todavía se juega. A pesar del pintoresquismo que tiñe con filtros de Instagram cada puestito, no parece importar que justo mientras estoy aquí, la CNN lo haya elegido como el mejor mercado típico del mundo: las clientas frecuentes se quejan de la invasión foránea (acá nomás los turistas sacan fotos a un grafiti que exige “tourists go home!”), pero aun en la multitud del mediodía todos, locales y visitantes, se hacen un tiempito para el tentempié. A codazos en la barra del Pinotxo, inauguro el almuerzo con un pan con tomate: aprendo que en las masías, las granjas catalanas típicas de los siglos pasados, se preparaba pan de campo todos los días y, una vez que se ponía duro, para no desperdiciar la sobra y volver a humedecerlo, se lo untaba con tomate, aceite, ajo y sal. El pa amb tomàquet es una linda parábola de la estoica Cataluña rural, un pueblo de hombres y mujeres severos pero soñadores que, incluso en la escasez y sobre todo en la necesidad, convierten la circunstancia en un pequeño disfrute.

Con la destreza varonil de un Sant Jordi que en lugar de espada porta una bandeja, ahí va Javi de mesa en mesa buscando la oportunidad de rescatar alguna princesa: ahora se demora con unas suecas (“varias chicas llegan como clientas, pero se van como novias”, se pavonea). Lo aplaudo mentalmente y envidio la energía que conserva con 12 horas de trabajo, seis días por semana, sin olvidar un pedido ni errar con el vuelto. Y me prometo reproducir en casa la receta del pan con tomate porque, en su teoría y práctica, encuentro una moraleja vital, como cualquier viajero que busca epifanías en sus vacaciones: aun cuando lo único que haya para comer sea una hogaza de pan reseco, siempre se puede sacar (o poner) un poco de jugo a la vida.

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