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Caminata a la cima: Diario de viaje

Alan Soria Guadalupe
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26 de junio de 2017  

PUERTO ARGENTINO.- Hace ocho grados bajo cero, el viento dificulta la caminata y el cielo espera a dejar caer la nevada más fuerte de la semana. La turba se hunde ante cada paso, dejando salir el agua helada como una esponja bajo presión. El calzado no aguanta y el líquido empieza a recorrer los pies como lo haría la punta de un alambre.

Un poco más arriba, la cáscara de hielo formada sobre charcos que por su tamaño ya parecen arroyos cruje ante cada pisada. Nunca generó tanto alivio encontrar una piedra donde se pueda pisar y recuperar el equilibrio.

Media hora de caminata en ese terreno deja ver la cima del Monte Longdon, donde tuvieron lugar los últimos combates de la Guerra de Malvinas . Dicen que el lugar quedó congelado en el tiempo por estos 35 años. Los que viven en las islas aseguran que no se tocó nada y que incluso se pueden ver restos de municiones, material oxidado y hasta ropa de los soldados.

A pocos metros, entre algunas piedras y rodeado de vegetación seca, hay un pozo redondo en el que caben varias personas lleno de agua congelada. Más allá hay otro. Y más lejos todavía aparecen un par más. Son los pozos de zorro que los soldados argentinos cavaban para protegerse y dormir. Y también para soportar el agua helada que los inundaba.

Quedan unos 15 minutos de caminata cuando la nieve empieza a caer. Era la segunda de las tres que se desplomaron durante el recorrido. La primera fue leve, al igual que la tercera. Pero ésta demostró la hostilidad del clima aquí. El viento hace difícil moverse, los copos golpean con fuerza en el rostro y no se ve nada. Para ningún lado. Pensar que los soldados estuvieron días y noches en esa tundra con hambre, sin equipamiento adecuado, con la ropa húmeda esperando poder secar sus medias en el caño de escape de las camionetas.

El clima mejora y permite llegar a la cima. Un cráter gigante, no muy profundo, está repleto de ese material oxidado e irreconocible. Por aquí se ve una garrafa, por allá una pala y algunas municiones. También unos restos de ropa verde con un extremo negro y de otra textura, como si estuvieran quemados. Estremece ver que ahí, a sólo diez minutos en auto de esta capital, se siente como si la guerra hubiera terminado ayer.

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