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Un solista en soledad

Pablo Kohan
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28 de junio de 2017  

Vadim Repin y la Sinfónica de Estambul / Solista: Vadim Repin, violín / Director: Milan Turkovic / Programa: Nevit Kodalli: Telli Turna Suite; Bruch: Concierto para violín y orquesta N° 1, Op. 26; Dvorák: Sinfonía N° 8, en Sol mayor, Op. 88. Teatro Coliseo. Nuova Harmonia / Nuestra opinión: bueno

Si bien las conjeturas previas a un concierto pueden no ser sino preconceptos desaconsejables, ciertamente no dejaba de llamar la atención la coincidencia cuando menos extraña en un mismo escenario de uno de los violinistas más consumados y sólidos de las últimas décadas junto a una muy poco conocida orquesta turca. Sin embargo, las presunciones se fueron concretando sin alternativas. Vadim Repin confirmó sus inmensas cualidades y la Orquesta Sinfónica Estatal de Estambul lució como un organismo que no supera una media de meras correcciones.

En el comienzo, la Sinfónica de Estambul ofreció la Telli Turna Suite, una obra breve en tres movimientos del compositor turco Nevit Kodalli. De un nacionalismo casi inocente y escrita para una orquesta relativamente pequeña, la suite comienza con un altisonante unísono de todas las cuerdas que sonó poco exacto y un tanto áspero para un contenido tan sencillo.

Luego de esa apertura, que muy poco entusiasmo despertó en el público, se sumó Vadim Repin para hacer uno de los conciertos románticos para violín y orquesta más intensos y bellos del siglo XIX, el de Max Bruch. Y las maravillas de uno se encontraron con las limitaciones de los otros, incluidas las de Milan Turkovic, un fagotista excepcional devenido, en su madurez, en director de orquesta.

Repin es un músico sobresaliente que extrae del instrumento infinitos colores y sonidos y que es capaz de interpretar con soltura y libertad las frases musicales más sencillas y las más endiabladas. El dominio que tiene del violín es absoluto y, además, sabe qué quiere hacer con cada uno de los pensamientos musicales de Bruch. Pero a su alrededor la orquesta sonó como un acompañante que no intervenía en el diálogo. Todas las notas sonaron en el lugar requerido, pero no hubo diálogos o una cercanía de intenciones entre el solista y la orquesta. Turkovic, con una gestualidad demasiado marcial, tampoco logró seguir con exactitud las libertades que se tomaba Repin en sus fraseos. Tras la ovación que se le tributó, el violinista ruso, con el acompañamiento en pizzicato de las cuerdas de la orquesta, tocó las variaciones que Paganini compuso sobre El carnaval de Venecia, una pieza de virtuosismo en la que, por supuesto, lució sus capacidades técnicas.

En la segunda parte, la Orquesta de Estambul y Turkovic presentaron una interpretación correcta de la Octava sinfonía de Dvorák en cuanto a que todo sonó en el lugar preciso, incluso con algunos solos más que destacables. Pero no hubo un sonido general homogéneo ni variantes expresivas. Las bellezas de Dvorák no gozaron de una lectura que las enalteciera. Fuera de programa, la orquesta, aplicando casi las mismas intenciones de la sinfonía romántica bohemia, trajo a la vida la obertura de Las bodas de Fígaro, de Mozart, y un preludio del compositor turco Ferit Tüzün.

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