Balance de mitad de año

4 de julio de 2017  • 12:17

Cuando el año pasado terminábamos de delinear el Project Planner (que acompaña a muchas de ustedes en su 2017), yo hice el ejercicio en mi cabeza: ¿cuál era mi proyecto del año? Tenía un plan de máxima, y a la vez registré algunos subplanes, que se repiten cada diciembre: entrenar más fuerte, reforzar con clases de inglés y aprender guitarra. Estamos en la mitad del año y no empecé con ninguno.

No pierdo las esperanzas, todavía faltan seis meses, pero, de alguna manera, por algo no sucedió. Creo que lo increíble de planear es que no todos los planes se cumplen, el deseo se instala solo para recordarnos que es siempre un diálogo con la realidad. No es que pierda la magia, todo lo contrario, es puro acontecer. Pienso: si la vida fuera “me pego la foto de la Ferrari en el techo de mi cuarto y todos los días me voy a dormir con esa imagen, y entonces un día me llega ese auto”, ¿qué sentido tendría? Aprendimos siempre más de lo que no esperábamos que de lo que teníamos fríamente calculado. Incluso, eso que pensabas que te lo sabías de taquito siempre pone a prueba nuevas habilidades. El tema es que la incertidumbre es como un sarpullido que no deja de picarte. ¿Qué pasa si algo no sale como yo lo espero?, ¿qué pasa si no sucede?, ¿hice algo mal? Yo, en vez de la foto de la Ferrari, muchas veces me duermo con esas preguntas. A las que nos gusta digitarlo todo, el misterio de este universo nos deja sonámbulas. Queremos dormir, pero no podemos relajarnos. Ahora, ¿y si no depende todo de mí?

Quizás el plan original sea simplemente una excusa, como cuando salgo a comprar leche y en la vereda me pega un rayo de sol que relaja todo mi cuerpo. Nuestra mente resultadista siempre quiere apropiarse del plan y el logro, pero son los imponderables los que nos mantienen flexibles y asombradas. Mientras, está bueno saber lo que queremos y enviar señales claras de nuestros sueños, para que cada vez llegue más a medida, porque ¿cuántas veces te sigue llegando “raro” porque aún no definiste en tu interior qué querías para vos? Pero, como todo aquello que se envía, también se suelta, como una flecha. El “quiero, quiero, quiero” solo nos vuelve esclavas de nuestros deseos y no nos deja ver lo que ya está sucediendo, fácil o difícil, pero real.

Mi fuera de pista de esta mitad del año (lo que no esperaba):

Bailar sexy: cuando entrevisté a Dafne Schilling para la revista, me dije: “Yo también quiero menear”; quería activar diferente mi cuerpo a través de la música, y así fue, arranqué con yoga booty ballet, que mezcla danza power con yoga.

Cortar el pelo: cuando les decía a mi familia y mis amigos: “Me anoté en una clase de corte en el estudio de Ale Lamensa, mi pelu desde hace mil años”, me contestaban: “¿Para qué?, no entiendo”. Esto me dio la pauta de que tenía que hacerlo. ¿Qué pasaba si hacía algo aparentemente inútil? Me volví fan, no hay nada más lindo que acariciar el pelo de otro, darle vida.

Dar clases de yoga en Casa de Galilea: empezamos a ir con el equipo de OHLALÁ! todos los meses, y un día me dijeron al pasar: “Antes venía una profe de yoga, pero no viene más”. Lo sentí como un llamado, y empecé a ir todas las semanas a darles clases a estas mamás de La Cava, y a veces a sus bebés, que gatean mientras ellas tienen quizás el único momento de relax.

Si en enero me decías: “Vas a hacer todo esto”, no te lo creía. “¿En qué momento hacés todo esto?”, ni idea: no es lineal, traspasa una agenda, el tiempo lo creás vos según lo que amás. Hoy me di cuenta de que, en estos tres nuevos mundos que habito, son todas mujeres, ¡para variar!, tan diferentes entre ellas, tan rica cada experiencia. No le estaría haciendo caso a mi amigo Emma, que me decía: “No tenés que ir a la clase de zumba, tenés que ir a hacer aparatos al gym, ahí están los flacos”. ¡¿Ahí están los flacos?! Es una genialidad, puede ser. Sin embargo, “Exigencia cero” (pág. 68). Hay que SER en vez de HACER. Ponerse un rato en el lugar de aprendiz y estar, mirar, recibir. Así, correrte de esos roles que te tienen tirando del carro y confiar. El mejor Project Planner es tu propia felicidad, y eso no está en el futuro, lo sabés, aunque la incertidumbre meta la cola.

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